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Siete palabras

Escrito de E.J. Valdés publicado el viernes, 27 de abril de 2018 | 00:00

Colaboración especial de María Luisa Deles



ME LLEVO LA PLANCHA Y EL BURRO
Siete palabras le bastaron a Melquíades para dar por terminada una relación que duró igual número de años. Escribió el categórico mensaje por guats, con puras mayúsculas y sin emoticones ni signos de puntuación. De corridito, para que Eugenia notara que esta vez no iba de broma. Así cerraba el último capítulo con la última mujer que habría de rascarle la espalda y parte de las corvas en el 2017. De paso, al actuar con tal premeditación, se ahorraba el uso del corrector en línea que tanto le hacía rabiar cuando se texteaba con su impolutamente ortográfica vieja.
––Qué hueva —pensó Melquiades—,  ¿aquí se pone punto o se manda como si fuera título? ¡A la chingada! Así que se vaya.
Y así se fue.
No estimó necesario agregar que había echado también al auto el taladro con las brocas sin estrenar, la chamarra nueva que ella le regaló por su reciente aniversario, el libro de cuentos que nunca leyó y la botella de Courvoisier que se llevaron como recuerdo de los XV años de la desgracia. A modo de despedida, le había corrido la cortesía de quitar las sábanas en que durmió, solo y meditabundo, durante aquella semana postrera, para depositarlas cuidadosamente en el bote de la ropa sucia.
—Que se joda lavando —susurró para sus adentros.
También por guats le notificó que le dejaría las llaves de la casa en el buzón y que ya luego le mandaba a avisar en caso de que se le hubiera olvidado alguna cosa, allí sí con punto y aparte.
Eugenia escribió un aliviado “gracias” y abandonó la aplicación. El último zafarrancho estuvo a dos de terminar con sangre y lo menos que deseaba era abrir la puerta a un intento de reconciliación. Pero a Melquíades se le había inflamado el apellido y quería batalla, de modo que se arrancó con los mensajes de voz para no fallarle a las haches ni a los acentos.
—No, si ya la veía venir. Tú ya no eras la misma desde hace tiempo. Habrás conocido a alguien o no sé, pero esto ya me lo olía. Y yo tengo la culpa. Después de que acepté que cometí un error “provocado por ti”, tú no fuiste capaz de reconocer que en la fiesta me trataste muy mal frente a tus amigos. Si hasta me manoteaste cuando te quise sacar a bailar, aunque ya ni te acuerdas. Tenías que haber entendido que eso me hizo enfurecer y, ya con alcohol encima, pues no supe controlar mi enojo. Pero en fin, esa humillación que dices haber sentido yo la viví muchas veces y, sin embargo, aquí estoy. Un ejemplo palpable fue la última que me hiciste… ¡Y en tus cinco sentidos! Pero ahí te la dejo. Lo que te dije ese día no fue verdad. Nada. Estaba muy alcoholizado. Ahí quedará, y ni modo. Para que me sirva de experiencia y no ande haciendo tonterías… Pero si no sé cómo fui a caer… Deja que me organice y el sábado saco mis cosas y ya te aviso, ¿sale?
Ella escuchó dos veces el audio. En efecto, no recordaba el momento en que Melquíades la había sacado a bailar y mucho menos lo del manoteo, pero dudó… Sí se acordaba, en cambio, de que, aprovechando una ida del hombre al baño, se puso a bailar con los papás de la quinceañera en el templete que levantaron en el jardín, pues la banda de treinta y cinco integrantes tocaba a todo meter al amparo de los fuegos artificiales. “Es música de nacos”, decía Melquíades, intolerante del sonsonete de la tambora. Se hacía el occiso mientras Eugenia le enviaba señales meneando los pies bajo la mesa. Pídeme perdón, cantaban los del contrato, porque no imagino cómo luces de rodillas…
—Tan fácil hubiera sido que me lo dijeras desde hace tiempo —continuaba Melquíades en un segundo mensaje de voz––. Nada más te estabas haciendo medio güey, porque no es de ahorita. Has de haber visto a alguien… Tu forma de actuar y todo eso ya estaba muy raro, pero, bueno... Eso le pasa a uno por pendejo… A mí más que a nadie. Me regreso a mi casa y ni modo. Me regreso a mi casa, de donde nunca debí salirme, y pues hablo con mis hijos y ya. Hablo con ellos y con Elena, claro, y pues ni modo: si tengo que volver con ella para que mis hijos estén bien, pues regreso, que te quede claro.
“Ya te dejé las llaves en el buzón. Ahora sí: conseguiste lo que tanto querías. Hasta el final demuestras tu soberbia y tu incapacidad para aceptar culpas, Eugenia. Te lo digo en serio. Las puertas que rompí, el piso que estrellé, los gritos y las palabras fuertes, fueron tu obra. No lo voy a aceptar nunca y, si te hace sentir bien, di que terminamos por mi “violencia”, pero será una mentira más en tu historial. Esto terminó por tu forma de ser, siempre viéndome para abajo. Y sí que tienes memoria corta, porque todo lo que se rompió tú lo provocaste. Piensa y recapacita: por eso estás sola; por eso nadie se queda contigo; ¡eres insufrible!
Antes de cumplir la novena, y de que Eugenia le parara la cruz al amor difunto, Melquiades cambió su foto del guats. Una sonrisa casi perfecta lo mostraba sentado en la banca de un parque muy verde, con las manos cruzadas sobre el pantalón caqui, la camisa azul cielo y el bonito reloj Armani, regalos todos de ella. Qué feliz puede ser un hombre que se conforma con una plancha y un burro.

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