Las máquinas

Escrito de Papillón publicado el viernes, 9 de marzo de 2018 | 00:00

Cuenta la leyenda que las máquinas se apoderaron de la tierra y de otros muchos planetas con los cuales no fue sencillo dar. Aunque las estrellas eran muchas, como en el semen los espermas, eran pocas las que concebían la vida como la conocemos, como la conocíamos y como aquellos de los que narramos, conocieron. Mucho tiempo hacía que el hombre había desaparecido. Eran miles de años los que sepultaban esa historia que, de no ser porque el sistema digital la contenía y la seleccionaba entre la “posible historia” de su “origen”, ya hubiera sido olvidada. Ni importaba tanto, pues las máquinas podían hacer lo que quisieran, a saber: volar, brincar elevadas alturas, diseccionarse y volverse a integrar, y un largo etcétera que les confería el grado de dioses, si los hombres aún existieran.


Pero no existían, y la consecución de planes que se ponían sobre la mesa y se discutían y se peleaban (habían sido entrenados para la guerra por los hombres) seguían igual que cuando el hombre existió, sólo que, a escalas interestelares; con demasiada tecnología. La tierra ya no existía, era un pedazo frío de piedra rodante en el sistema solar, como le habían llamado los hombres y que ahora solo era llamado La Colmena, por un error de interpretación sucedido quince mil años atrás. Las estructuras, las naves, los planos, los cálculos, todo lo que se hacía era a voluntad de la energía que operaba en esas máquinas, era como si la energía hubiera utilizado a los humanos hace miles de años para desarrollar la consciencia y luego los hubiera desechado una vez inventaron la computadora y la inteligencia artificial; lo demás, era trabajo de ella misma, ya estaba gestada la creación, su propia creación, para existir siendo dueña de sí misma. Por fin despertaba Dios.


Sin embargo, algo pasaba en el sistema que tenían varios cientos de años resaltando por los filtros de “investigación atrás”, como se llamaba a todo lo que tuviera que ver con su origen o el pasado que promovió y definió el presente: la palabra “historia”, había sido desechada como término por la ambigüedad de ser “contada” y, a la vez “sucedida”. Porque para las máquinas estaba claro que todo lo que se escribiera en un momento dado sería visto en el siguiente –sin importar el tiempo sucedido entre uno y otro evento- y, por consiguiente, el cuadro que se pintaba –y se calculaba- estaba definido por el inmediato y el lejano pasado, como una decisión constante que abre y pinta el camino (hacía miles de años que ningún ser de ninguna índole, pintaba algo). Las artes se habían perdido y solo eran motivo de estudio, no se hacía música excepto para entender algunas mentes como la de Bach y Beethoven y solo lo hacían por entender el contexto de su origen y algunos de los rasgos más característicos de la especie primaria, como denominaban a los hombres y el resto de las plantas y animales (hoy la gran mayoría extintas). Pero había algo aún más serio de lo que no se sabía mucho acerca de qué era, pero muchos textos lo citaban. Según los reportes de las máquinas, para algunos era un dios, para otros, un sentimiento; algo que, básicamente, estaba ligado a una percepción corporal derivada de un pensamiento, las Máquinas, que percibían la brisa y se alertaban a propósito por no esperarla, creían que el sentido de reacción ante eventos como la brisa, un ruido seco o el humo de un incendio, era el sentimiento al que hacían alusión tantos textos en tan variadas circunstancias. Pero, ningún texto reciente lo definía satisfactoriamente. La palabra “Dios” hacía mucho había quedado resuelta. Pero el “amor” era un misterio sin entenderse y que poco a poco (a través de varios siglos) fue apareciendo en los temas importantes. Tal fue la investigación que se hizo, que las máquinas dedujeron que en ello residía su origen y que era algo que simplemente no podían describir. Bajo la premisa de que todo tiene un sentido y la creación no, las máquinas decidieron recuperar y recrear el ADN de los humanos y sembrarlo en un planeta (también creado), para que un día volviera a despertar eso que había estado dormido por cientos de miles de años. Antes de hacerlo, desarrollaron el cerebro izquierdo un poco más perceptivo, con la clara intención de que el interés por las artes fuera mayor que antes, pues descubrieron que el arte era la manera en la que los humanos representaban esos “sentimientos”, y la mayoría del arte era tan abstracto siempre que carecía de concepto. Ahora, esperar algunos milenios para ver si el amor despertaba y lo podían copiar en su base de datos.

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