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Eine Geschichte über die Königin

Escrito de E.J. Valdés publicado el viernes, 30 de marzo de 2018 | 00:00


A decir de Jessica Tirado, debería escribir un relato a partir de la fotografía que acompaña esta entrada. Si bien aprecio su preferencia por mis cuentos y la fe que deposita en mi pluma, reconozco que no poseo la imaginación suficiente para idear historia más ingeniosa que aquella detrás de esta curiosa toma. Sucedió en noviembre de 2014, en el ATC de Pirbright. El Ministerio de la Defensa invitó a la reina Elizabeth a conocer el nuevo armamento de los cadetes. La estrella de la exhibición era el rifle de asalto L85, de ingeniería y manufactura galesas, presentado por su creador, Edward Baraghani (visible en el extremo derecho). Al explicar los beneficios de esta arma respecto a su antecesora, más pesada y propensa al calentamiento, observó que su diseño era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. De inmediato se mordió la lengua pues, ¿quién sino una anciana vestida de Chanel y Asprey estaba sentada entre el Secretario Fallon y el comandante de la base? Se hizo el más grave de los silencios. Baraghani no se decidía a continuar cuando la soberana se puso de pie y le solicitó, toda amabilidad, repetir eso último. Muy apenado, el armero balbuceó una disculpa, pero la reina lo interrumpió: no deseaba escuchar cuánto lo lamentaba, sino el comentario de un momento atrás. El hombre sudaba pese a que la mañana era fría y lluviosa. Sentenció de nuevo: el diseño del L85 era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. La reina le respondió de inmediato: “probémoslo”. Ordenó que le alistaran un rifle y salieron todos al campo de tiro. Colocaron el arma en un banco adecuado a su estatura. Un instructor se ofreció a ayudarla pero ella lo rechazó; mucho haría con sostenerle el paraguas. Sin despojarse del sombrero y los guantes, la mujer se situó tras el arma y, memoriosa de los viajes de caza al lado de su padre, la cargó y le retiró los seguros. Una ráfaga de balas perforó el silencio. Cien yardas más adelante, un hombrecillo de cartón había perdido la cabeza y un brazo. Agotado el cargador, pidió otro para terminar el trabajo: del blanco quedaron solamente astillas. Con la última bala vinieron los aplausos. Entonces la reina se acercó a Baraghani, aún tenso, y le dio una palmada en el hombro; en verdad era un buen rifle, y si una viejecita como ella podía dispararlo con semejante facilidad seguro que aquellos jóvenes soldados despedazarían con él a cualquier enemigo.

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