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Cuento de semana santa

Escrito de E.J. Valdés publicado el miércoles, 28 de marzo de 2018 | 00:00



El gobernador de Puebla repasaba un discurso en su despacho cuando su secretario asomó por la puerta.
            —Licenciado —musitó el subalterno, sapiente de cuánto disgustaban a su jefe las interrupciones—, disculpe la molestia, pero tenemos una situación.
            —¿Qué sucede, Anaya?
            —Es sobre el ciclista atropellado…
            El mandatario exhaló con fastidio.
            —¿Qué hay con eso ahora? El responsable está en la cárcel y ya ordené colocar protecciones en la ciclovía de Hermanos Serdán. ¿Qué quiere la familia? ¿Más dinero?
            —No, señor, no es eso…
            —¿Entonces?
            —Pues… Parece que metí la pata: anoche lamentamos su muerte en un comunicado y… Bueno, hace unos minutos llamaron del Hospital Ángeles para informar que su condición mejoró y se recupera satisfactoriamente.
            —¿Estás diciéndome que publicaron las condolencias sin confirmación de que estuviera muerto?
            —Sí, licenciado, pero los médicos ya lo habían desahuciado y estaban seguros de que…
            El gobernador le ordenó callar.
            —¿Sabes que mis rivales están pendientes de cualquier error para descalificar mi candidatura a la presidencia?
            —Estoy al tanto y asumo completa responsabilidad. Ya preparamos un nuevo comunicado que adjudica el malentendido al hospital y a mi equipo. Esta misma tarde se publicará junto con mi renuncia.
            El gobernador cerró los ojos y masajeó sus sienes. Buscaba, a prisa, otra solución al vergonzoso escenario. Mientras tanto, el subordinado lo contemplaba nervioso, seguro de que en cualquier momento estallaría en un altisonante regaño. Desesperado por salvar el pellejo, se atrevió a plantearle un segundo plan de contingencia.
            —Licenciado —dijo—, en realidad hay una alternativa: si ya dimos al ciclista por muerto y la gente no sabe que aún vive, ¿por qué no…?
            —¿Lo matamos? —interrumpió el mandatario—. ¿Crees que no lo pensé ya? Una salida fácil, sin duda, pero es reto del oficio político adaptar las circunstancias a conveniencia propia y, puesto que soy hombre de ingenio, justo se me ocurrió cómo hacerlo. Presta atención, Anaya: contacta al hospital y asegúrate de que no abran la boca; si es necesario encerrar a alguien, enciérralo. Para la opinión pública el ciclista está muerto y no vamos a desmentirlo. ¿Entiendes? Luego, trae aquí a los familiares sin que nadie se entere. Para que esto funcione debemos actuar con sigilo.
            —Claro que sí, licenciado, pero…
            —¿Sigues aquí, Anaya? ¡Mueve el trasero y haz como te ordené!
            El secretario, sin deseos de disgustar más a su jefe, obedeció. Cuando por fin descubrió de qué iba la treta, le faltaron adjetivos.
No se desmintió, pues, la muerte del ciclista, y al día siguiente su familia se dio cita en el Panteón Municipal para enterrarlo. Los acompañaron decenas de personas, entre ellas reporteros, activistas rabiosos contra la deficiente planeación urbana, y dolientes pagados por el gobierno estatal. Al finalizar la ceremonia, el sacerdote al frente de la congregación trazó una cruz en el aire y el féretro comenzó su descenso hacia la fosa. Nadie imaginaba que el muchacho al interior de éste vivía; mucho menos que ya saboreaba una pequeña fortuna.
            —¡Un momento! —irrumpió una poderosa voz.
            —¡Pero si es el gobernador! —señaló uno de sus infiltrados.
            Vestía el mandatario holgadas prendas blancas. Con el sol detrás suyo, parecía irradiar deslumbrante halo.
            —¡Esperen! —exclamó al abrirse paso entre el grupo—. No lloren, que el chico no está muerto.
            Se acercó al ataúd y levantó la tapa. Dentro, el ciclista yacía sereno, sus ojos cerrados.
            —El chico no está muerto —prosiguió—. Sólo está dormido…
            Entonces extendió los brazos por encima del cuerpo y alzó la voz:
            —¡Levántate y anda!
            Acto seguido, el muchacho abrió los ojos y se incorporó, presa de una convincente desorientación. El asombro se hizo latente y, cuando el gobernador le ayudó a salir del cajón, se elevó de entre la multitud un grito:
            —¡Milagro!
            De inmediato otras voces compradas hicieron coro, y pronto aquello fue un multitudinario canto:
            —¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!
            Entre la confusión y la euforia, el gobernador hizo que cámaras y micrófonos recogieran el momento en que la madre le agradecía la resurrección de su hijo.
            —Realmente eres el gobernador de gobernadores —dijo.
            —¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro! —no cesaba la gente.
            En los diversos medios del estado se habló de la faena, que por la noche llegó a todas las redacciones y noticieros del país. Por doquier habían comentarios de admiración, y aunque sobraron cuestionamientos, se impusieron los primeros. A la mañana siguiente, cuantiosas primeras planas referían al gobernador de Puebla como “El divino”, y hacia el fin de semana encabezaba las encuestas de preferencia rumbo a la elección presidencial. “¡Si puede revivir a los muertos, puede revivir a México!”, afirmaba su eslogan de pre campaña.
            Aleluya.

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