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La Ley de la Yerba.

Escrito de Papillón publicado el lunes, 25 de septiembre de 2017 | 00:00

La princesa estaba triste, no sabia como conciliar su dolor sin verse en la necesidad de sentirse ruin. Las leyes eran demasiado crueles para ser parte de la realidad de los hombres. ¿Quién las había dictado? ¿Por qué así?, se preguntaba cada noche que pasaba y que acercaba el momento en que debía "ser cortado" de la sociedad, el que no sólo era su más fiel y querido sirviente, sino que se había convertido en su gran amigo. Él sabía cosas que nadie más sabía. Ella, por su parte, no sabía cosas que sólo él sabía, hasta ahora, cuando la hija de la reina por fin entendió aquellas consecuencias que viven las personas por ser pobres y que no precisamente son parte de su argot cotidiano. A quienes están relativamente bien no les importan quiénes están mal, y no mucho más, les sigue importando a pesar de que un día les alcanzan los mismos males, pues se justifican diciendo: yo ya probé de los males de los hombres, a mí ya no se me puede castigar más. El caso es que siempre habrá quien salga peor castigado. La princesa al fin entendía que la pobreza estaba encaminada a un desarrollo nutritivo deplorable en el que, a pesar de eso, había miles de personas que subsistían sin dar muestras de representar un costo para el Estado por concepto de salud o por la sola desnutrición. De ahí que la resolución de las leyes dictaran que cualquier persona enferma (dependiendo de las enfermedades del Catálogo de Enfermedades con derecho a vida) debería ser retirada de servicio mediante la muerte o el destierro a donde podían ser víctimas de hienas y otras atrocidades. La gran mayoría escogía la muerte.  Pero estas historias se daban poco en torno a la vida de los reyes y de la princesa, doquiera que el dinero exista y sea el recurso para llegar a las cuevas más inverosímiles de la tierra o para obtener los placeres todos en cualquier medida, hará el camino, por aire o por tierra, para conseguir, incluso, la vida. Por eso es que los ricos no necesitaban cuidarse de las enfermedades tanto como los pobres. Primero porque su educación, su alimentación y en general el desarrollo de sus vidas se daban en un ambiente seguro y próspero; en segundo lugar, porque el dinero convence a doctores, jueces y presidentes por igual, de tal suerte que quien tiene dinero no muere, aunque viva solo. 


Pero ahora era el turno de morir de una de las personas a las que ella más quería, lo peor del asunto no era que no se contara con los recursos para borrar del historial de su amigo la enfermedad que lo aquejaba y que, necesariamente, por el bien de la sociedad, era menester que se erradicara, que muriera; sino que necesitaba atención médica, que estaba reservada para muy pocos. Y el asunto era público al tratarse de un sirviente, e, incluso, servía para que la familia real tuviera una "pena que llorar", a decir por lo bien que trataban al futuro acaecido. Los servicios de salud para el pueblo habían sido anulados por el Estado bajo el estigma de que las soluciones a los problemas no son los parches, no se trata de componer sino de evitar que se descomponga; desde hacía muchos años que no se prevenían en nada excepto en que pudieran darse las cosas según su Ley Sagrada de la Yerba, la yerba del campo a quien merecían lo que tienen, lo que son y lo que seguirán siendo siempre que se cumpla.

El principio era sencillo: “En jardín podado, no entran plagas”. Y son escogidas las flores que lo habitan, la ración de sol y de agua requerida para subsistir; al menos eso decían las leyes. Porque, de que había pobres extremos y ricos en el otro extremo, los había. La princesa no entendía bien cómo una ley que ellos mismos imponían no podía ser erogada. Y por mucho que habló en la corte privada a favor de que se atendiera al hombre, le fue negada toda petición. Y se dio cita en la misma corte para concluir, si no se curaba, cuándo se decidía su muerte. Y eso fue apenas unos días después y se dijo que Clemente, que así se llamaba el sirviente, fuera inyectado letalmente en un lapso no mayor a 3 noches. Cuando escucharon el veredicto, la princesa y Clemente se miraron y ella, soltando un gemido hueco, salió corriendo y llorando de la estancia. Clemente, que ya contaba una condena ejecutoria, pasaba a ser prisionero para que, en su locura, no provocara un caos o intentara cometer algún disparate. Por supuesto no era un prisionero de celda, pero a dónde fuera y lo que hiciera, debía ser supervisado por al menos tres hombres de la guardia real.

Fue al día siguiente cuando la princesa lo citó en los jardines traseros de las caballerizas, donde tantas tardes pasaron hablando juntos. 

-Retírense-, dijo la princesa dirigiéndose a los guardias.
-No podemos, la ley dice que debemos acompañarlo todo el tiempo.
-La ley también dice que si no obedecen al rey, a la reina o a su primer descendiente, es pena de muerte, ya que los intereses de ellos están por encima de los intereses de la nación, según nuestra Carta Magna. Lo que no dice la ley es que por desobedecer a la propia ley, te deban matar. Si a caso te castigan y te cesan. Vengan acá, ¿qué prefieren? ¿Todo el peso de la ley impuesta por mí y promovida por mí -por desobediencia a la princesa- que los llevará a la muerte o quedarse fuera del palacio real, pero vivos?
-Desearía poder dar aviso, cuando menos, al rey- dijo el Mayor.
-Bien, hazlo, aunque no tienes licencia mía, que estoy aquí. Retírense, les digo, antes de que encienda la mecha. 
Dicho esto, los guardias, tímidos, dejaron que caminaran juntos por el jardín. 
-He resuelto que nos casemos-, le dijo la princesa a Clemente.
-No puedes hacer eso. Estoy enfermo.  ¿Para qué me quieres salvar?
-Porque estás enfermo, no muerto. ¿Por qué no habría de salvarte? Existen médicos y medicinas para la familia real, ¿por qué no para todos? Su maldita ley funciona para una sociedad estable, ¡pero no se aplica a nosotros! La sociedad está estable de esas paredes para adentro. Allá afuera solo hay miseria.
-La ley funciona en tu vida en el momento en que me matan a mí y no hay necesidad de cargar con lastres. Hazme creer que te importa y que en tu "nosotros" con el que te refieres a la familia real, tengo un lugar para ti. 
-Es por eso que lo digo, Clemente. Porque me importas y porque me duele todo lo que está pasando. Y porque en nosotros, según La Ley, no entras tú. A menos que seas familia. De modo que vayamos a casarnos en este momento. Ya mandé a arreglar los papeles y nadie se va a enterar. A mí padre y a mí madre no les quedará nada que decir. 
-Yo no puedo aceptar eso, mujer. Te vituperarán y te juzgarán. Serás el hazme reír de la familia. Te censurarán la voz y el mando y si despiertas el encomio o el coraje de la "otra" familia real, son capaces hasta de matarte por anunciar una buena que terminó siendo una negligencia. 
-No, si estás conmigo. 
Fue largo el discurso de ambos. Pero al final, la princesa resolvió: 
-¿Qué prefieres? Que te maten por desobedecer a la princesa, deshonrar el nombre de tu familia y borrarlo de la placa dorada de sirvientes leales al servicio de la realeza o morir por honor de salvar al pueblo por ser sacrificado por enfermedad, como uno más de los muchos caídos? 
Y otras cosas que le dijo, con lo cual lo llevó consigo hasta donde hubo un juez "real". En esa casa todo era real, hasta los jitomates y las zanahorias que había en el refrigerador, no solo eran cosechadas manualmente, sino que eran reales, a diferencia de la comida que el resto del pueblo estaba acostumbrado a ingerir. Comidas irreales.
Se casaron. “Ardió Troya varios miles de años después de que hubiera llegado Agamenón”.


Intentaron deshacer el matrimonio arguyendo que ella estaba en una situación dolorosa y no podía razonar adecuadamente, acusándolo a él de aprovecharse de la situación y, sumada la acusación, reforzar la denuncia. No era una cosa de los padres de ella tanto como de las reglas que rigen la política de un lugar. En el fondo, su padre estaba orgullosa de ella, sabía que un día ella haría lo mejor por el pueblo; al ser primogénita, no se transfería a su futuro esposo el reinado, con lo cual también estaba agradecido. Al final Clemente no dejaba de ser un sirviente como para, después de estar condenado a muerte, terminar reinando el pueblo. Nuevamente, frente a los jueces y con todo el poder del acto público, por su escándalo, la princesa arguyó:
-Es mi deseo permanecer casada con este hombre e intentar crear una familia que promueva los valores del respeto y la tolerancia. Le pido a la corte me conceda el derecho inalienable de decidir con quién contraer nupcias, único beneficio de los no impuestos de la realeza. Además, así como hay premura en un juicio por tener que celebrarse antes de que se ejecute una sentencia, del mismo modo apremia la salud de mi marido, que es parte de la familia real en este momento, y no se le ha otorgado la asistencia médica. Sabemos que esto se interpreta como Negligencia de Estado y estamos obligados a enjuiciar, hasta con la vida, si mi esposo muere, a todos aquéllos inculpados en el caso y por lo cual no se prescribió el tratamiento, sea judicial o no la intervención. Y por mi cuenta corre, esto no lo anoten en las actas, que si esto llega a pasar, descargaré todo el peso de mi poder para que lo paguen quienes deban pagar por dejar viuda a la princesa-, dicho esto, la mirada del rey adquirió un brillo orgulloso que contribuyó a presionar a la Corte. 

Y, aunque hicieron falta muchos diálogos para salir de la sala, ni procedió el juicio de anulación del matrimonio, ni Clemente se murió. Y no es que la princesa quisiera estar con él, solo eran amigos, pero tampoco les venía mal vivir juntos, al final él siempre le aconsejó sobre muchas cosas. Esto en nada cambió. Lo que sí cambiaron, fueron las reglas. La medicina no sólo debería ser para la familia real sino también para quienes colaboraran con ella. La estrategia de podar el césped y aniquilar plagas de raíz menguó con los años. La princesa logró un reinado más o menos sostenido. La inconformidad del pueblo por la escasez de alimentos que las sequías provocaban, generaban disturbios que siempre empañaron la vida del principado. En el fondo hizo su mejor esfuerzo y sacó adelante la familia y contribuyó con el Estado. Y, sobre la medicina y sobre las leyes de poda, cambiaron, con el paso de los años, las costumbres. Cuando la princesa ya era historia porque ya estaba muerta, a la gente ya no se le mataba por enfermedades, si a caso la medicina seguía siendo una restricción exclusiva para ricos, la sociedad dio un giro inesperado y pronto las calles se llenaron de mendigos y los jardines preciosos de otrora hoy lucían descuidados, de tan complicado que les resultaba el desorden y de lo difícil de imponer nuevas reglas, pues, si ya se violan unas, qué más da otras. El jardín se llenó de yerba. La yerba dio flores hermosas, moradas y amarillas, abruptas y pálidas, preciosas, pero débiles; festín de abejas. Estas flores silvestres, a la primer tormenta, perecían por grupos. Y no como antes, que cada muerte inesperada era muy dolida por lo difícil de que sucediera, claro, si a los que ya estaban por morir, los mataban, ¿como esperaban que hubiera muertos?  Las otras flores, que seguían existiendo por poseer lugares privilegiados en la tierra y una alimentación y exposición al sol más adecuada, contenían lejos de ellas a las otras yerbas, a los pobres; a veces se mezclaban pero intentaban que no sucediera. Les quitaban el agua de la tierra que aquéllas necesitaban (los ricos) para estar fuertes, sin darse cuenta de que la raíz que echaba la yerba (los pobres), era sostén suficiente para que cuando llegara, no una tormenta que mataba a la yerba sino una debacle que arrasara con todo, solo las raíces de la yerba protegerían a las otras flores, las bonitas, las coloridas, las fresas, las ricas, las de las lomas y las de los Pinos, donde vive el presidente. No se daban cuenta de que con la muerte de las flores silvestres (y sus raíces enraizadas, valga la redundancia) se evitaba la muerte de las de ornato. Como en la vida real, la que no pertenece a la realeza. 
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