El cuento de la abeja pegada

Escrito de María Mañogil Feliciano publicado el lunes, 14 de agosto de 2017 | 00:00

Mi hija tiene fobia a las abejas.

Hace un par de veranos la escuché gritar desde el baño y cuando fui a ver qué le pasaba comprobé que se había colado una abeja despistada y con más miedo que mi hija. Creo que tenía fobia a los humanos.

Cuando conseguí que se calmara (la abeja) y dejó de revolotear, se quedó apoyada en el lavabo, agotada. La empujé con mucho cuidado y dejé que poco a poco se fuera subiendo a la palma de mi mano.

Así la llevé despacito hasta la ventana, pero se quedó allí agarrada o pegada, no sé. O dormida en mi mano. No quería irse y me imaginé que tendría que llevar a la abeja para siempre conmigo y darle de comer. ¿Qué comen las abejas? ¿polen?

¿Cómo sería ir con una abeja pegada a mi mano toda la vida y tener que ducharme con la mano alzada para no ahogarla y dormir con la mano fuera de la cama para no aplastarla?

Era mi mano izquierda, menos mal porque soy diestra y llevar a una abeja en la derecha me habría complicado mucho la existencia.

Volví a empujarla suavemente, esta vez invitándola a que se fuera; y me entendió, se despegó de mi mano y salió revoloteando por la ventana.

Nunca volvió a entrar.

En algún lugar, un otoño, una abeja anciana le relataba al inspector Musca: qué suerte que se despertó la humana y me empujó. Qué bien que pude desengancharme de su mano. ¿Cómo habría sido mi vida con una humana colgando siempre de mis patas?, ¿cómo habría podido volar?

¿Y con qué la habría alimentado?, ¿qué comen los humanos?, ¿polen?

Imagen cedida por María Magdalena Comas Pons, de la Asociación Balear de Parkinson.
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