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Un himno para el siglo XX

Escrito de Tuzo Pillo publicado el viernes, 14 de julio de 2017 | 00:00

Ha poco que Netflix, malhadado Netflix, ha vuelto a hacer de las suyas, esta vez a costa de la gloriosa nación rumana. Sucede que han llevado a la animación la historia de Castlevania. Como de ordinario acontece con las adaptaciones de los juegos de video, para darle formato de serie se han tenido que tomar muchas libertades, han hecho algunos guiños aquí y otros allá y, en fin, el producto seguramente satisfará a muchos y a otros tantos tendrá enojados, por motivos varios. Yo, como con seguridad sospechas, caro lector, me cuento entre los segundos y próximamente dedicaré una exhaustiva entrada, o un par dellas, a explicar mi descontento y señalar los irreconciliables fallos presentes en la primera temporada. Pero en lo que llega el felice día, quiero dedicar la entrada de hoy a hablar de Rumanía y, más específicamente, de su himno nacional.

Como sabrá el lector entendido, Rumanía no existió sino hasta finales del siglo XIX; anteriormente, luego de la ocupación romana de la región, había un conjunto de feudos y principados, a veces absorbidos por Hungría, otras veces por el Imperio Otomano y otras más por algún estado autónomo. No obstante, es hasta 1848 cuando surge vigoroso y factible un proyecto de unificación nacional que permitiría consolidar una patria nueva, ni húngara ni otomana ni serbia ni montenegrina, sino netamente rumana. Treinta años después, con reconocimiento internacional por parte de las grandes potencias del momento, nacería Rumanía.

Como toda nación joven, especialmente si su alumbramiento fue decimonónico, la rumana se enfrentó al problema de la identidad. ¿Cómo hacer para mostrarle al mundo su diferenciación efectiva de Moldavia y Hungría? ¿Qué hacía falta para contarse entre los estados independientes de Europa? La respuesta de moda en aquella época era, por supuesto, componer un himno nacional.

Los himnos, en su compleja y galana alabanza a las virtudes de algo superior, son el reflejo más fiel de los ideales de un grupo humano determinado que vive un momento histórico determinado. Piénsese en el ilustre ejemplo de La Marsellesa con su llamado a las armas, su reverencia hacia los hijos de la Patria, su desprecio por la tiranía. Poco tiene que ver con la Francia posrevolucionaria, pero sigue condensando aquellas esperanzas y valores de un pueblo frenético, enardecido, pleno de sí, aferrado a expulsar al Régimen Antiguo e instaurar la utopía liberal en la tierra. Ejemplos como el anterior hay muchos y, claro, no puede dejar de citarse el caso del himno mexicano, que ensalza la bravura de los soldados, destinados por el propio Dios a conducir a su patria a la Gloria (favor de no carcajearse, que es asunto muy serio). La recién nacida Rumanía necesitaba algo así.

Para fortuna de los nuevos ciudadanos, desde la Revolución del 48 el poeta Andrei Muresanu y el compositor Antonie Pantoleon-Petroveanu compusieron el hoy llamado Deșteaptă-te, române!. Al principio agradó solamente a los pro-rumanos que buscaban la creación del nuevo estado. Tras el reconocimiento de la nación rumana, se adoptó como himno no oficial; se tocaba durante las conflagraciones bélicas y, en general, gozaba de popularidad entre la población.

A mediados del siglo XX, específicamente durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno fascista lo mantuvo como canción patriótica, pero hacia 1947, con la instauración de la dictadura comunista se prohibió su utilización, a pesar de que oficialmente no se reconocía como canción patria. Cuando la situación comunista fue insostenible y el pueblo se rebeló contra el dictador Nicolae Ceausescu, en el año de 1989, se reavivó el uso del Deșteaptă-te, române! como símbolo de patriotismo, de renovación y de libertad. Tal fue la fuerza que cobró entre la ciudadanía, harta de los excesos de la dictadura, que en 1990 finalmente se convirtió en el himno nacional oficial.

En la actualidad, como acontece con otros símbolos patrios, hay quienes le profesan una veneración profunda y quienes lo desprecian por parecerles ajeno a la realidad contemporánea, algo que sorprende por la relativa juventud de la composición y porque su adopción oficial apenas tiene un par de décadas. En la red se pueden encontrar diferentes interpretaciones, parodias, traducciones, etcétera. En lo personal lo encuentro atrayente, majestuoso incluso y creo que es un paso obligado para cualquier entusiasta de la poesía y la música.

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