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La muerte de la princesa, una historia inventada.

Escrito de Papillón publicado el miércoles, 26 de julio de 2017 | 00:00

No es que fueran a una velocidad exorbitante, lo que pasa es que a 80 kilómetros por hora, que se te revienten dos neumáticos, casi es seguro que colapses.
Antes de eso, la princesa le dijo a su compañero:
-Presiento que nos están siguiendo.
-Tranquila- le respondió-, ya te encontrarás con Ernesto y podrás decirle lo que quieras. Vengo observando los autos que nos siguen y no he notado nada. 
Pero no pudo. Ni Ernesto ni nadie supieron nunca acerca de lo que la princesa sabía. Y que era urgente que lo supiera. Cuando los neumáticos reventaron, el auto viró sobre su eje impactando de un costado contra la pared del túnel para posteriormente volcarse varias veces y terminar chocando de frente con el otro muro. Los dos pasajeros murieron. La princesa estaba muerta. Y nadie supo nada, excepto…




Corrían las personas de un lado a otro buscando respuestas y llevando mensajes, Matilde, que tenía los ojos hinchados de tanto llorar desde que recibió la noticia, no podía salir de su habitación y hacía el intento de no llorar apretando sus puños, pero era imposible. Habían matado, como bien le había dicho que iba a pasar, a la única persona que ella había querido: la princesa. Matilde era su asistente de cartas, por eso la princesa le dictaba y le enseñaba a enviar mensajes, invitaciones, felicitaciones, y Matilde, que había amado a la princesa hasta allá donde duele el deseo, había hecho de su mano la mano de la princesa y los pensamientos de una eran los de la otra. Por eso Matilde no podía salir de su habitación. No porque se fuera a quedar sin trabajo, o porque tuviera que seguir viviendo ahí en otras funciones, no salía porque lloraba y no quería que el resto de la servidumbre y compañeros vieran el grado de dolor que ella experimentaba, sobretodo porque la princesa siempre le pidió que cuidaran de no aparentar empatía y su trato en público siempre fue cordial pero frío.
Los funerales serían al día siguiente, en la plaza pública y donde el pueblo pudiera pasar a ver a la princesa que lucía espectacular de muerta. Festín para necrófilos.

Después de secar bien sus ojos y poner un poco de maquillaje, salió directo a la calle, sin anunciar su retirada. Después de todo, su jefa estaba muerta y en tanto no se reorganizaran los papeles de la princesa, ella debía atender los últimos pendientes y hacer un recuento de lo que dejó la muerta. Pero antes de eso, quiso hacer lo único que pudo antes de que fueran silenciadas las personas involucradas en el asesinado de la princesa. Porque eso había sido, y tanto la princesa como Matilde lo sabían. No sólo tenían las sospechas fundadas sino además la seguridad de que ese era el paso siguiente, sólo que cuando uno cree que alguien lo puede matar, le parece irreal hasta que lo matan. Obviamente sin darse cuenta, o quién sabe, un segundo antes de morir, como el hombre de Crónica de una muerte anunciada, que antes de morir dice; me jodieron. 
¿Habrá pensado la princesa, me están matando justo ahora o sólo se preocupó por agarrarse bien del auto y ya no supo más, como la misma pregunta para los periodistas que matan en México por parte de los grupos de poder o del Gobierno, sabrán que los están matando o no alcanzan a entenderlo?
Matilde fue a buscar a Ernesto, hijo mayor de la princesa con quien siempre tuvo mucha afinidad y para con quien ella iba justo cuando tuvo el accidente. Pero Ernesto no sabía nada y, cuando Matilde solicitó la venia de verlo personalmente por un tema muy delicado y con la solicitud de que fuera exclusivamente en privado, éste, entendiendo que quizá su madre le habría dado información, la citó en el club. Dos semanas después, donde él hacía tenis, ella llegaría como entrevistadora autorizada y lo entrevistaría justo en la cancha. Él le entregó la grabación y los documentos de lo que debía mostrar en la entrevista que, por cierto, salía una semana después en la revista de Caras, ella sólo lo necesitaba por si alguien en algún momento se lo solicitaba. Ya lo había arreglado él todo, por medio de algunos amigos de la universidad. Y al final sólo los del club vieron la cara de la entrevistadora.
Con micrófono apagado en mano, Matilde dijo:
-Tu madre sabía que la querían matar. De hecho se iba a ver contigo para decírtelo.
La cara del príncipe se desencajo un poco pero recobró la compostura, no fuera que alguien llegara a retirar a la entrevistadora por inquietar al señor, a diferencia de su madre, él no tenía un auxiliar o ayudante o amigo o compañero con quien hablar.
-¿Por qué si lo sabía no lo dijo antes? ¿Por qué hasta ese día?
-Porque sus conjeturas no fueron a tiempo. Ella siempre buscaba el lado bueno de las cosas y tenía la esperanza de estarse equivocando, pero no fue así.
-Y ¿quién se supone que la quería matar?
-Tu abuela, la reina-, el príncipe no se inmutó, más o menos esperaba esa respuesta, pues, aunque su abuela siempre fue muy cariñosa con él y lo complacía en lo que fuera, nunca sintió que hubiera química entre ellos. Ella era afable y elegante, y le hacía caricias pero la forma en la que miraba a la princesa, era tal que hasta a él, la abuela le daba miedo. No sólo al resto de las personas que él conocía, sino a todos. Todos le tenían miedo y la única persona que podía haberla conocido y entendido estaba muerto: su hijo, padre del príncipe y con quien casaron a la princesa, una niña que había nacido en una casa de ricos, sólo con un poco de amor por su madre y la servidumbre con quien siempre se sintió empática. Jamás conoció la pobreza y cuando alguien mencionaba a los pobres, se les tenía por bárbaros que no querían educarse, que seguían viviendo en las cloacas o en los desiertos y junglas cazando serpientes y jabalíes con un taparrabo. Tenía 15 años cuando vio por primera vez a un negro y sintió tanta curiosidad que lo primero que iba a hacer y no le fue permitido, era tocarle la mejilla, sonriendo. Pero sus sonrisas siempre fueron apagadas. Era una flor que había nacido para un florero hermoso, lleno de brillantes y abundante de agua y tierra, de la cual un día, cuando ya no fuera más necesaria, sería cortada.
-Tu madre solo fue vientre para ustedes. Necesitaban príncipes varones que pronto restablecieran la imagen del matrimonio, y por eso quieren que te cases ya.
-¿Quién quiere que me case?, ¡eso es una locura!
-Aún no estás enterado pero pronto lo sabrás. Ya tienes, de hecho, a la esposa. Es Lucrecia, ella tampoco está enterada. Sólo tu madre, la reina y los padres de Lucrecia lo saben. No me preguntes cómo lo supo tu madre, nunca me dio las fuentes para no ponerme en riesgo a mí ni a ninguna de las personas que, dijo, la habían ayudado. El caso es que con ella en medio no se podía restaurar el matrimonio que tan bien les sienta como modelo de la sociedad, no sólo la de oriente y centro sino la de occidente. Parece que las atrocidades que comenten no sólo es en un país en específico. Y tú, si pudieras saberlo, lo sabrías hasta que cumplas 40 años, que es la regla que establece que hasta esa fecha se les bautice con la sangre.
-¿Sangre?
-Humana, por cierto. Hay rituales que hace la reina…
-¿De qué estás hablando?
-Es probable que saliendo de aquí, si alguien me siguió la pista o alguien sabía que tu madre y yo compartíamos información o que éramos amigas…
-¿Amigas?
-Amigas, y algo más. Y no me refiero a una relación. Ella confiaba en mí porque necesitaba confiar en alguien. Eso no es importante, quieres oír lo que tengo que decir o prefieres que me vaya a ver si no me matan.
-Continúa.
-Y te pediría que no me interrumpieras porque es mucha información como para resumirla. Sólo te daré más generales porque se nos está acabando el tiempo. Según tu madre, llegados a los 40, el cuerpo sufre una transformación que si se somente a ciertos rituales en los que son asesinadas personas para comerlas, el cuerpo se regenera y resurge la fuerza de la juventud. No sólo beben sangre de bebé o comen niños servidos en bandejas brillantes como una muestra de respeto (que más bien me parece de repudio) a la vida, porque creen que por medio de la boca entra la energía que nos habita y nos da vida. Y el caso es que todas las personas que conocemos que podrían estar dentro, verdaderamente conservan muy buena salud para la edad que poseen. Entre las prácticas que hacen es desprenderle los ojos a la persona para comérselos, pero no deben estar dormidos porque la mirada estaría apagada y no daría el acceso al brillo de la mirada y no proporcionaría los beneficios de la visión, por lo cual la persona a la que le desprenden los ojos, mayormente gente sabia o intelecutales, es inevitable que vean lo que les están haciendo. Y eso es sólo una parte de lo que dijo. Me habló de otros mundos y de estados de la materia que no conocemos pero nunca pudimos ahondar porque además tampoco para ella era muy claro. Y solo me decía una cosa: Cuando lo vea le diré: Sólo vale la pena la vida si sientes un poco de amor. El resto es una historia ya contada. No camines a otro lado que no sea ese, aunque cueste la vida, porque al final, la vida es sólo eso, el amor que experimentamos mientras estamos vivos.

-Suenan a palabras de ella… Gracias, Matilde.
El tiempo se había acabado, Matilde no duró mucho trabajando para la Realeza, por fortuna no la mataron. Muchos años después, el príncipe probó la carne humana y pensó en su madre, un recuerdo vago y empañado que carecía de peso y que no servía para la vida que él llevaba. Si tan solo nunca hubiera muerto... 

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