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¿Por qué dejé Greenpeace?

Escrito de E.J. Valdés publicado el miércoles, 17 de mayo de 2017 | 00:00

Pocas ONG’s allá afuera son más controvertidas que Greenpeace. Patrick Moore fue uno de sus primeros miembros y fue su dirigente en Canadá hasta su salida de la organización en 1986. Desde entonces ha sido uno de sus más notables críticos y los intercambios entre ambos han ido de lo cordial a lo vejatorio a través de los años y viceversa. La siguiente es una traducción que hice de un comentario que él obsequió a Prager University en julio de 2015, mismo en el que elabora un poco sobre los motivos que lo llevaron a abandonar el grupo que ayudó a formar. En lo personal me pareció de lo más interesante. Pueden encontrar el enlace al video original al final del texto.



En 1971 ayudé a fundar un grupo ambiental en el sótano de una iglesia unitaria en Vancouver, Canadá. Quince años después se había convertido en una ONG internacional y aparecía en los titulares cada mes. Yo era famoso. Entonces salí por la puerta: la misión, alguna vez noble, se había corrompido; las agendas políticas y el tráfico del miedo desbancaron a la ciencia y la verdad. He aquí cómo sucedió.

Cuando estudiaba mi Doctorado en Ecología en la Universidad de British Columbia, me uní a un pequeño grupo activista llamado Don’t Make a Wave Committee[1]. Era el auge de la Guerra Fría y la Guerra de Vietnam se agudizaba; fui radicalizado por estas realidades y por la emergente consciencia por el medio ambiente. La misión del Don’t Make a Wave Committee era lanzar una campaña por el océano en contra de las pruebas de la bomba de hidrógeno que los Estados Unidos deseaban realizar en Alaska, símbolo de nuestra oposición a la guerra nuclear. Al concluir una de nuestras tempranas reuniones alguien dijo “paz”. Llegó una respuesta: “¿por qué no la hacemos una paz verde?”. Un nuevo movimiento nació. “Verde” era por el medio ambiente y “paz” por la gente. Bautizamos nuestro bote como Greenpeace y me uní a la tripulación de doce personas en un viaje de protesta. No detuvimos la prueba de la bomba de hidrógeno, pero aquélla fue la última bomba de hidrógeno que los Estados Unidos detonaron. Habíamos obtenido una importante victoria. En 1975, Greenpeace dio un giro brusco lejos de nuestro esfuerzo antinuclear y se embarcó a salvar a las ballenas, a navegar en alta mar para enfrentar a los balleneros rusos y japoneses. El material que grabamos —jóvenes activistas posicionados entre los arpones y las ballenas en huida— apareció en televisión todo alrededor del mundo. Las donaciones públicas nos llovieron. Para los 80 hacíamos campaña contra los residuos tóxicos, la contaminación del aire, la cacería de trofeos y la captura de las orcas. Pero comencé a sentirme incómodo con el rumbo que mis compañeros dirigentes tomaban: me di cuenta de que yo era el único de seis directores internacionales con estudios de ciencia. Abordábamos temas complejos que involucraban problemas de toxicología, química y salud humana. No hace falta un Doctorado en Biología Marina para saber que es bueno salvar a las ballenas de la extinción, mas cuando analizas cuáles químicos deberían prohibirse debes saber ciencia, y la primera lección de la ecología es que todos estamos interconectados: el ser humano es parte de la naturaleza, no es ajeno a ella. Muchas otras especies, como agentes de infección y portadoras de enfermedades, son nuestras enemigas y tenemos la obligación moral de proteger a la humanidad de estas amenazas. La biodiversidad no siempre es nuestra amiga.


Me percaté de algo más: conforme crecimos hasta convertirnos en una organización internacional con ingresos anuales superiores a los cien millones de dólares, ocurrió un gran cambio en la actitud. La “paz” en Greenpeace se había desvanecido; solamente la parte verde importaba. Los seres humanos, en palabras de Greenpeace, se habían convertido en los enemigos de la Tierra. Poner fin al crecimiento industrial y prohibir tecnologías y químicos útiles se volvieron temas comunes del movimiento. La ciencia y la lógica ya no dominaban. Amarillismo, desinformación y miedo eran los motores de las campañas. La gota que derramó el vaso fue cuando mis compañeros dirigentes decidieron que debíamos trabajar para erradicar el cloro del mundo. Lo llamaron “el elemento del Diablo” cual si fuera maligno, pero esto era absurdo: añadir cloro al agua potable fue uno de los mayores avances en la historia de la salud pública, y cualquiera con conocimientos básicos de química sabe que muchos de nuestros fármacos más efectivos tienen un componente clorado. Y no solamente eso: de haber triunfado esta campaña en contra del cloro, no hubiesen sido nuestros acaudalados benefactores los que sufrirían. Los individuos y las naciones ricas siempre encuentran cómo librarse de esas cosas. Quienes sufren son los habitantes de países en vías de desarrollo; la misma gente a la que, se suponía, queríamos ayudar. Por ejemplo: Greenpeace se ha opuesto a la adopción del arroz dorado, una variedad de arroz modificada genéticamente y que contiene beta-caroteno. El arroz dorado tiene el potencial de prevenir la muerte de dos millones de niños pobres cada año, pero eso no le importa a la gente de Greenpeace: los organismos modificados genéticamente son malos, de modo que el arroz dorado debe ser malo. Al parecer, que millones de niños mueran no lo es. Este tipo de pensamiento retrógrada por lo regular se atribuye a los “no iluminados” y los “anti científicos”, pero he descubierto de primera mano que puede infectar a cualquier organización. Incluso a aquellas con nombres en apariencia nobles como Greenpeace.







[1] Comité no causes una ola (N del T).
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