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La mamá que se volvió niña

Escrito de Papillón publicado el martes, 4 de abril de 2017 | 00:00

Se llama Gabriela y tiene 27 años. Su hija, Clara, poco más de 3. Le puso clara porque aunque no era católica, había leído alguna vez la vida de San Francisco de Asís, que se relacionaba con la de Clara -la de las Clarisas-, a quien se reconoce como una mujer rebelde enamorada de Dios. Gabriela quiere que Clara tenga su propio Dios y la misma pasión para amarlo.
Clara juega con unos cubos de colores tratando de insertarlos en un cubo más grande que solo permite el color y la figura exacta, todos son cubos, solo los tamaños difieren. Pero Clara apenas relaciona los colores y, aunque distingue las formas, no logra diferenciar fácilmente entre los tamaños de los cubos y se olvida de la tarea. Sabiendo que lo que no le es dado conocer, intentarlo es tiempo perdido. Y busca en su entorno otra cosa con la que entretenerse. 
-¡ía, mami!, exclama la niña apuntando con el dedo, llamando la atención de su mamá que por ahí anda cerca. 
-¿Qué, mi amor? ¿Qué es? ¿Eh?
-¡Ía!-, vuelve a exclamar la niña. Pero como señala la pared, exactamente donde no hay nada, Gabriela piensa en varias posibilidades: en un fantasma -aunque en realidad, si no creía en Dios, menos en fantasmas-, una sombra, quiere llamar la atención, etc., el tipo de cosas que cualquier papá se pregunta cuando un niño le dice que mire ahí donde no hay nada. Y opta por volver a mirar a la pared y detenerse a observar. Por supuesto no encuentra nada, pero hace un gesto de sorpresa y sonríe tanto que Clara sabe que están viendo lo mismo. A Clara, al reconocer a su cómplice, se le ilumina la cara y vuelve a señalar a otro lado y dice lo mismo y hacen, cada una a su tiempo, lo mismo. Y se reconocen mutuamente como mejores amigas, y Clara se carcajea con cada cara de sorpresa de Gabriela ante cada nuevo descubrimiento en cada esquina de la casa. Y así hasta que Clara se queda dormida. Esta situación se repite a través de los días y cada vez es más trascendental. Cada vez se involucran más, madre e hija, en la historia creada por la hija e invisible a los ojos de la madre hasta que dejó de serlo: Como cuando dos personas empiezan a cantar la misma canción y se ríen, así igual las dos buscaban nuevos personajes en las paredes, y en el momento mismo en que más perdidas de la risa están, víctimas de la "aparición" simultánea que las dos señalan al mismo tiempo, Gabriela lo ve, abre desmesuradamente los ojos y ahoga la risa que segundos antes la asaltaba seguido de un silencio sepulcral al que la niña persigue como parte de la broma y hace que esta rompa en carcajadas nuevamente pero la madre no. 


Y cuando la niña no se siente seguida, calla y busca la mirada de su mamá con una interrogación en los ojos. En ese momento, el cuarto vuelve a ser el mismo de siempre, la sala de estar donde están sentadas en el suelo, es una gelatina azul rodeada de figuras que aparecen y desaparecen en el entorno. Ahí están los puentes por los que habían cruzado unos días antes y ahí la mariposa gigante. Gabriela se incorpora nerviosa y trata de fingir una risa para que Clara siga riendo pero en esas cosas no existen las mentiras, o es o no es, porque la mentira es justo contrario a la verdad, y en la verdad solo cabe lo que es posible y lo que es posible no depende nunca de lo que es verdad sino al revés, que lo que es verdad es justamente lo que es posible. Y Gabriela intenta emitir una sonrisa falsa para contentar a su hija dentro del juego del que ella justo en ese momento se acaba de salir, como bajarte del sube y baja y pretender que el otro siga jugando. Pero Gabriela está atónita; Clara, que empieza a inquietarse, prefiere levantarse y buscar otra forma de distraerse, con lo cual Gabriela descansa y puede pensar tranquilamente. Pero es un decir, pues el corazón lo tiene acelerado, la sensación de haber estado "allí" no es distinta a la que en ese momento siente recostada sobre su almohada, mientras piensa. 

Con los días, la situación se hace más común y las cosas emigran de forma y el entorno se transforma.  Por supuesto no es el tipo de cosas que se fueran contando por ahí, pero con los días, ella entiende que cada que se desea (pero es que ella nunca quiere si no está al lado de su hija), se puede transformar el entorno. Y no lo habla con nadie porque lo único que ha logrado ver son formas sin sentido y sin mucha coherencia; pero cada tarde que acontece que una lámpara se convierte en farol de la calle o una almohada en jardín flotante, ella toca las lavandas de la acera y sus manos quedan impregnadas de su olor sutil que no huele a lavanda sino a chicle de plátano. Y sueña con puentes colgantes de colores y de oro, que conducen al otro lado de la montaña, donde el dolor y la ansiedad no son posibles simplemente porque no se les conoce. 

Pero Clara crece y la consciencia, enemiga de todos los sueños, acaba con los despertares en bosques encantados y campamentos en nubes de sabores a tal grado que, cuando Gabriela tiene 35 años y Clara 11, libre Clara de todos sus sueños coloridos, trata de convencerse ella misma de que todo ha sido una ilusión creada por la fuerza de su hija, aunque en el fondo sabe que los olores y los sabores experimentados son tan reales como cualquier otra experiencia cotidiana. Ella está segura de haberlo vivido por muy imposible que parezca; eso, o está loca y no es cierto -como deduce- que la realidad que nos habita está teñida de las reglas y condiciones que hemos adoptado como hombres y sociedad perdiendo la capacidad de imaginar y transformar la realidad propia con la que los niños la ven, en la ilusión de observar todo con los ojos de la inocencia: Quizá el perder la inocencia es el precio que pagamos por el conocimiento y el conocimiento solo es el cuento de la realidad que nos atañe y que al final de cuentas depende de lo que nosotros mismos hemos escrito, es decir, de lo que nos hemos contado. Vaya paradoja porque, entre un mundo y otro, quien sabe cuál sea mejor habitar. 
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