Una tristísima situación

Escrito de Tuzo Pillo publicado el lunes, 13 de marzo de 2017 | 00:00

Así como Alma Santillán, este fin de semana fui al teatro. No esperaba ver nada espectacular, después de todo en Guadalupe (porque hay que puntualizar que acudí al teatro municipal de Guadalupe) nada hay que pueda merecer la pena, sin embargo tampoco creí que fuera a toparme con la más lamentable recreación de una moralina o conseja como la que tuvimos el dolor de presenciar.

La pieza en cuestión, un monólogo doctrinal que uno no sabe si busca la conversión de los pecadores, el escarmiento de las mentes bombardeadas por promocionales de alcohol y otras sustancias que inducen al vicio o celebrar la vida después de tantos encuentros con la perdición como dice el autor y actor que da vida a sus propias palabras que tuvo antes de volverse abstemio anónimo, se intitula Solo por hoy y da cuenta de la viciosa experiencia de Chema, un alcohólico que ha cumplido ya seis años sobrio y para festejarlo decide relatar a sus compañeros del grupo de doble a el tortuoso camino que lo condujo a la liberación.


En sí mismo el texto, con los debidos pulimentos y aderezos, podría ser bueno, no obstante lo pierden dos cosas esenciales: la una es que el autor, que también hace al personaje principal, su homónimo autobiográfico textual, no tiene ya la voz ni la energía para encarnarse a sí mismo. Su forma de hablar es lastimosamente acartonada y, por supuesto, su actuación remite más al teatro del absurdo que a la tragicomedia que supuestamente se está llevando a cabo. La otra gran desgracia de la obra es que su excesivo tono moralizante impide que pueda disfrutarse de la pieza. Al monólogo precede un introito despreciable en que se declara que la cosa no es pura ficción, ya que es la vida del Chema extratextual la que se recrea (dicen por áhi: «asegún»), también ahí se mete un componente religioso bastante confuso. En la obra la blasfemia ocupa un lugar oneroso y poco claro; Chema con frecuencia insulta a Dios, niega su existencia, le recrimina la falta de alcohol cuando está encerrado en un manicomio, pero después como por arte de magia y sin que medie experiencia religiosa ninguna, ya todo está conmadre con el Creador, al grado que sucede un epílogo en que se exhorta a los asistentes a rezar el Padrenuestro.

Sobre este punto quiero profundizar bien poco. La blasfemia en el arte, cuando está bien trabajada, es un elemento que enaltece al producto final. A veces es necesaria, porque en la vida misma suele ser una compañera constante (no me meteré a dilucidar si deseable o indeseable). Sin embargo aquí se usa para dar risa o para escandalizar, pero nada más. El Chema textual no muestra el carácter del adicto que blasfema víctima de las pasiones desbordadas que le exigen satisfacción, sino más bien el oportunista rostro de quien sabe que el insulto es a la vez gracia y tabú en una sociedad católica de dientes para afuera (porque es lamentable la cantidad de pseudo católicos que hay en Nuevo León). En fin, supongo que los sampetrinos que le revisaron el texto quedaron maravillados por aquello que no entendían y hasta algo de miedo les provocaba…


El teatro está agonizando. Todavía no ha muerto, pero poco le falta. ¿En verdad ya no se pueden producir obras serias que reflejen la complejidad de la aberración que es el hombre sin tener que llenarse la boca con palabrerías doctrinales? Y no me enfada que haya un componente religioso, que a final de cuentas es lo que ha motivado prácticamente todo el quehacer humano desde el inicio de los tiempos, pero ¿es que todo lo que toca el hombre contemporáneo tiene que mariconizarse en exceso? Mucho de este pecado lo tiene el hecho de que el autor y actor sea alcohólico redimido. Pareciera que todos los que han dejado de beber también han abandonado toda posibilidad de un discurso coherente; solo hablan de lo bebedores que solían ser, de lo malos que eran, del mucho daño que sus familias y amigos recibieron por causa de ese malhadado vicio… siempre la misma canción, siempre la misma conseja. Para variar estaría bien un alcohólico que repudiara la existencia y que dijera que no bebe por hacer de su vida aún más mierda, porque ¿quién querría vivir sin beber?

En fin, la verdad es que me sentí tan hastiado de la hipocresía humana tras esa pieza que me puse una borrachera de dos días tan atroz que apenas estoy recuperándome. ¿Y saben qué? Me encantó, porque me encanta beber, me vale mierda el discursillo pseudo cristiano de los dobles as y su latría por una existencia que es mejor terminar cuanto antes, así que debo decirle a Chema (a los dos) que su obra me ayudó a descubrir cuánto execro sus valores y las moralinas que dellos se desprenden.

Vale.

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