Nada nuevo bajo el sol

Escrito de Tuzo Pillo publicado el jueves, 30 de marzo de 2017 | 00:00

Quien sea un gustoso usuario de Uber recordará el fatídico día en que la compañía determinó aumentar sus ganancias al anunciar el servicio denominado Pool. En la ciudad de Monterrey, famosa por su narcotráfico y espantosa situación climatológica, la premisa esencial de esta modalidad de transporte cayó como cubetada de agua hirviente: a nadie le gustó en un principio. Los siempre sin fundamento fresas regios se sentían asqueados por la sola idea de compartir sus viajes con otro pasajero, más todavía, la eternamente egoísta sociedad neoleonesa sentía ultrajados sus derechos cuando la aplicación mandaba llevar primero a un usuario que se subió después. Sin lugar a dudas les atormentaban las interrogantes: ¿quién se cree ese jodido muerto de hambre para subirse al uber que pedí yo? ¿Qué no tienen para un coche, pinches pobres? ¿En qué mundo vivimos cuando el que llega primero no es el que se chinga todo el cabrito?

Sin embargo, Uber, acostumbrado a hacer caso omiso de lo que exigen los clientes (porque la realidad es que no os escucha, queridos ingenuos, solamente hace como que sí y luego os embute lo que le parece mejor y hasta se lo agradecéis), dejó la modalidad hasta que poco a poco la gente se fue convenciendo de que el servicio era mejor así. No faltaron algunos ambientalistas de medio pelo que incluso alabaron la innovación que suponía para el transporte público el hecho de que se compartieran las carreras con base en el rumbo de los pasajeros, porque así se producen menos emisiones contaminantes y pavadas de esas.

El caso es que ni la idea es novedosa ni es como para dar brincos porque ya salvamos al planeta. Los taxis en Pachuca de Soto, capital mexicana célebre porque sus habitantes la desdeñan como al peor de los males, toda la vida y hasta la fecha han sido colectivos. Cuando uno hace la parada, antes de introducirse al vehículo, hay que decirle al conductor el rumbo que lleva y éste decide si le conviene o no. Una vez iniciado el viaje, cualquiera otro puede hacer la parada e indicar su destino, si queda más o menos por la vía, puede subirse, si no tiene que aguardar a que otra unidad pase a ofrecerle el servicio. Además de esta curiosa práctica, no hay taxímetro, así que es el arbitrio del chofer el que dicta de cuánto es la carrera y aunque hay tarifas estipuladas oficialmente, nadie las respeta, pero eso es cuestión para otro día. El caso con uber es que prácticamente está utilizando un modelo que existe desde que existen los medios de transporte, así que de innovación nada. Por otra parte, la contaminación no disminuye por dos factores bien curiosos: uno es que no todos están dispuestos a sacrificar tiempo pidiendo un viaje que a la mitad se interrumpirá por ir a recoger a otra persona; lo otro es que los choferes, siempre pensando en el beneficio propio los muy desconsiderados, prefieren dar el servicio individual que el colectivo porque el porcentaje que deben entregarle a la empresa es menor así, dado que el algoritmo no se fija en las cantidades que ganan, sino en el hecho de que haya uno o más pasajeros, por lo que muchos sienten que su margen de ganancias se reduce drásticamente y, como suele decirse, no costea.

A la postre, este día comparto con vosotros esta simpática reflexión porque pareciera que la capacidad de asombro, combinada con la rampante idiotez de nuestros días, está carcomiendo el desarrollo humano a pasos agigantados. Basta recordar esa entrevista con la mocosa que, por haber subido su video baboso, se sentía como si hubiera descubierto el hilo negro. Nada hay nuevo bajo el sol, gente, no seáis imbéciles.

Vale.

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