Lupus

Escrito de María Mañogil Feliciano publicado el miércoles, 15 de marzo de 2017 | 00:00

Un día vi a un perro atado donde dejan los carritos de compra en el supermercado.

Me quedé mirándolo fíjamente y él me respondió de la misma manera. Su cara era alargada y sus ojos rasgados y negros como el azabache; no se distinguían pupilas en ellos, ni siquiera los enormes y potentes focos blancos sujetos al techo sobre su cabeza lo obligaban a contraerlas. Tampoco noté que parpadeara; era como una estatua y su aspecto más recordaba a una figura de mármol negro que a un perro de carne y hueso esperando ver a su humano salir.

Me fijé en su mandíbula y no se asemejaba en nada a la de ningún otro perro que hubiera visto antes, ni siquiera a la de esos a los que algún anormal decidió llamar 'de raza peligrosa'.

Sus orejas estaban ligeramente dobladas hacia atrás, como esperando captar algún sonido extraño sin necesidad de girar su cabeza y dejar de observar al frente, como alertado de un plan maquiavélico que trama contra él quien esconde su verdadero rostro tras un disfraz. Me intimidó esa mirada, he de reconocerlo.

No dejó de observarme hasta que al fin salió un anciano que cargaba una bolsa de plástico en una mano y en la otra un bastón y se acercó al perro haciendo ademán de querer desatarlo. El animal se relamió sin ponerse nervioso, no movió su cola en ningún momento ni hizo gesto alguno de alegría al ver a quien parecía ser el humano que lo cuidaba. Sólo se limitó a seguir relamiendo su hocico mientras el hombre desataba lentamente la cuerda de alrededor de la barra de metal.

—¿Cómo se llama?— pregunté al hombre.

–Lupus— me respondió volteándose al mismo tiempo que el animal al escuchar su nombre.

—Lupus— repetí— Un nombre muy apropiado— y acaricié con algo de miedo su brillante lomo mientras el bicho ni se inmutaba.

El anciano me sonrió sin ganas y sin mediar palabra le ordenó al cánido: —Nos vamos— y uno al lado del otro echaron a andar. Siempre me he preguntado si Lupus sabía lo mismo que yo y por eso me observaba fíjamente, tal como yo a él. Y el anciano ¿lo sabría también? ¿Acaso no era él mismo tampoco quien aparentaba ser mientras paseaba tranquilamente por la ciudad acompañado de un lobo?

Al menos yo hablo como los humanos.— pensé —No creo que Lupus pueda fingir en las noches el aullido de un perro sin levantar sospechas entre el vecindario. O quizás sí. Las personas no suelen fijarse en esas cosas.

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