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Los ritos de los Búfalos

Escrito de Tuzo Pillo publicado el lunes, 20 de marzo de 2017 | 00:00


Hoy ocurre el Equinoccio de Primavera, ese momento del año en que la lógica astral se proyecta en la medición del día y de la noche como si de la misma cosa se tratara. Más allá de los desvaríos geográficos y astronómicos a que da lugar este suceso, es una fecha importante porque apertura un momento crucial en la vida de todos los habitantes de la Colonia La Primavera, en Monterrey, y es que es la calenda más significativa en el almanaque de los temidos Búfalos de la Primavera.

Entre las celebraciones bufalaicas no se cuenta una fiesta más sagrada –ni más sangrienta– que la del equinoccio primaveral, cuya celebración exige numerosos rituales, tan extraños como terribles, y que asuelan las calles de esta fatídica colonia de la capital neoleonesa año con año.

Aquí no se han de enumerar todos y cada uno de estas espeluznantes prácticas que pueblan las pesadillas de chicos y grandes, sino solo hablaremos de los más espantosos, los más repugnantes y abominables que se conocen. Sirva este catálogo del horror para aleccionar a todos aquellos entusiastas del deporte que ingenuamente vayan a caer en las garras –o mejor dicho, pezuñas– de estos colosales destripadores de hombres y fieras por igual.

El conejo y la madriguera

A dos noches antes del Equinoccio, el brujo mayor de los Búfalos, mejor conocido como el aguador –por ser quien lleva de beber a los jugadores durante los partidos–, escudriña el cielo en busca de algún presagio de último momento que permita saber si la celebración de la festividad será propicia o si deben ejercitarse ritos aún más violentos. Si el cielo no le dicta nada, el aguador junto con diez de los más feroces búfalos recorren las viviendas circundantes a su campo sagrado y llaman tres veces a la puerta; si no reciben respuesta incendian la casa a manera de castigo ejemplar para todos los que se atreven a escapar de la colonia. Los que son suficientemente temerarios como para permanecer en sus hogares durante esta fecha, deben abrir y ofrecer un platón de vísceras crudas a los recién llegados; todo debe provenir de animal que mama o la ofrenda se considerará ofensiva, lo que inevitablemente acarreará la muerte de todos los anfitriones.

Los búfalos comen a la vista del aguador, que inspeccionará los restos para determinar si en esa casa está lo que buscan o no: el llamado conejo. El conejo es un niño varón, no mayor de doce años, al que deben extraer de su casa, la madriguera, para someterlo a una vivisección que permita una segunda aruspicina, donde se esclarezca si en efecto el cielo ha mostrado augurios favorables o, por el contrario, desmienta cualquier encubrimiento sobre el desenlace de la fiesta equinoccial. Si las vísceras dicen que nada hay, los búfalos violan a los miembros de la familia como escarmiento por no haber traído al mundo el tan necesario ingrediente para la celebración; si, por otro lado, las vísceras dicen que hay conejo, lo raptan por cualquier medio, muchas veces asesinando a los padres y hermanos en el proceso, y lo llevan al centro del campo sagrado, ahí le desnudan y pintan de color azul, el emblema cromático de la tribu, y cada uno de los diez búfalos se adjudica uno de sus miembros, de manera que a uno corresponde el pie derecho, a otro el pie izquierdo, a uno la mano diestra y a otro la siniestra, a uno la cabeza, a otro las orejas, a otro la nariz, a otro los ojos, a otro la lengua, a otro el dorso y a otro más el pecho, el vientre y los genitales quedan para el aguador. Antes del amanecer, los búfalos berrean sus cantos bélicos mientras el aguador, en trance, comienza a destrozar con los dientes al conejo, comenzando por los testículos y terminando con la piel de la barriga. Tras él cada búfalo devora su parte correspondiente y se lleva a cabo la lectura de los restos al despuntar el alba.

La vestimenta ceremonial

La excesiva violencia y la voluminosidad de los búfalos hizo creer a la gente por mucho tiempo que entre ellos no había mujeres, pero esto es un error que en años recientes se ha desmentido. Las mujeres bufalaicas o bufálicas suelen dedicarse al gobierno del hogar y al apoyo de los varones durante los juegos y torneos; cuando son jóvenes, aprenden las contorsiones sexuales más grotescas, que ejecutan a manera de coreografías durante los juegos para alentar a sus futuros maridos, pero cuando son adultas, además de procrear, se encargan de la confección de ropajes y armaduras, así como de propinar los primeros golpes y sometimientos a sus crías, con lo que les preparan para la interacción futura.

Una de las funciones principales de la bufálica es la confección de las vestimentas ceremoniales para el Equinoccio. Cada bufálica prepara sus propios vestidos, los de su pareja y los de sus hijos. La ropa del varón consta de una casaca con grandes hombreras y un calzón que apenas alcanza a cubrir los genitales y las nalgas, mientras que la cabeza se orna con un duro casco astado, que luce tantos cuernos como campeonatos ha acumulado el búfalo en cuestión; la prenda superior se hace entera del cuero cabelludo de los jugadores derrotados en el campo, para las hombreras generalmente se utilizan las tapas de los cráneos de los enemigos vencidos; los calzones deben ser de la piel proveniente del pecho o el vientre, mientras el interior se forra de párpados a los que se han retirado ya las pestañas. El casco suele fabricarse de hueso tallado, unido con brea y los cuernos se elaboran de una pasta que resulta de moler los dientes de los adversarios capturados en los últimos torneos de la temporada.

La vestimenta femenina, por otro lado, consta de un sujetador y una falda suave. El sujetador, duro por fuera, es de dermis facial, muchas veces arrancada a las mujeres y niños de los equipos vencidos, por dentro se forra con piel de molleras de bebés de escasos meses de nacidos. La falda se confecciona de labios vaginales y escrotos, preferentemente de hijos de algún jugador derrotado, aunque también es admisible emplear insumos provenientes de sus padres o de ellos mismos. La tela está prohibida en los vestidos rituales, no obstante muchos búfalos y sus familias prefieren utilizar las prendas de piel todo el año.

El tochito

No serían los Búfalos de la Primavera si en la fiesta equinoccial se omitiese el abominable tochito que en plan amistoso se juega para honrar al período del año que les da nombre. Este terrible partido por lo general no cuenta con rivales oficiales, puesto que los otros equipos suelen abandonar la ciudad esperando no enfrentarse sin reglas a estos bestiales adversarios, por lo que el equipo contrario se construye a base de esclavos (jugadores capturados durante la temporada de partidos), vecinos secuestrados y transeúntes incautos que rondan por las inmediaciones de la colonia. El balón suele ser un enorme ovaloide de cuero humano, aunque en ocasiones es un miembro de alguno de los esclavos castigados, ya sea la pierna, el brazo o la cabeza. Las reglas de este juego extraoficial son simples: el jugador del equipo que pueda alcanzar, balón en mano y con vida, el área de postes realiza una anotación. Por lo general los partidos se resuelven siempre con un marcador de mil a cero, a favor de los Búfalos, quienes suelen masacrar a sus rivales y destrozarlos, con la consecuente superabundancia de balones que esto implica.

El sacrificio equinoccial

Antes de la gran festividad, los búfalos se purifican y purifican sus palcos con un sacrificio de gran envergadura. De entre los jugadores de la temporada eligen a los que han dado el peor rendimiento, los que hayan realizado menos anotaciones o sencillamente quienes hayan mostrado algún conato de compasión en el campo, a éstos los atan a la entrada de su lugar sagrado y los dejan sin alimento ni agua por tres días. Antes de iniciar la fiesta estos malos representantes del areté bufalaico son despedazados por sus compañeros y su sangre riega las gradas y fluye sin obstáculo hasta anegar el pasto del campo sagrado, que se torna rojo en su totalidad justo al momento en que el Sol se coloca sobre la línea ecuatorial, lo que inaugura la estación primaveral y el nuevo año bufalaico.

La celebración del Equinoccio

Sobre la festividad equinoccial apenas pueden describirse los actos de violencia que cometen los enardecidos búfalos, enloquecidos por el hedor a sangre y muerte que despide su campo sagrado, ahora rojo. Durante todo el día beben cerveza mezclada con aceite y sangre de sacrificados; comen carne humana cruda; entonan sus himnos bélicos mientras que las hembras practican contorsiones que les cubren el cuerpo de sangre y pasto. La necesidad sexual, aspecto medular de la primavera, también se manifiesta con orgías aberrantes en las que todos los búfalos, pequeños y grandes, jóvenes y viejos, participan, sin miramiento de sexos, y lo mismo penetran y son penetrados anos, vaginas, bocas, cuencas oculares, narices y orejas.

Al anochecer, los que aún están despiertos bailan sus danzas rituales y encienden fuegos cuyas brazas se divisan a varios quilómetros del campo sagrado, incluso hay testimonios de vecinos de Apodaca y Escobedo que han divisado las feroces llamaradas. Ahí arrojan los restos humanos que no se consumieron, junto con algún búfalo enfermo o viejo que esté desprevenido, de manera que se renueven las generaciones. Es también el momento en que llegan los futuros búfalos, que tras inscribirse como aspirantes al equipo deben demostrar ser dignos de portar el uniforme y representar a la Primavera en los torneos de fútbol. Los padres y pequeños son obligados a saltar de un lado a otro de la hoguera, cubiertos en grasa de caídos en el campo, los que se niegan son arrojados a las llamas, para que se consuman como sacrificio al nuevo año que inicia, los que se atreven y salen victoriosos son acogidos como nuevos búfalos, se les da de comer carne humana y se les coloca una pechera hecha de úteros de mujeres de los vencidos en la temporada anterior, esto simboliza que han sido paridos nuevamente, más fuertes y mejores, pues ahora son Búfalos de la Primavera.

#HazDeporte

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+ comentarios + 1 comentarios

10 de abril de 2017, 12:33

A veces pienso que todo lo sanguinarios que somos y éramos con ritos de este tipo son mejores a las guerras actuales que tienen el mundo entero de cabeza

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