Hotel California

Escrito de Alma Santillán publicado el lunes, 27 de marzo de 2017 | 00:00

No crecí en los ochenta, pero Hotel California es parte del soundtrack de mi vida. Conocí la canción de los Eagles cuando tenía diecisiete, en voz de alguien dos años menor que yo. No pregunten por qué, pero quise seguir segundo a segundo la letra. Y lo logré: me la aprendí, también el solo de guitarra.

Pasaron unos años y me alejé de ella, o debiera decir que ella se alejó de mí.  

Hace cuatro años, a mis veintiocho, volvió a mí, pero esta vez con todo e imagen, en vivo, en Todos Santos, en Ba-ja-Ca-li-for-nia-Sur. Fue un tour sorpresivo, apresurado, y mientras el auto avanzaba desde Cabo, yo estaba maravillada con el desierto en la ventanilla derecha y el mar en la izquierda.

Llegamos a Todos Santos antes del atardecer, Él me dijo que era un pueblo mágico, en el que por lo general se encontraban hippies y la fiesta se trataba de amor y paz. Ese día, justo en marzo, estaba desierto.

Me llevó a conocer, sólo por fuera (una lástima, lo sé), el Hotel California. Y mientras me daba la explicación de guía de turistas, a mi mente llegaron los acordes de la canción y cada estrofa de ella. Recuerdo que sólo sonreí.


Me preguntó si quería que bajáramos a conocerlo más de cerca, dije que no porque también quería llevarme a conocer el mar de ahí cerca y el sol no se detenía.

Nos sentamos en la arena, yo apresaba con mis manos el vestido levantado por el viento y Él sostenía sus rodillas. Nos quedamos en silencio mirando las olas, y en mi mente se podía escuchar such a lovely place, such a lovely face.

Poco después, la vida me arrebató la canción y lo vivido en otro huso horario.

Hace cuatro meses tomé un disco al azar y al subir al auto miré la carátula: el mismo sol dorado que miré aquél marzo, con palmeras adornando y el calor apenas asomándose. Puse play, los acordes me hicieron temblar cada tripa, y con el on a dark desert highway, cool wind in my hair, supe que no había olvidado nada.


Y ahí, en cada nota, estaba Don Henley recordándome sensualmente la maldición esa de que you can check out any time you like, but you can never leave. 
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