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Ya chingamos, Conchita

Escrito de E.J. Valdés publicado el jueves, 16 de febrero de 2017 | 00:00

Colaboración especial de Alan E. Rejón

A inicios de este año aconteció en México el llamado “gasolinazo”, un alza histórica en el precio de la gasolina, la cual dio paso a una serie de protestas por toda la República que rápidamente se convirtieron en actos violentos que conllevaron al cierres de calles, muertes, y saqueos a plazas comerciales y tiendas departamentales.



La sociedad criticó de inmediato el hecho de que la gente hurtara aparatos electrónicos y mercancía no indispensable para satisfacer su necesidad de consumo, esto bajo el argumento de que robar es siempre incorrecto sin importar el contexto en el que suceda.

¿Pero de dónde nace en realidad este argumento? ¿Por qué la expropiación de productos pareciera ser la respuesta lógica ante la situación social?

La educación católica y el sistema político del país son la respuesta a la primera pregunta. La adicción del hombre a ser “un buen ciudadano” o, mejor dicho, “una buena persona” dentro de los estándares morales religiosos es la que nos obliga a ver el robo como un acto malvado que siempre debe ser castigado, como un pecado.



Es posible que la segunda cuestión haya sido respondida en The Pervert's Guide to Ideology, de Slavoj Žižek, cuando aborda los disturbios de 2011 en Inglaterra, durante los cuales se vivió una situación similar a la de México. Žižek adjudica estos actos de rapiña al hecho de que aquella sociedad es regida por una ideología consumista y eso hace del hurto la única forma de subversión existente. Es decir que el sistema económico rigente se basa en el intercambio monetario por bienes o servicios, por lo tanto, la obtención de estos mismos sin el pago necesario rompe por completo la estructura establecida. Con esto plantea que la única forma de terminar con un sistema es dentro de la misma ideología que lo sustenta, y que esta rebeldía eventualmente, ante el hartazgo, se presenta obvia a cada persona que viva dentro del sistema.

En palabras más sencillas, el simple hecho de que un ciudadano se niegue a pagar por los bienes que obtiene pone en peligro el sistema económico y por ende la estructura política de su país.

Como antes dije, esta respuesta no llega con el raciocinio, siendo que se demostró con lo sucedido tras el “gasolinazo”, donde los saqueos sucedieron de forma espontánea y se propagaron rápidamente por casi todos los estados de la república.

Durante las protestas la ideología consumista e individualista del país se impone, logrando que la gente comience a saquear como respuesta al descontento mientras, al mismo tiempo, piensan en satisfacer su necesidad de consumo.

“Robo porque me roban…

Ya chingamos tele, Conchita”.
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