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El abrazo insoportable.

Escrito de Papillón publicado el miércoles, 15 de febrero de 2017 | 00:00

Caminaba sin rumbo, con la mente obnubilada por tantos pensamientos contradictorios, tantos sentimientos agolpados en el pecho, queriendo salir, golpeando con sus puños las costillas de mi tronco, henchido el pecho pero de una desazón abrasante. Las calles, cada vez más estrechas, pasaban una tras otra bajo mis pies calientes de tanto andar. Me carcomían los cayos de las plantas, me dolían las rodillas; el sol ardiente me daba empujoncitos como a una marioneta para buscar las copas de los árboles distantes, que brillaban de tanta humedad y calor que se sentía. 

Minutos antes, algo había terminado de romperse; los cristales de una esperanza rota habían quedado esparcidos por los asfaltos del Paseo Montejo, en la Mérida melancólica que me recibía -y me despedía- con las notas más tristes de una sinfonía que finalizaba como pocas: arrogante, abrupta, abismal, entre las fachadas límpidas y bellas de una pálida pintura. 


Había tomado un vuelo a Mérida con la esperanza de encontrarlo en el mismo lugar donde lo había dejado la ultima vez que nos vimos. Y ahí estaba, en efecto, pero no era el mismo. Algo en su mirada había cambiado, su voz, dura de la sorpresa, preguntó qué hacía ahí. Como si no fuera lógico, como si mis fuerzas que desfallecían, mis piernas que temblaban y mi sonrisa lúgubre e incierta no fueran suficiente respuesta a su estúpida pregunta: ¿Qué haces aquí?, preguntó una sola vez que para mí fueron como mil veces y antes de pensar en una respuesta, para colmo de mis males, mi boca ya estaba abierta diciendo, como siempre, las cosas que no tenía que decir: "Vine a verte", dije no sin pasión, carcomido por la espera de tantos meses, por ese dolor abdominal que solo los nervios saben lo que son capaces de hacer sentir. De esas cosas que se sienten en la panza una sola vez en la vida.


Así había sido siempre, mi boca diciendo necedades, hablando estupideces de lo que sentía, mis oídos, esperando las respuestas que de su boca nunca iban a salir. Y, una vez más, había ido a buscar lo que yo sabía que ya estaba muerto. Pero hasta en la muerte hay dos tipos de muertos, los muertos de la guerra y los desaparecidos, que nadie ve y que nunca terminan de irse, porque nunca terminaron de morir; y los muertos que tenemos enfrente, fríos, con los labios pegados, ausentes, que no terminan de quedarse y terminan siendo olvidados. A eso fui a Mérida, a buscar a mi muerto, a buscar mi olvido.

Caminaba sin rumbo, sin reconocer las calles; mi vista, perdida entre el llanto de toda una vida, apenas guiaba mis pasos. La tarde caía y el sol quemaba; en la piel, me ardía el abrazo que no nos dimos. O mejor dicho, que yo sí le di pero que no recibí. "Me voy", le dije luego de algunos minutos de silencio, iguales a los últimos meses, a los últimos años y al resto del tiempo desde entonces. Silencio total, el silencio que se cierne sobre nuestras cabezas cuando miramos al cielo nocturno, deseando no toparnos con las luces de las estrellas que nos hacen colgar los sueños del aire, de la nada. "Me voy", le dije acercando mi boca a su cuello y entornando mis brazos a sus hombros. Pero sus brazos no se movieron y su rostro se escondió del roce de mi cara. Era insoportable, yo mismo deshice mi abrazo que me arrojó tan lejos que me paralizó las ganas y el amor y, palideciendo, sintiendo cómo la sangre escapaba de mis mejillas, di media vuelta y empecé a caminar sin decir más nada, lastimado con su dolor o aquello tan malo que no quiso que nos abrazáramos por última vez. Caminé por las aceras de húmedos adoquines, crucé somnoliento las vías del tren, absorto en un pasado que se iba rompiendo a cada paso que daba. El llanto, como lluvia en primavera, que no llega a tiempo, que cuando llega hace estragos, el llanto, como el río que se llevó a mi pueblo, se llevó mi dignidad, mi esperanza y las ganas de seguir viviendo. 

Era la puerta del fracaso, de la derrota tantas veces cantada desde tiempos inmemoriales, porque los hombres morimos callados, gritamos cuando creemos que cantamos, herimos cuando amamos y el amor que nos es devuelto nos lastima de ausencias, de insuficiencias, nos descontrola, nos desarma el armazón que nos pusimos siendo niños para no ser golpeados, sin darnos cuenta de que su propio peso ya es suficiente herida para tenernos débiles, caminando sin vida, callados, seguros de que seguirá en silencio, esperando que seque la humedad del recuerdo que no termina de morir y que no deja espacio para aguas nuevas, esperando que un día tanto ruido termine por callarse y que tanto silencio muera bajo el tenue susurro de un te amo que nunca fue dicho. 
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