Masha y el oso

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 31 de enero de 2017 | 00:00

Masha y el oso es una serie animada para niños creada por los estudios Animaccord en 2009 y que actualmente se transmite en América Latina a través de Boomerang. Está inspirada en el cuento popular ruso del mismo título, aunque en realidad su trama tiene poco que ver con éste más allá de los nombres de los personajes. Curioso, me decidí investigar de qué iba la historia original y pronto di con la transcripción que un tal Sheldon hizo para el sitio Russian Crafts, misma que ahora les comparto traducida al español. Puesto que se trata de un cuento que ha sobrevivido a las generaciones de modo oral no existe una versión “definitiva”, como sucede con aquellos que los hermanos Grimm recopilaron en el siglo XIX, así que es muy probable que encuentren otras versiones más sencillas o más ricas de esta misma historia. El texto en inglés del cual partí lo pueden consultar aquí.


Alguna vez vivió una pareja de ancianos que tenía una nieta llamada Masha. Un día algunos amigos de Masha decidieron ir al bosque para juntar hongos y moras y fueron a su casa para pedirle que los acompañara.

—Por favor, abuela y abuelo —dijo Masha—, permítanme ir al bosque.

—Puedes ir pero mantente cerca de los demás y no los pierdas de vista, o podrías extraviarte —respondieron los ancianos.

Masha y sus amigos fueron al bosque y comenzaron a buscar hongos y moras. Masha fue de arbusto en arbusto, de árbol en árbol. Sin fijarse, ya se había separado de sus amigos. Cuando por fin se dio cuenta que estaba sola comenzó a llamarlos, pero ellos no la escucharon y no respondieron. Masha fue de aquí para allá, caminó por todo el bosque, y entonces vio una pequeña choza. Masha llamó a la puerta pero no hubo respuesta, así que la empujó y, ¡sorpresa!, ésta se abrió. Masha entró y se sentó en un banco por la ventana.

—Me pregunto quién vivirá aquí —pensó.

Ahora, en esa cabaña vivía un gran oso que había salido a pasear por el bosque en ese momento. Ya atardecía cuando regresó a casa, y al ver a Masha allí se sintió muy complacido.

—¡Ajá! —dijo—. Ahora nunca te dejaré ir. Vivirás aquí, en mi casa, dócil como un ratón, me cocinarás la cena y el desayuno y serás mi sirviente, leal y fiel.

Masha lloró y se lamentó por largo rato pero nada podía hacer, así que se quedó con el oso y cuidó su casa. Cada día el oso se iba al bosque y, antes de marcharse, le ordenaba a Masha que se quedara en la choza y lo esperara.

—Nunca debes salir sin mí —le decía—, pues si lo haces te atraparé y te comeré.

Así que Masha pensó cómo podría escapar del oso. Todo alrededor no había más que bosque y nadie a quien preguntar cómo salir de allí. Pensó y pensó hasta que supo qué hacer.

Aquel día, cuando el oso regresó del bosque, Masha le dijo:

—Oso, oso, permíteme ir a mi aldea por un día. Quiero llevarle algo bueno de comer a mi abuela y mi abuelo.

—Eso no sucederá —dijo el oso—. Te perderás en el bosque. Pero si me das lo que quieres entregarles yo mismo se los llevaré.

Eso era justo lo que Masha quería escuchar. Horneó unos pasteles, los colocó en un platón y dijo al oso mientras le entregaba una canasta muy grande:

—Pondré los pasteles en la canasta y puedes llevárselos a mis abuelos, pero ten en mente que no deberás abrirla en el camino ni comerte los pasteles. Voy a trepar hasta lo alto del gran roble y vigilaré que no abras la canasta.

—Muy bien —dijo el oso—. Dámela.

El oso salió al porche para cerciorarse que no fuera a llover. Mientras hacía esto, Masha se metió a la canasta y se ocultó bajo los pasteles. El oso regresó y la cesta estaba lista para partir, así que se la colgó y emprendió la marcha. “Tramp-tramp”, caminaba el oso entre los abetos. “Clumpity-clump”, caminaba entre los abedules. Colina arriba y valle abajo siguió su largo y sinuoso sendero, y caminó y caminó. Por fin se cansó y se sentó a descansar.

—Si no descanso los huesos creo que moriré, así que me sentaré en un tocón y comeré un pastel —dijo el oso.

Pero Masha habló desde la cesta:

—¡Te veo, te veo! No te sientes en un tocón ni te comas mi pastel. Llévalo con la abuela y el abuelo, yo te pido.

—Válgame, qué buenos ojos tiene Masha —dijo el oso—. Lo ve todo.

Cogió la canasta y continuó su camino. Se detuvo de nuevo y dijo:

—Si no descanso los huesos creo que moriré, así que me sentaré en un tocón y comeré un pastel.

Pero Masha habló de nuevo desde la cesta:

—¡Te veo, te veo! No te sientes en un tocón ni te comas mi pastel. Llévalo con la abuela y el abuelo, yo te pido.

—Qué niñita tan inteligente es Masha —dijo el oso—. Está sentada en lo alto de un árbol, muy lejos de aquí, pero ve cuanto hago y escucha cuanto digo.

Se levantó y caminó más aprisa que antes. Llegó a la aldea, encontró la casa en donde vivían los abuelos de Masha y llamó a la puerta con toda su fuerza.

—¡Toc, toc! ¡Abran la puerta! —gritaba—. ¡Les he traído algo de parte de Masha! —gritaba.

Pero los perros de la aldea olieron al oso y se abalanzaron sobre él desde todos los patios, gruñendo y ladrando. El oso se asustó, dejó la canasta y corrió cuan rápido le fue posible sin mirar atrás.

Los ancianos acudieron a la puerta y vieron la canasta.

—¿Qué hay en la canasta? —preguntó la mujer.

El anciano levantó la tapa, asomó y no dio crédito a sus ojos: en la canasta se encontraba Masha, sana y salva. Los abuelos se alegraron. Besaron y abrazaron a Masha y señalaron lo inteligente que era, con lo que nuestros lectores seguro estarán de acuerdo.

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