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La mujer por la que abrí Facebook

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 3 de enero de 2017 | 00:00

La conocí una noche de primavera, a pocos días de que iniciara el verano. Bailaba en el Chocolate durante los malos tiempos en que escaseaba el trabajo para las tangueras y, por qué no decirlo, para mí también.

La invité a beber una copa, receloso de que resultara tan desagradable y nefasta como las otras dos que ya se habían sentado y que corrí a los pocos minutos de haber llegado sus tragos. A diferencia de sus predecesoras, su cuerpo delgado aún irradiaba juventud, se movía con cierta desconfianza, como si no supiera lo que hacía o como si ignorase el tipo de encuentros que se sostienen en lugares como aquél. Su rostro, alargado, de ojos claros y pequeños, nariz recta, por el contrario reflejaba serenidad. Imaginé que haría muy poco que trabajaba y que apenas se acostumbraba al ambiente.

Callada pero amable, se sentó sobre mi regazo y aunque no me miraba ni hacía conversación por cuenta propia, su inusual belleza me movió a pedirle una jarra. Mis manos recorrían su abdomen desnudo, en ocasiones me atrevía a introducir uno o dos dedos debajo del resorte de su tanga, ella sin resistirse me dedicaba una sonrisa nerviosa y yo retrocedía. Así estuvimos un rato hasta que llegó la jarra, entonces, envalentonado por la inversión que ya era patente introduje la mano completa bajo su minúscula prenda y acaricié con cuidado sus labios, que pronto se humedecieron.

—¿Te gusta? —inquirí mientras una sonrisa malévola se dibujaba en mi rostro.

Su respuesta fue un gemido apenas audible al tiempo que echaba la cabeza para atrás y cerraba los párpados.

—¿Hace mucho que trabajas aquí? —pregunté al cabo de un momento y mis dedos aceleraron el ritmo de la prolongada caricia.

—Dos meses...

Su voz entrecortada se deformaba por el ruido del lugar.

Me decidí al fin a preguntar su nombre. J...D.... Me dijo que no usaba mote para trabajar porque su nombre real ya era de tanguera, quería estudiar enfermería, tenía una hija de pocos años, vivía con su hermano y su cuñada, gente buena y trabajadora pero de escasos recursos...

Como suelo hacer, le dije que buscaba una muñeca y que ella me resultaba ideal.

—Pero, ¿qué es eso? —interrogó con curiosidad.

—¿Qué es una muñeca? —devolví por respuesta.

—Un juguete.

—Un juguete al que le compras ropa bonita, que llevas a comer helado, que besas en los labios y que te acompaña a la cama por la noche.

—¿Como una novia? —volvió a preguntar.

—Es una forma de verlo. Aunque una novia se siente atraída por su novio. ¿Yo te atraigo?

—Eres buena onda.

Forcé una carcajada y la besé.

—Yo a mis muñecas, además de comprarles ropa y helado, les doy dinero.

—Entonces quiero ser tu muñeca.

A partir de entonces iba a mi departamento, veíamos una película, la besaba y entre murmullos le hacía el amor, dichoso de haber encontrado un juguete a mi medida. Al otro día, cuando la dejaba partir a su casa, nos escribíamos mensajes hasta que alguno se aburría y entonces esperábamos el amanecer siguiente para volver a hablar.

Su número de teléfono cambiaba constantemente, pero siempre tenía la delicadeza de notificarme el nuevo. Su hija, tan traviesa como adorable, tenía la desafortunada inclinación de comerse los chips cuando le dejaban jugar con el aparato.

Varios meses fuimos, a mi parecer, una pareja feliz y satisfecha, hasta que un día dejó de responder los mensajes y de contestar las llamadas. Estaba desempleado, pero fiel a mi palabra, iba a darle una suma considerable y había elegido un día de verano para entregárselo, a mis ojos ella ya no era mi muñeca, sino mi novia.

Intenté localizarla por cuantos medios estuvieron a mi alcance, incluso volví al Chocolate a preguntar por ella, pero era en vano. Se había esfumado y yo culpaba a la abyecta pobreza que me había impedido retenerla, porque ¿quién quiere quedarse al lado de un hombre que no puede pagar semejante compañía?

Meses después encontré trabajo, volví a ganar lo necesario para retomar mi vida disoluta, me hice de varias muñecas a la vez, pero en secreto solo anhelaba encontrarme con J...D....

Un día recordé que ella, como muchas otras niñas bonitas tenía un perfil de Facebook, así que me decidí a abrir una cuenta y buscarla. Tras varios intentos infructuosos, una fotografía llamó mi atención: vestida de blanco frente a unos árboles de Fundidora, estaba ella. Su nombre era otro, pero la imagen no mentía, era mi J...D..., mi muñequita, mi novia. ¡La había encontrado!

Sin perder el tiempo le envié una solicitud de amistad y en continente le escribí un mensaje.

Luego de un par de días, en la oficina, me decidí a revisar si había respondido. Para mi sorpresa, aunque no había aceptado mi solicitud, había contestado preguntando quién era yo. Procedí a relatarle nuestro primer encuentro en el congal, nuestra conversación sobre las muñecas, las noches en mi departamento, los cambios de número. ¡Se acordaba! ¡Se acordaba de todo! Menos de mí. Consternado le envié una fotografía mía, con la esperanza de que eso terminara de convencerla de mi identidad y la animara a continuar el idilio que dejamos a medias.

«Ya me acordé», decía su mensaje.

«¿Cuándo nos vemos?», escribí yo.

«No c tu dime», respondió al día siguiente.

«Este sábado. Vayamos por helado y por una copa y después a mi departamento», propuse.

Al día siguiente no encontré respuesta. Ni al siguiente. Ni tampoco al siguiente.

Le escribí de nuevo preguntando si todo estaba bien, pero nuevamente imperó el silencio.

Dolido, desilusionado, acaso también furioso, dejé de escribirle.

Visito a diario su perfil, para verla tan hermosa como aquella noche de primavera, para alimentarme del brillo de sus ojos claros y pequeños, para imaginar que esa foto la he tomado yo un día que decidimos ir a comer helado y a pasear por Fundidora.

Me pregunto por qué no quiso más ser mi novia.

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