Siempre
me daba miedo escuchar esas historias. Era algo común cuando visitaba esa casa.
A pichón le gustaba mucho, pero a mí
me daba todo el miedo del mundo. Él era
un hombre a quién siempre vi grande, con esas gafas oscuras que le cubrían un
temor. Sí, esos lentes no sólo le cubrían los ojos, le tapaban el miedo de ser descubierto , de que a través de ellos se colara la huella que le quedó en el ojo después de un accidente. De escaso
cabello rizado y suéteres psicodélicos, escandaloso, bueno y malo: nostálgico, así lo recuerdo yo.
Era una niña de apenas ocho años cuando esta memoria comenzó a construirse. Recuerdo que Él siempre ponía esas historias macabras en un estéreo Phillips, de
esos que lo tenían todo: consola para vinilos, dos cajas para cassette, radio am y fm y hasta una rendija
misteriosa donde se podía conectar un micrófono. En fin, era una de esas maravillas que ya no se ven ahora. El tiempo
ha pasado.
“La
mano peluda” era lo que ponía en ese estéreo que parecía un robot, compraba una
bolsa de cacahuates enchilados y los llenaba de medio litro de salsa valentina
–sangre de la alianza nueva y eterna mexicana -, jugo de limón y chiles verdes
rebanados, era como un ritual para el miedo, estomacal.
De todas las historias que escuché cuando pichón ponía la radio a todo volumen,
hay dos que nunca voy a olvidar. Una tenía que ver con un árbol que se quejaba,
como que algo se le había quedado adentro, pero a mí me ponía mal porque en
esa casa había un enorme árbol de higos al que no me le pude acercar en mucho
tiempo por temor a que me hablara. Lo soñé tres noches seguidas, pero el árbol
no se quejaba, me pedía cacahuates con salsavalentina.
La
otra historia era sobre un señor que le
había quitado a un perro esa tela que tienen en los ojos. El tipo se la puso y
¡saz! vio cosas horrorosas que no pudo
soportar y entonces le dio un infarto. No sé si era mi carácter aprehensivo o qué pasó,
pero cada que estaba cerca de un perro me daban ganas de intentarlo. Nunca lo
hice.
Ahora
que el tiempo ha pasado y sé que los árboles no hablan y que con los ojos de
los perros es mejor no meterse, me doy cuenta de algo. En esos días de inocente infancia aprendí algo que se volvería fundamental para mi vida: escuchar. Ese programa de radio tan popular, tan
esotérico y excéntrico, de historias clasemedieras bien mexicanas, me enseñó a
poner atención, me ayudó a imaginar, a dibujar con neuronas un mundo de miedos
que me atraía y repelía al mismo tiempo.Y desde ese tiempo escuchar es un ritual para mí, inundarme de acentos, de frases, de mañas, de defectos al hablar, de conocer palabras que se me enredan en la lengua y la tranquilidad que te da una voz, la compañía. Ahora que lo pienso, creo que las
personas ya no sabemos escuchar, estamos sumergidas en una vorágine de imágenes
y estereotipos sobre cómo debemos vernos a nosotros mismos y cómo tenemos que
ver a los demás, a las cosas, a los planes, a los otros y eso nos hace sordos frente a un mundo en el que las palabras se revuelven con los ruidos porque tienen algo que decirnos.
El mundo se está yendo al carajo mientras yo
escribo esto, la gente seguirá sorda y ciega, y a veces muda por temor a decir lo que traen atorado en la garganta, pero creo que hay una esperanza porque allí, en la intimidad de la radio, en la simpleza del
sonido, en la desnudez de la voz, podemos aprender a callarnos y escuchar, a
dejar de ver, a cerrar los ojos para que, paradójicamente, podamos ver más allá
de nuestras propias narices.
Aún
me acuerdo del miedo que me daba, de pichón
y su ritual, del olor a salsa y cacahuates, del ruido que se le metía a la
radio, de las llamadas de la gente diciendo: conversé con una muerta. Me
acuerdo de mis ojos bien abiertos como si con ellos pudiera escuchar, de la
simpleza de las cosas y de los días, los días de radio.
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