La caja

Escrito de María Mañogil Feliciano publicado el lunes, 5 de diciembre de 2016 | 00:00

Texto cedido por la revista Cinco Centros @CincoCentros

“…al andar se hace el camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.”
Antonio Machado

Recordando los versos del poeta, entiendo que la senda no puede volver a pisarse, no porque haya que olvidar que fue parte del camino que recorrimos, sino porque ya no nos pertenece; nos perteneció mientras nuestros pies estaban pisando el pedazo de tierra que había en ella.

Volver la vista atrás es lo más sensato que he leído en mi vida a pesar de que siempre se han empeñado en convencerme de lo contrario.

Tal vez yo no entienda el poema como el resto del mundo, pero mi interpretación es tan válida como la de cualquiera si tenemos en cuenta que todos leemos lo que está escrito, pero entendemos lo que nos conviene. Y a mí me conviene entenderlo así.

Hoy he abierto una caja, una caja invisible llena de cosas de mi pasado. Dicen que el pasado duele, pero yo creo que duele más ocultarlo o hacer como que nunca existió o dejarlo pudrirse por cada rincón e intentar olvidarse de que algún día ese fue el único presente que conocimos y la base donde construimos, o por lo menos lo intentamos, todos nuestros sueños a los que entonces llamábamos futuro. Ese futuro es hoy, el resultado de lo que fermentó en el interior de esa caja.

El presente existe por un breve espacio de tiempo que ni somos capaces de percibir. La palabra que acabo de escribir formará parte de mi pasado en el mismo instante en que empiece a escribir la siguiente. Y todo cuanto haya escrito pasará a ser también pasado en cuanto ponga el punto y final que cerrará uno de los millones de capítulos que hoy componen mi vida.

El futuro tampoco existe; es una ilusión óptica que vemos a lo lejos gracias a la falsa percepción que tenemos del tiempo. El futuro no es más que el paso que estamos a punto de dar y que se convertirá en presente en el momento en que pongamos un pie delante del otro y lo apoyemos en el suelo, quedando la huella de ese paso grabada en la tierra que pisemos y que el viento, el agua o los pasos de otras personas se encargarán de ocultar. Entonces miraremos atrás y sólo veremos esa huella que formará ya también parte de nuestro pasado. Cuando volvamos a a ese lugar, nuestra huella habrá desaparecido de nuestro campo de visión, mas no de la tierra, ya que quedará grabada para siempre, aplastada por los pasos que hayan dado sobre ella otros seres, roída por la caricia áspera del agua o dañada y oxidada por el aire. Pero allí seguirá aunque sea invisible, porque nada desaparece.

No somos más que huellas. Las huellas que vamos dejando a nuestro paso.

En mi caja, en la que guardo tantas cosas, he encontrado algunas que pretendían ser regalos y que nunca fueron abiertos. Algunos devueltos intactos por los destinatarios, otros ni siquiera enviados. Cada una de esas cosas sigue ahí, ignorante del paso del tiempo, ese tiempo inventado y medido a golpes de reloj, de calendarios y de cambios de estación. Ese tiempo que yo creí gastar en tratar de entregar mis regalos a quienes no los supieron valorar.

Ahora sé que nada se gasta y que nada tiene más valor que el que le quiera dar quien lo entrega, no quien lo recibe. Nada es inútil porque todo deja una huella en algún lugar, aunque sea sobre el agua.

Hoy he sacudido el polvo de cada uno de esos regalos y los he desenvuelto con cuidado, comprobando que siguen tal y como los guardé: con una marca inequívoca que yo entendí siempre como desprecio y que hoy se ha transformado en la ignorancia más absoluta porque nadie más se percató de que estaban ahí, sólo yo. Pasó desapercibida una parte de mí ante el resto del mundo y lloré por eso, pero aquí sigue, en el interior de lo único que de verdad siento mío: mi pasado. El pasado que tanta gente se empeña en borrar siendo como es imborrable. De eso que se llena la boca el mundo con frases insultantes y homenajeando en su lugar al misterioso futuro que nadie conoce ni conocerá más que en los sueños.

Los recuerdos son lo único, si tenemos la suerte de no perder, que nos acompañará hasta el día de nuestra muerte cuando nos quedemos solos frente a ella y ya no haya nada que soñar ni que esperar.

Yo vivo con mis recuerdos y no tengo intención de dejar de hacerlo porque sin ellos no tendría nada más que lo que tenía cuando salí desnuda del vientre de mi madre: el llanto de una recién nacida y el instinto de succión para poder sobrevivir. ¿Futuro? Ninguno salvo el que mis padres creían, equivocados o no, poder darme, ya que yo no era consciente ni del aire que respiraba. O quizás sí y mi memoria no alcance a recordar.

El futuro es la ilusión que inventamos para seguir caminando hacia adelante, pero nos olvidamos de que la huella, visible o invisible, que dejamos grabada en el asfalto, en la hierba o en la arena, es todo cuanto somos y la única prueba de que estuvimos allí.

El presente se desvanece en cuanto lo tocamos y el futuro no llegará nunca porque al ser un espejismo también se desvanecerá. No importa lo que intenten hacernos creer o lo que inventemos día tras día hablando de dejar el pasado atrás. El pasado siempre se queda atrás, pero es lo único que podemos llamar nuestro. Todo lo que vemos cuando miramos hacia adelante no es más que el pasado de otros, las huellas de otros, el camino de otros… Si algo de lo que vemos parece nuestro, es lo que imaginamos que será sin aún serlo.

Quizás no entendemos que dejar el pasado atrás no es olvidarlo y por eso pensamos que quien se aferra a él vive sumido en una tristeza profunda y se está condenando a no avanzar, pero la realidad es que tratar de eliminar la base donde nos apoyamos para poder caminar es lo que de verdad nos condena a caer al vacío. Sin pasado no existimos y yo sigo atada a él porque quiero seguir existiendo.

Mis sueños seguirán siendo lo que vea cada mañana a lo lejos cuando despierte y caminaré hacia ellos aun sabiéndolos espejismos porque tampoco quiero dejar de soñar. Luego miraré hacia atrás y veré las huellas de mis pies antes de que para mis ojos se hagan invisibles y sabré que pasé por ahí, que de alguna manera formé parte del mundo y que el espacio que pisé me perteneció por un instante aunque ese instante acabe siendo un regalo envuelto en el interior de una caja vieja.

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