Fábula davilesca No. 1

Escrito de E.J. Valdés publicado el miércoles, 3 de agosto de 2016 | 00:00

Caminaban el profesor Dávila y su pupilo, el niño Enrique, por la calle 3 Poniente cuando, en la acera opuesta, divisaron a un anciano que, lento, arrastraba los pies y cogía impulso para andar apoyando las dos manos en su bastón. Entonces el niño Enrique tiró de la manga de su mentor y con tierna voz le preguntó:

—Profesor, ¿por qué ha de pagar la vida al hombre sus años de esfuerzo y sacrificio con la carga de la vejez?

El profesor Dávila, conmovido por su inocente interrogante, le respondió:

—¿Por qué ha de interpretarse, Enrique, la vejez como algo malo? Las canas y las arrugas no vienen así nada más; se las gana. Y, por si fuera poco, el hechizo de la vejez retrocederá ante los estímulos adecuados.

—¿De verdad, profesor?

—Sí. Anda, dame una hoja de tu cuaderno y te lo mostraré.

El niño Enrique, siempre obediente, siempre curioso, sacó su cuaderno de la mochila, arrancó una hoja del espiral y la entregó al profesor, quien comenzó a doblarla con pericia hasta hacer con ella un avioncito de papel.

—Presta atención —dijo, y lo arrojó por los aires.

La figura voló, liviana, por encima del arroyo vehicular y fue a impactarse contra el hombro del anciano. Éste, confundido, miró al profesor y su pupilo.

—Vamos, señor —dijo el profesor—, usted sabe que quiere arrojarlo de vuelta.

El hombre titubeó pero, al cabo de un instante, respondió con una sonrisa:

—¡Par de bribones! Yo les enseñaré cómo se arroja un avión de papel.

El niño Enrique vio, maravillado, cómo el anciano, antes presa de un triste letargo, se agachaba para coger el improvisado juguete y, con los dedos, le enderezaba la punta y añadía otro par de dobleces a las alas. De pronto era como si se hubiese sacudido el cansancio de los hombros, e incluso le pareció al joven aprendiz que, por un instante, ese arrugado rostro había dado paso al de un chiquillo travieso.

—¡Allá va!

El anciano arrojó el avioncito con fuerza y éste ascendió, grácil, a una mayor altura de la que consiguiera el profesor Dávila, y planeó tan estable que entró por una ventana abierta en un segundo piso. Un instante después una mujer gritó desde adentro:

—¡Quién carajos está aventando papeles!

Entonces el anciano puso la cara de un diablillo al que pescaban con las manos en la masa y echó a correr. El niño Enrique no daba crédito: ese hombre, que apenas podía caminar dos minutos atrás, daba tremendas zancadas en pos de la esquina y tenía el bastón de sobra.

—¡Guau! ¿Vio eso, profesor?

—Claro que sí. Recuerda siempre, querido pupilo, que las mentes más brillantes se ocultan bajo cabelleras blancas y que toda faz surcada por la edad fue alguna vez tersa como la piel de un melocotón.


El niño Enrique asintió, convencido. Sus grandes ojos negros, como de venado, brillaban alegres. Maestro y alumno intercambiaron una sonrisa y luego siguieron su camino.
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