Vade retro, Satana

Escrito de Tuzo Pillo publicado el viernes, 8 de julio de 2016 | 00:00

Desde que comencé con la tesis, y para comprender mejor el tema del Anticristo, me propuse buscar documentos confiables que versaran al respecto y, por supuesto, tuvieran relación con el tema del demonio. A la postre, mis pesquisas me llevaron a la obra del padre Fortea: Summa Daemoniaca y también a su Exorcística, volúmenes apasionantes sin duda y con los que he tenido mucho contento. Ahora, con motivo de otro documento que nada tiene que ver con la tesis, di con un libro llamado La producción de sentido de Babolin. Fenomenal trabajo sobre la filosofía de la cultura y los retos a que se enfrenta la humanidad contemporánea.

Al buscar algo más sobre el autor, Sante Babolin, me sorprendió agradablemente descubrir que también es sacerdote y exorcista. Uno de los casos que se encuentran por la red, se refiere a la devoción guadalupana del padre, que una vez tuvo que luchar contra el demonio en México.

Quien me conoce también conoce mi cruzada contra ateos, paganos y herejes, lo que invariablemente se traduce en una eterna guerra contra Satanás, pese a que no soy ni podré ser ordenado. Apunto esto porque justo después de esta hermosa revelación, que otro gran autor sea a la vez un valeroso soldado de Cristo, me topé (¡cómo no iba a ser!) con el texto de uno de tantos anticristos que pueblan este mundo, un libraco llamado El espejismo de Dios del diabólico Richard Dawkins, un hombre tan lejano a la ciencia como a la humanidad en sí misma. Su panfleto busca destruir el componente más humano del hombre, es decir, su tendencia a la religión.

Con la soberbia característica de un dogmático ateo, Dawkins dedica varias partes de su libro a convencer de que la duda sistemática no es un dogma (¿pero hay que dudar sistemáticamente sí o sí? ¡Menuda forma de proponer que no se es dogmático!), que la religión hace daño, pese a que reconoce que es un fenómeno presente doquiera que se encuentre una sociedad humana, y en suma que hay que ser un ateo orgulloso (por lo mismo, dogmático, prejuicioso pero sobre todo, jactarse de que se conoce un nivel superior de realidad, justo como cualquier fanático teísta).

Es un panfleto que no busca despertar una sana conciencia, por más que sus palabras cuidadosamente pretenden venderlo así, puesto que en realidad no promueve reflexión en el hombre desde su humanidad, sino que persigue la destrucción de los aspectos espirituales del ser humano reduciéndolo a una simple materialidad biológica. Como es obvio, aborrece a filósofos, historiadores y otra suerte de humanistas, porque es claro que sus argumentos materialistas no pueden sino cerrarse a sí mismos toda posibilidad de aproximarse a una comprensión más plena del hombre.

Dicho de otro modo, es capaz de comentar el fenómeno biológico, pero es incapaz de dar al hecho humano el lugar que le corresponde, sencillamente porque su visión acaba en la vacuidad organicista. El espejismo, en realidad, es la pasmosa funcionalidad con que asume su ateísmo recalcitrante.

En este punto, y a propósito de los libros de exorcística, pienso que más allá de intentar dar pruebas infalibles sobre la existencia de Dios (ya el asunto de las pruebas que la ciencia acepta es otra muestra de dogmatismo positivista), pienso que los motivos de la religión y, por lo mismo, de la esencia teológica que conduce al conocimiento de Dios no necesita estar en la artificialidad del método científico, que como cualquier otra forma del quehacer humano es tan manipulable y falible como el pensamiento al que busca oponérsele. Ni siquiera es un asunto de moralidad, aunque podría parecerlo.

No es que Dios o la religión sean necesarios para la existencia del bien o para que el hombre sea bueno, es que el ateo no es bueno, en general. Si se tratara de una simple elección, como pretenden que se transformen los otros sistemas de creencias, el caso estaría zanjado. Pero el ateo es panfletario, porque su sistema, como los otros, exige el común acuerdo y busca imponerse con violencia, opresión e intolerancia. El ateo no conoce el respeto por la humanidad porque la odia, execra sus formas más prístinas y también las más edificantes porque o no las entiende o está tan inconforme con su condición que busca destruir la plenitud ajena. Asimismo, por más que se busque justificar su escepticismo (que no es lo mismo ser escéptico que ateo), recurre siempre a un esquema de aparente infalibilidad que se cae cuando se le cuestionan los aspectos inmateriales. Ateos como Dawkins pretenden que lo cultural, lo filosófico, lo espiritual no es sino consecuencia organicista y, cuando el centro del dogma no es la ciencia (que en sí misma es también parte fundamental de lo que nos hace humanos), lo es la duda sistemática, que no recae sobre sí misma: hay que cuestionarlo todo, ¿y por qué? ¿Por qué no es tolerable cuestionar al cuestionamiento mismo y a las respuestas subsecuentes? La respuesta es obvia, porque el sistema se cae y porque el ateo, así como el que no lo es, no quiere plantearse el conflicto para sí, sino que quiere obligar al otro a que se autoconflictúe. Ahí reside la maldad: no es concienciación ni reflexión, es un intento por exterminar la libertad de elegir un sistema de creencias que permita al ser humano alcanzar su plenitud como ser harto más complejo que el espejismo organicista.

Antropológicamente yo prefiero la plenitud que me confiere la religión, que parte de una base de verdad, en lugar de la frustración constante de la nada a que se condena el materialismo ateo. Al final se aborrece al hombre, si se niega que exista un Dios, pues esto implica que es el hombre mismo quien ha creado las religiones y es el hombre quien las ha utilizado para destruir. El mismo ateo es un hombre que intenta destruir la obra de su propia especie, en tal caso. Por lo que odiar a la humanidad es su principal motivo. Mi conclusión es que prefiero amar a Dios que odiar al hombre, dado que al final el verdadero espejismo de Dios es el que nos impide verlo ahí.

Por último solo quiero hacer constar que el Humanismo es tan superior a la ciencia dura, que ésta ha tenido que recogerse entre las estructuras fundamentales de aquél para seguir existiendo. Los científicos más genuinos son meramente teóricos y sus trabajos no son sino filosofía y teología puras.

El reto está en aprender a convivir todos, entre tanto: ¡Vade retro, Satana!, que tu organicismo será tu propio veneno.

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