Los hombres sin fin

Escrito de Enid Adriana Carrillo Moedano publicado el miércoles, 22 de junio de 2016 | 00:00

Con cariño para las 300 entradas de Pillaje Cibernético que se ha convertido en un buen lienzo para llenar con palabras.




Hoy Dang celebra otro año de vida. Su corazón es tan viejo que está arrugado como una pasa, sus uñas parecen pedazos de roca incrustados en los dedos, el pelo se le ha hecho tan grueso que es imposible peinarlo, tocarlo duele. Los ojos se le han hundido un poco, están tan adentro de sus cuencas que apenas y puede distinguirse su color y su brillo. Algo en su respiración resulta doloroso, parece que la fisonomía de los hombres aún no se acostumbra a tanta vejez.

Hace justo tres siglos a los hombres se les concedió la eternidad. Habían luchado tanto por conseguirla, inventaron medicinas, pócimas que combatían al tiempo y sus males, intervenían sus cuerpos para ser siempre jóvenes, cambiaban el color de sus ojos y sus cabellos, descubrieron cómo transformar sus cuerpos y prevenir la reproducción. Cada vez eran menos ellos y cada vez estaban más solos.

Dios se cansó de verlos luchar y decidió devolverles el tiempo en su estado más puro: el infinito. Los humanos celebraron emocionados durante días y noches aquella victoria; salieron a las calles a bailar y gritarle al viento que eran eternos. En todo el mundo se vieron demostraciones hedonistas y absurdas sobre este nuevo privilegio, no conocían el lado oscuro de lo que celebraban. Se sintieron la generación más privilegiada en la historia de los hombres, pero pronto se cansaron. 

No había forma de morir, los cuerpos humanos podían ser lastimados, podían envejecer con lentitud, ser mutilados; sangraban y dolían, pero nunca morirían. Por ejemplo, si un humano era herido por una bala, la herida sanaría cualquiera que fuera la parte lastimada, las cicatrices siguieron existiendo aunque la piel se hiciera cada vez más gruesa, como de un reptil; pasaba lo mismo si se les cortaba la cabeza o una extremidad, las personas siempre sobrevivían porque se les había concedido la eternidad.

El día de aquel festín en el que los hombres celebraron su inmortalidad, nació Dang. Hijo de trabajadores de una fábrica de telas en Vietnam. Fue el primer niño nacido bajo el nuevo privilegio de la humanidad, este suceso fue noticia mundial, apareció en todos los canales de televisión y los portales de internet peleaban por tener la exclusiva. «Dang, el niño que nació con la eternidad» decían en todas partes.

Había sido un niño sano que pronto comenzó a hacer todo lo que para un recién nacido estuvo destinado durante siglos en este planeta: aprender a caminar, a hablar, a correr, a conocer su cuerpo con sus dolores y placeres. Cuando aprendió a leer se enteró de lo que era la muerte. ¿Y qué era la muerte? Nada más que una palabra que estaba en el diccionario entre las palabras muerde y muerto. El niño eterno se entristeció mucho al pensar que él nunca moriría. Contrario a lo que todos pensaban, él estaba triste, la idea de vivir para siempre le daba un terror que le retorcía el cuerpo.  

La vida le fue pasando de a poco, sin prisas. Descubrió un abanico de emociones que se le presentaban como una novedad en la vida. Aprendió otros idiomas y descubrió que en su lengua natal no se puede decir «Te amo», pues el vietnamita utiliza pronombres en donde el amor se expresa en tercera persona. «Dang te ama ti». El niño que viviría para siempre no tenía permitido expresar aquella calcinante emoción que era el amor por el otro.

 La vejez se estacionó en el cuerpo de Dang mientras se cansaba de contemplar al mundo que era siempre el mismo. El planeta estaba lleno de un desorden incomprensible, todas las ambiciones de los humanos se habían derrumbado porque siempre habría tiempo para intentarlo. La mente de todos se hizo más lenta, el tedio y la locura abrasaron al mundo lentamente.

Han pasado trescientos años por el cuerpo y el alma de Dang, que no puede decir «Te amo». Hoy, el niño que nació con la eternidad quiere morir. Lleva noches mirando la bóveda de su casa pensando en la inmensidad del tiempo y del universo. Está cansado, aterrorizado por la idea de ser un viejo eterno con una debilidad que lo paraliza y lo tiene hecho un fardo. Para siempre un costal inútil de huesos de arena. En los cajones de su cabeza buscó aquella palabra que le da consuelo cuando la lee: m-u-e-r-t-e.

¿Cómo conseguirlo? ¿Cómo terminar con lo interminable? Desde hace tiempo Dang descubrió en una caja un reloj, lo tiene guardado en una lata en la cocina, con la esperanza de que cese su tic tac y con él esta vida eterna que le duele cada día. Sabe que hay muchos que piensan como él, muchas personas en cada rincón del mundo que tienen ganas del final. Dang ha buscado al hombre que hizo el trato con Dios, para pedirle que  deshaga el maleficio del infinito, pero ha descubierto algo horroroso: ese hombre fue la última persona en la tierra en morir. Nos entregó a todos, pero se salvó él.


El mundo está paralizado. «Se registra en Vietnam la primera muerte en trescientos años» rezan los titulares de todo el planeta: Dang, el niño que nació con la eternidad ha muerto. Fue fácil. Después de que Dios le devolvió el tiempo a los hombres, nadie, nunca volvió a decir nada en su contra, éstos se habían arrepentido de su incredulidad y temerosos del poder supremo se dedicaron a acallar y regocijarse en su eternidad, hasta ese día en el que este viejo se hartó de la vida y vociferó e insultó a Dios con todas las  palabras hirientes y desgarradoras que guardó en su cabeza durante trescientos años. Al final de la vida, nos salvó la palabra.

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