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Étymos ✏︎ trescientos

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 21 de junio de 2016 | 00:00

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¡Estamos celebrando ya trescientas entradas! ¿No es increíble? Sin duda ha sido un camino largo y laborioso y qué mejor manera de festejarlo que comprendiendo el fascinante origen de la palabra que da nombre a este número tan espectacular. Así que, caro auditorio, preparad vuestras antiparras y aprestad el diccionario porque el día de hoy desvelaremos la verdadera etimología de:

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||t |||r |||e |||s |||c |||i |||e |||n |||t |||o |||s ||
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Como seguramente sospecháis, se trata de un nombre heredado del latín. Habrá por ahí graciosos que sin pensárselo mucho aseverarán que es la conjunción de tres y cientos, como indicando que la cantidad de cosas que se cuenta suma en total tres centenas. No obstante, esta lógica tan pueril y pusilánime, que aplica a la perfección a lenguas que no son lenguas, como el inglés, el catalán o lo que sea que se rebuzne en cualquier parte del mundo donde no se habla español, aquí no aplica. ¿Cómo va a aplicar? El español es una lengua romance, la más antigua y noble de las que pueda haber bajo tan conspicuo título; en español es al pan “pan” y al vino “vino”. Así que no os debe turbar el pensamiento la sarta de gilipolleces que se inventan por ahí aficionados que no tienen ni idea. No, trescientos viene del latín trecenti (/trre·kén·ti/ en buena fabla de antaño), que de inmediato notaréis nos recuerda a otra palabra: céntimos.

¡Está muy claro! Los romanos ya habían inventado la unidad monetaria mínima constitutiva del euro hace más de veinte siglos. De modo que en la Antigüedad, cuando alguno lo pasaba mal a causa del calor veraniego y necesitaban comprarse un refresco frío —¡cómo de bien estaba la economía en aquel entonces, madre mía!— pues por lo general, si no traía calderilla, pedía tres céntimos, que era lo que costaban los refrescos en aquel entonces. Y se solían pedir de la manera siguiente: «Thie, tradesne tre centi?» (es decir, «¿traes tres céntimos, tío?»).

Refresqueros romanos en verano escanciando su producto a los clientes que han pagado ya.

Hasta aquí todo muy clarito. Pero, ¿cómo pasaron los tres céntimos a convertirse en trescientos? Bueno, la cosa no es tan sencilla. Algunos autores afirman que viene a resumirse en el hecho de que cien denarios eran un céntimo, de modo que tres céntimos serían trescientos denarios, aunque se duda de la veracidad de estas afirmaciones porque no quedan muy claras las tasas de cambio de la época y las casas de divisas parecen haber surgido algún tiempo después. Por otra parte, hay quien afirma que como cien céntimos son un euro, pues tres céntimos se terminaron asociando con las centenas sin más (y es de notar que cien, céntimo y centena pertenecen a la misma familia etimológica).

Moneda de tres céntimos o trecenti.

Pero lo anterior son meras elucubraciones de principiantes. En mi más reciente visita a la Bibliotheca Latina (nótese que solamente acceden latinistas porque se escribe con te hache), tuve la oportunidad de hallar un texto bastante deturpado, de un autor identificado como Cleto Sempronio, que traducido al español dice así:
Fuime al lupanar más próximo y allí una esclava mía, que había escapado durante las fiestas de Telus, se encontraba cobrando el acceso por orden del leno, que hacía días estaba en cama y no podía regentar por algo que luego se dirá. Le dije entonces a mi esclava que si ahí la trataban mejor que en mi casa; primero, con mucha convicción, aseguró que sí, pero interrogué de nuevo y de nuevo hasta que vino a reconocer que no. Pregunté entonces el motivo y dijo ella que en semejante antro tenía que servir a su nuevo amo, a los putañeros y a las otras lobas y todo para recibir a cambio trecenti azotes si alguna vez derramaba un poco de vino, con lo que me holgué pingüemente al ver cuánto sufría la miserable malagradecida.
Podría traducirse la parte señalada por «tres céntimos de azotes», sin mucho sentido porque, aunque ya desde entonces se cobrara en los burdeles por realizar prácticas de BDSM, con seguridad serían tan caras como lo son hoy, y ya quedó asentado que eso sería cuando mucho el precio por un refresco frío que se daría a los clientes, no a las meretrices. Lo que revela este texto, sin embargo, es que la palabra latina valía tanto por la cantidad de céntimos estipulada como por las tres centenas. Durante el siglo XVIII, algunos puristas exigirían agregar a la palabra la ese intermedia, de manera que no se confundiesen los tres céntimos (trecenti) con los trescientos (trescenti). Y he ahí la historia de la palabra.

¡Ahora ya sabes algo nuevo!
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