Der junge Borges

Escrito de E.J. Valdés publicado el miércoles, 29 de junio de 2016 | 00:00

Para horror del administrador de este blog, cuando empecé a componer cuentos lo hice en inglés y, de hecho, era mi intención desarrollar una carrera como escritor en esa lengua, seguro de que así mis textos llegarían a más lectores y a mercados donde la gente lee mucho más y se toma la literatura más en serio. Un puñado de conocidos recordará eso, así como el hecho de que tuve un blog escrito por entero en la lengua anglosajona, la cual comencé a estudiar tan pronto fui capaz de hablar español y para la cual creo ser bastante apto. Qué estúpida decisión la mía, ¿no? En mi defensa diré que era joven y que el rock y los videojuegos tenían mucha más influencia sobre mí de la que tienen ahora, y que fue gracias a observaciones personales y de terceros que me di cuenta que redactaba mucho mejor en mi lengua materna que en inglés, y desde entonces escribo en español, lengua que, con la gracia de Dios, en unos años será la más hablada del mundo (don Carlos I sonreiría complacido). Pero eso no quiere decir que ahora desprecie el inglés que mi madre se esmeró tanto en enseñarme: quienes me leen saben que en años recientes me he dedicado, entre otras cosas, a realizar traducciones de textos muy selectos para que los tengamos disponibles en nuestro idioma; textos a los que antes no tenían acceso quienes no estaban muy versados en la lengua de Shakespeare.

Pero de un tiempo para acá siento una gran atracción por un idioma un tanto menos accesible para el hispanohablante: el alemán. ¿Qué me ha fascinado tanto de él? No estoy seguro, pero ahora que lo he estudiado (muy poco a poco) he encontrado en él un reto que se me antoja tan emocionante como armar un rompecabezas y, a la vez, tan lógico. Y eso me agrada sobremanera. Ha poco me enteré, gracias a los contenidos que comparte el Centro Alemán de Información para Latinoamérica, que Jorge Luis Borges también tenía cierta afinidad por la lengua germana, tal como lo plasmó en este poema que apareció en su libro de 1972 El oro de los tigres, y que me ha hecho sonreír con cierta complicidad.

Al idioma alemán

Mi destino es la lengua castellana,
el bronce de Francisco de Quevedo,
pero en la lenta noche caminada,
me exaltan otras músicas más íntimas.
Alguna me fue dada por la sangre-
Oh voz de Shakespeare y de la Escritura-,
otras por el azar, que es dadivoso,
pero a ti, dulce lengua de Alemania,
te he elegido y buscado, solitario.
A través de vigilias y gramáticas,
de la jungla de las declinaciones,
del diccionario, que no acierta nunca
con el matiz preciso, fui acercándome.
Mis noches están llenas de Virgilio,
dije una vez; también pude haber dicho
de Hölderlin y de Angelus Silesius.
Heine me dio sus altos ruiseñores;
Goethe, la suerte de un amor tardío,
a la vez indulgente y mercenario;
Keller, la rosa que una mano deja
en la mano de un muerto que la amaba
y que nunca sabrá si es blanca o roja.
Tú, lengua de Alemania, eres tu obra
capital: el amor entrelazado
de las voces compuestas, las vocales
abiertas, los sonidos que permiten
el estudioso hexámetro del griego
y tu rumor de selvas y de noches.
Te tuve alguna vez. Hoy, en la linde
de los años cansados, te diviso
lejana como el álgebra y la luna.




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