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La danza de los espejos

Escrito de Enid Adriana Carrillo Moedano publicado el lunes, 21 de marzo de 2016 | 22:56



La soledad no le va muy bien. Le da por pensar en todas esas cosas que siempre intenta evitar, pero hoy, con la lluvia  no le viene en gana profundizar, ni cuestionarse sobre ser, o no ser, o ser a medias o  ser lo que es o lo que se elige ser.  Ha elegido antes y es feliz con eso. Hay gente que no tiene miedo, Ella.
Ha sabido elegir lo que le piden sus vertebras, más allá de la incertidumbre, de las venerables creencias de la gente, de la propia duda que le arañó la garganta durante tanto tiempo. Esta es la prerrogativa de la vida que eligió, de esos embrujos corporales que vive con una suerte de reflejo de amar lo mismo que se es.
Y allí está, su espejo. Lo que son, sin querer ser algo más, sin necesidades creadas o absurdas. Espejo, donde todo está siempre en el mismo lugar. Las formas de su vientre, las curvas traviesas que se le escapan entre la piel, que se desbordan y pueden dibujarse con las manos, el mismo entendimiento tomando forma de mujer. Eso disfrutaban en el juego del espejo, recorrerse el cuerpo y no ver absolutamente nada ajeno, lugar común. Entonces tenían una posibilidad engendrada en libertad: usar el cuerpo de formas que nadie puede imaginar.
Y así comienza la danza, su ritual. Ritual de carne y de huesos, de salivas y brebajes corporales, hirvientes, poderosos, oníricos. No hay peligros ancestrales ni rituales de fecundación, los amores entre espejos tienen otra denominación. Y entonces se bailan los ritmos prohibidos, egocéntricos, desagradecidos, egoístas. Igualdad.
Sus cuerpos son serpientes de cristal que comparten los mismos venenos, esos que no tienen nombre porque nadie sabe cómo llamarlos. Enredo desafiante que invita a la creatividad y en donde bailan los espejos, a ese ritmo erótico que ha logrado apagar la lluvia y los pensamientos sobre ser.
Volvamos a la estructura.
La soledad no le va muy bien. Le da por pensar en todas esas cosas que siempre intenta evitar, pero hoy, con la danza de los espejos se ha logrado calmar su cabeza. Y está allí, en ese mismo cuarto enamorado de sus propios reflejos, jugando a ser el escenario de la danza de los espejos, tejida de lenguas y tejida de ojos, tejida de la pequeña y quieta travesura de jugar con su amiguita a ser las serpientes que envenenan sus cuerpos.
Libertad.


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