Magnolia Blues

Escrito de Enid Adriana Carrillo Moedano publicado el sábado, 26 de diciembre de 2015 | 23:50



No le tenía miedo a nada. Aquella mujer de historia peligrosa le pertenecía a la noche. La oscuridad la envolvía con todo su peso, como un cómplice que borraba las huellas de su paso. Huellas de esa voluptuosa figura perdida en
tre los focos, enfundada en un vestido de lentejuelas temblorosas que le coquetean al viento de la ciudad.
Magnolia siempre tuvo contenida esa energía femenina que sólo entiende alguien que la añora. Siempre quiso que el cuerpo hablara por sí solo de su deseo. Calcinante y abrumador, deseo engendrado en la contradicción.
Esa noche era especial. La atmosfera parecía dar cuenta de lo que estaba por venir. Era tiempo de pagar una vieja cuenta. Era una noche de facturas, de cobros, el fin de los meses sin intereses, la noche del pago,  la noche de la deuda, de esas que dibujan nuestro paso por la vida, de esas  que significaron vender el alma, la carne y los huesos. Esas que nos regresaron ritmo a la respiración, pero que nos quitaron todo. Una extensión de la vida que de a poco se convierte en muerte.

Magnolia salió serpenteando ese cuerpo que le ha costado tanto. Tomó un taxi en la esquina de la calle No me olvides, escuchaba el sonido de las sirenas del cuartel de bomberos, una ambulancia que apresuraba su paso para llegar al hospital y ella imaginó mil historias antes de subir al coche. Cerró los ojos y subió.
Pensaba en ese cuerpo tendido en el asfalto, lleno de sangre y vomito de alcantarilla, lleno de muerte, lleno de culpa. Sus lágrimas se pintaron del negro de ese rímel barato. El taxista miraba de reojo por el retrovisor, sus ojos se clavaron en el llanto de aquella débil mujer de un.metro.noventa. Agachó la mirada.
Se bajó del taxi siendo otra, empapada de los recuerdos que la condenaron y caminó como si la calle fuera suya. Lo era. Entró en ese bar  que la recibió como familia. Todo se hizo lento, oscuro, nebuloso. Llevaba esa bolsa de charol naranja, vestida como una reina, con ese olor a rosas en su escote de plástico que le regalaba tantita feminidad.
Un recuerdo congeló el tiempo unos segundos:
El cuerpo de Tito estaba en esa vieja calle de barrio, apuñalado por su propio hermano: Manuel. Esa fue la última vez que se burlaron de él, la última vez que le recordaron quién era y para qué había nacido. Sólo Darío, el amante de Manuel, estaba allí. Borja, un borracho de vecindad y cantina  pasaba por allí tambaleándose entre la escena.
Manuel y Darío se miraron. Sus miradas encendieron en sus almas una aberrante decisión. Le dijeron a la policía que Borja había matado a Tito para robarle, para seguir alimentando su inmunda adicción. El mundo se acabó para siempre por un momento, sin lógica.
Manuel se convirtió en esta bella mujer que hoy va a terminarlo todo.
Había matado a su propio hermano y habían culpado a alguien más. Pero no vieron venir la astucia de la oscuridad en una noche peligrosa.  Félix lo había visto todo, pero en ese tiempo era un niño. Ahora tenía muchos más años, había retorcido sus caminos y era el tipo más respetado de esta puesta en escena.  Era un tipo de temerse, “el negro”, le decían. Le dirían por última vez.
Félix había olvidado muchas cosas, por lealtad subterránea, por conveniencia, para expandir su negocio, para ser el cabrón más peligroso de la ciudad. Todo hasta que Darío se interpuso en su camino. Nuestros personajes no van a la policía a acusar al otro, no. Ellos tienen códigos propios para cobrarse las traiciones. Para destapar las cloacas sobre las que su oponente se hizo leyenda. Darío lo pagaría porque Borja había sido un buen amigo y un tipo sin culpa. Darío pagaría mientras encontraban a Manuel, de quién no se ha sabido nada desde entonces.
Pero no puede tenerse todo en la vida, una cosa le hacía falta a Félix: una mujer como Magnolia. Ella lo conocía, sabía quién era, quién fue.  Se burló de él con ese cuerpo que escondía lo que él buscaba, venganza.  Siguió al  negro a los baños, caminó como flotando en esos enormes tacones, cerró la puerta con seguro, se puso junto a él e hizo del baño como el hombre al que esconde frente a la incomodidad de Félix, que se sintió asqueado.
Sin esperar y sin avisar, Magnolia sacó de su bolsa una navaja y se la enterró en el corazón. Igualito que a su hermano. Sus ojos eran enormes y hermosos. Al tenerlo tan cerca en ese momento revelador que era la antesala de su muerte, lo supo: ella era Manuel. Ella es Manuel. Ella fue Manuel. Siempre Manuel.
Nuestra mujer salió de allí con más clase de la que entró. Darío la esperaba en un coche en la esquina del bar.  Avanzaron lento, como tentando a la suerte, bajaron los vidrios del coche y sacaron las manos, tocaron al viento con lentitud.  Eran culpables, pero se fueron libres. Libres, aferrados, perdidos entre las luces de la ciudad.
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