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La Catrina y las garbanceras

Escrito de E.J. Valdés publicado el viernes, 11 de diciembre de 2015 | 01:02

Nadie pondría en duda que el trabajo más célebre de José Guadalupe Posada es La Catrina, hoy día emblema inseparable de la festividad de Día de Muertos. Él, sin embargo, no la bautizó así ni la dibujó pensando en que algún día se convertiría en un ícono atemporal de las tradiciones mexicanas; esta calavera debe en realidad su nombre y fama a Diego Rivera, quien la hiciera la figura central de su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, ubicado primero en el Hotel del Prado y hoy en el Museo Mural Diego Rivera. 


La afamada ilustración apareció originalmente en un suplemento publicado en 1913 por la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo titulado Remate de calaveras alegres y sandungueras, una de cuyas páginas presentaba el ingenioso panteón "Las que hoy son empolvadas garbanceras, pararán en deformes calaveras", el cual satiriza a las mujeres indígenas que hacían hasta lo imposible por parecer glamurosas señoras de la ciudad, llamadas garbanceras en la época. En nombre del aprendizaje, me tomo la libertad de compartir con ustedes el texto íntegro.


Las que hoy son empolvadas garbanceras, 
pararán en deformes calaveras

Hay hermosas garbanceras,
de corsé y alto tacón;
pero han de ser calaveras,
calaveras del montón.


Gata que te pintas chapas
con ladrillo o bermellón:
la muerte dirá: "no escapas,
eres cráneo del montón".

Un examen voy a hacer,
con gran justificación,
y en él han de aparecer
muchos cráneos del montón.

Hay unas gatas ingratas,
muy llenas de presunción
y matreras como ratas,
que compran joyas baratas
en las ventas de ocasión.

A veces se llaman Rita,
otras se llaman Consuelo,
y a otras les dicen Pepita;
a ésas la muerte les grita:
"No se duerman, que yo velo;
y en llegando la ocasión,
que no mucho ha de tardar,
heridas por un torzón,
calaveras del montón,
al hoyo iréis a parar".

Hay unas Rosas fragantes,
porque compran Pachulí
unas Trinis trigarantes,
y unas Choles palpitantes,
dulces como un pirulí;
pero también la pelona
les dice sin emoción,
"no olviden a mi persona,
que les guarda una corona
de muelas en el panteón".

Vienen luego las mañosas
que Conchas se hacen llamar,
y que aunque sean pretenciosas,
no tienen perlas preciosas,
sino mugre hasta más dar.
A éstas y a las Filomenas,
que usan vestido zancón
y andan de algodón rellenas,
les ha de acabar sus penas
la Flaca con su azadón.

Siguen las Petras airosas,
las Clotildes y Manuelas,
que puercas y mantecosas,
son flojas y pingajosas
y rompen muchas cazuelas.
La enlutada misteriosa,
que impera allá en el panteón,
y es algo cavilosa,
con su guadaña filosa
las echará al socavón.

Las Adelaidas traidoras,
que aparentan emoción
si oyen frases seductoras,
y que son estafadoras
y muy flojas de pilón;
se han de ver próximamente,
sin poderlo remediar,
sumidas enteramente
en el hoyo pestilente
de donde no han de escapar.

Las Enrriquetas melosas,
unidas a las Julianas
y a las Virginias tramposas,
que compran baratas cosas,
aunque resulten mal sanas;
pagarán su picudez
y sus mañas de agiotista,
sumiéndose en la estrechez
y en la inmunda lobreguez
porque la muerte es muy lista.

Las pulidas Carolinas,
que se van a platicar
en la tienda y las esquinas,
y se la echan de catrinas
porque se saben peinar:
han de dejar sin excusa
los listones y el crepé,
y en un hoyo cual de tuza,
se hundirán con todo y blusa,
con choclos y con corsé.

Las Marcelas y las Saras,
que al cine van a gozar,
vendiendo hasta las cucharas,
y se embadurnan las caras
porque pretenden gustar,
serán indudablemente,
sin ninguna discusión,
de improviso o lentamente
esqueleto pestilente,
calaveras del montón.

Y las gatas de figón,
que se hacen llamar Carmela,
por producir emoción,
y tienen bodegón
tan sucio que desconsuela;
han de pagar su pereza
que da mortificación,
sumiéndose de cabeza
en el fondo de la mesa,
a ser cráneos del montón.

En fin, las Lupes y Pitas,
las Eduwigis y Lalas,
las perfumadas Anitas,
las Julias y las Chuchitas
tan amantes de las galas;
han de sentir por final,
diciendo "miren qué caso",
el guadañazo fatal,
y liadas como tamal,
verán que llegó su ocaso.

Pero no quiero olvidar
a las lindas Margaritas,
tan amantes de bailar,
y a quienes gusta calentar,
porque se creen muy bonitas.
La muerte las ha de herir,
sin mirar su presunción,
y aunque se van a afligir
yo les tengo que decir
"calaveras del montón".

Las Gumersindas e Irenes,
las Gilbertas y Ramonas,
que quieren siempre ir en trenes,
y que alzan mucho las sienes
porque se juzgan personas;
las Melquiades y Rebecas,
las Amalias y Juanitas,
que unas son sucias y mecas
y otras se juzgan muñecas
y presumen de bonitas.

Las Romanas y Esperanzas,
las Anastasias famosas,
que son gurbias y muy lanzas
y parecen gatas mansas,
porque son muy labiosas;
todas, todas en montón,
sin poderlo remediar,
en llegando la ocasión,
calaveras del montón,
en la tumba han de parar.
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