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Étymos ✏︎ malandro

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 4 de agosto de 2015 | 10:41

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¡Bienvenidos a esta nueva sección que estrenamos en este mes de agosto (al que ya también le tocará estar por aquí a su debido tiempo)! Como bien puede adivinarse por el título de esta primera entrada, este espacio está dedicado a la etimología y al origen de las palabras. No todos los compendios dicen verdad y, en ocasiones, hace falta indagar más allá del trabajo aficionado (como el de Corominas) para llegar al verdadero constructo elemental del lenguaje. ¡Así que no dilatemos más y vamos allá donde las palabras pastan libres a sus anchas y campa el conocimiento en completa libertad!


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Esta palabra proviene de dos lenguas distintas: latín y griego. Es un caso de gran especificidad que rara vez ocurre en las lenguas indoeuropeas, dado que la mayoría se caracteriza por una cerrada disposición semántica que obliga al hablante a no mezclar dos vocablos tan dispares. Se cree que surgió a finales del año 146 a. C., a pesar de que su registro escrito remite a Grecia alrededor de los años 143 a. C. - 140 a. C., en las epístolas de Ianos Kokorepaetopoulos a un vecino suyo (¡qué cultura la del hombre! Escribirle al vecino en lugar de hablarle directamente, para que luego digan que las sociedades de la información andan acabando con la interacción social). El término posiblemente surgió de la ocupación romana del archipiélago heleno, lo que explicaría la mezcla grecolatina; a simple vista se pueden distinguir dos raíces principales, a saber, mal (latín malus) y andro (griego ἀνδρός). Este palabro que, como su propio nombre indica, se refiere a una persona de mala reputación y oficio con seguridad deshonroso, originalmente designaba al saqueador y maleante; en sentido estricto significa ‘mal hombre’ y no se utilizaba nunca para designar a una mujer (el sexo femenino contaba con su propia palabra: ginópata, voz que ha caído en desuso y que no se ha vuelto a encontrar en Occidente desde el año 137 a. C.).

Máscara teatral de malandro, el texto griego para el que se necesitó se ha perdido.

De cualquier manera, lo impresionante es que no fue sino hasta la ocupación catalana del siglo XVII, mientras se luchaba por recuperar Grecia de manos de los turcos, que la palabra saltó al resto de Europa, traída principalmente por los mercenarios valacos que (¡ya desde entonces!) emigraban hacia tierras ibéricas en busca de una mejor vida. En España el término no fue popular sino en la región de Andalucía, donde los valacos tenían diversos barrios en que era posible encontrar artesanos, palafreneros más pícaros que de fiar y, por supuesto, prostitutas. Los andaluces comenzaron, entonces, por asociación a llamar malandros a los habitantes de los andurriales valacos que no eran gitanos ni judíos.

Disputa entre malandros por una prostituta en el Barrio de la Flamenquita, Málaga.

Durante las interminables campañas colonizadoras en América, los andaluces llevaron el término y lo aplicaron a los indios, famosos por su pereza y embriaguez. Estos últimos, al aprender el español marinero de los colonizadores del Sur de la península ibérica, absorbieron también este vocablo que poco a poco fue haciéndose de uso casi exclusivamente citadino. En sus inicios se empleaba para designar al campesino que iba a mercar los días de plaza, quizá porque las malas fachas rurales despertarían alguna repulsión entre los habitantes de las urbes iberoides de los virreinatos. Poco a poco el término se circunscribió de nuevo a la sola calificación de los maleantes y salteadores cuando palabras como naco y ñero (que erróneamente se piensa inventado en el siglo XX) se afianzaron para designar a otra suerte de despojos sociales.

Hoy es una palabra casi caída en desuso; en España ya no se recuerda y en Latinoamérica rara vez se le escucha si no es como arcaísmo o para representar el habla culta de la época colonial. En Filipinas, sin embargo, parece haberse conservado como apellido, aunque también es bastante raro.

¡Ahora ya sabes algo nuevo!

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