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Enseñanza de lenguas

Escrito de Tuzo Pillo publicado el viernes, 10 de julio de 2015 | 14:53

Uno de los requisitos de este mundo globalizado (aunque el fenómeno no es nuevo y, de hecho, desde hace siglos ha caracterizado a las civilizaciones) es aprender lenguas extranjeras. En México de toda la vida se ha dicho que aprender inglés es la llave para un empleo bien remunerado, la felicidad, un mejor desempeño sexual y un 30% más de probabilidad de obtener una runa de inmortalidad en cualquier combate cuerpo a cuerpo; en España algo así pasaba con el francés también, poco antes de que Alemania rigiera Europa con mano de moneda común. Sin duda algo de esto sostenían también los pueblos antiguos que, al contactar a culturas diferentes, comenzaron el tortuoso camino de la comunicación humana por vía del aprendizaje de los diferentes idiomas que daban color al mapamundi lingüístico del orbe conocido.

Si ya desde el Medioevo existían escuelas de traductores (y de hecho, aun antes ya había estudiosos dedicados a desmenuzar el misterio de la lengua por medio de la gramática) y los mercaderes en sus constantes viajes habían desarrollado maneras efectivas de entenderse con sus homólogos extranjeros, ya fuera aprendiendo su habla o desarrollando una que fuese igualmente útil para ambas partes, en la actualidad no hemos dejado pasar la oportunidad de aportar algo y hemos popularizado maneras sistemáticas de enseñar y evaluar el dominio de una lengua que no es la materna. Abundan en Internet y en las universidades de cualquier país cursos que prometen que dentro de nada estarás hablando suajili como el más bantú de los bantúes o que en escasos seis meses, por un módico precio y con horarios flexibles, desde la comunidad de tu hogar podrás finalmente hablar mandarín, coreano y japonés para echar a andar tus negocios ultramarinos, y todo ello está muy bien. No obstante, a mi parecer hay un gran problema con estas promesas que te bajan el cielo y las estrellas y es que en poca o nula medida se ocupan de que hables genuinamente como un nativo.

Yo no sé si se debe al decoro, a un descuido o a un rancio lastre cultural, de esos que acostumbramos arrastrar sin darnos cuenta, que nunca en ningún curso de idiomas enseñan lo importante. Sí, es verdad que es fundamental conocer el abecedario y la fonética de cada letra, son básicos la numeración, los colores y las partes del cuerpo, todo eso está de perlas, pero los intentos por hacer que uno hable de manera coloquial son falacia disfrazada de ventaja y de regalo. Si verdaderamente quienes diseñan estos cursos y estándares internacionales se interesasen porque uno aprendiera a hablar como nativo, la mayor parte del aprendizaje incluiría las groserías, los juramentos, las mentadas de madre y toda suerte de obscenas vulgaridades, que es como la gente habla en realidad.

A ver si nos vamos entendiendo, cuando uno aprende italiano da lo mismo saber decir sono le quattro e un quarto que sono le quattro e quindici e incluso lo que «formalmente» se reprueba como le diciasei e un quarto, ¡se entiende! (a menos, claro que estemos hablando con alguien extremadamente mamila o que padece de sus facultades como para que no pueda comprender este asunto de la hora). Pero en ningún lado te dicen qué coño significa vaffanculo, sei un cesso, baldracca, troia, pappone y otras floreadas razones que son indispensables para sobrevivir en cualquier parte. ¡Todo el puto mundo se la pasa hablando vulgaridades y maldiciones hasta más no poder! ¡Es un hecho! ¿Por qué entonces excluir estas vitales palabras y constructos de la enseñanza?

Está claro que paupérrimos remedos de lengua como el anglo y sus variaciones dialectales no tienen mucho que decir al respecto, más allá de fuck, bitch, asshole y poco más, pero si en algo son ricas las hablas romances es en nombres originales y pintorescos para execrar, maldecir o llanamente insultar. Es necesario aprender también esta faceta de la lengua, de lo contrario andaremos por la vida con conocimientos truncos y, peor, a merced de todos los que sí hablen completo y como se debe. El purismo y las formalidades son para académicos y otros estamentos más respetables, pero para sobrevivir hay que ser guarro y ojete, como es el vulgo, pues. A ver si nos vamos preocupando más por ser genuinamente coloquiales.
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