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Cuitas de Cocina Económica, No. 3

Escrito de E.J. Valdés publicado el lunes, 1 de junio de 2015 | 14:08

"Éstas son las aventuras de E.J. Valdés en la cocina económica..."

Hay en la vida cosas por las que vale la pena esperar, pero una mesa en la cocina económica no es una de ellas. Hoy llegué a comer y cuán desagradable fue percatarme de que el lugar estaba lleno. Ni modo: a esperar afuera hasta que se desocupara una mesa. Cavilé la posibilidad de pedalear hasta un puesto de tacos que conozco a un par de kilómetros, y aunque ello implicaría romper la delicada dieta que me he impuesto estos días, la variedad sería más que bienvenida. Pero no hay escape de las garras de la cocina económica, buenos lectores: justo cuando me resolvía a coger el manubrio y saltar al sillín se abrió la puerta y salió una pareja de oficinistas, de esos que frecuentan la cocina económica al igual que yo. Como si el destino se burlase de mí, la señora asomó por la ventana y me señaló la mesa recién desocupada, de la cual ya levantaba los platos y vasos sucios. ¡Ah, qué triste es apearse de la bicicleta para entrar a este lugar tan desdichado!


En esta ocasión la señora desistió de preparar sopa aguada y en su lugar ofreció consomé de pollo con verduras. Fastidiado como estoy del arroz, opté por pedir un poco, pero el caldo resultó tan decepcionante como el resto de la comida: el consomé no tenía mal sabor, pero la verdura fue muy poca y, para colmo, era de lata; partículas de papa y zanahoria sumergidas en caldosa desesperanza. Los guisados del día fueron pollo en salsa verde y tortas de ejote con queso en salsa de jitomate. Ordené lo segundo. Reconozco que los capeados son de las pocas cosas que la señora prepara bien, pero la ración fue minúscula: cada torta tenía aproximadamente el diámetro de dos monedas de diez pesos, y era tan delgada como una rebanada de pan. Era un platillo que gritaba "cómeme con diez tortillas o morirás de hambre" pero, como ya les he escrito, no acostumbro acompañar mis alimentos con éstas (además allí las escogen horribles). El agua fue de tamarindo (natural, por fortuna) y de postre me sirvieron un trocito de pastel helado de limón tan genérico como frío. Gramos de alegría para una comida más bien taciturna. Al igual que ayer, salí con hambre.

Hoy miraban en la televisión Noah, la adaptación del relato bíblico con Russell Crowe, Jennifer Connelly y Emma Watson, título que yo disfruté pero he sabido que muchos no.

(Si te perdiste la entrada anterior puedes leerla aquí).
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