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Maestros, cáncer de México

Escrito de Tuzo Pillo publicado el viernes, 15 de mayo de 2015 | 14:21

Quien me conozca pensará que el título de esta entrada necesariamente es un error, sin embargo no lo es.
     Replico, con puntuación eso sí, en el título un hashtag que me ha hecho pasar muy mal buena parte del 15 de mayo, día que se ha destinado a conmemorar la labor docente en México. ¿Por qué me ha hecho pasar mal el día? Algunos pensarán «porque tiene razón», otros «porque le ha calado», otros más «no sé ni me interesa». No se equivocarían si hubiesen apostado por la segunda opción: me ha calado. ¿Por qué? Porque demuestra que, en pleno siglo XXI, los mexicanos siguen comportándose, en buena medida, como las rudas bestias de carga que, según la creencia popular y el falaz historicismo del país, los europeos consideraban que eran cuando los colonizaron a sangre y a fuego.
     ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Qué está sucediendo? ¿Tan de pronto esto se convirtió en un ataque contra las defectuosas técnicas de educación nacionales? ¿No se supone que se defendería a los maestros? El caso es complicado y quiero ir abordando todo de manera desordenada para luego imponer orden.
     El prejuicio contra la labor docente pareciera infranqueable desde diversas perspectivas y contextos. De súbito, uno puede polarizarse y quedar para siempre enamorado de la figura del maestro o, por el contrario, jurándosela hasta el final de los tiempos. Como muchas otras cosas que nuestro intelecto occidental divide en dos para digerirlo más fácil, el objetivo de la docencia y la presencia del personaje conocido como maestro se ven teñidos o de un negro impenetrable o de una claridad tan inmaculada que incluso limpiaría las manchas que se le atrevieran con el pensamiento. Ni grises ni medias tintas. Son buenos o malos y se acabó.
     Sin lugar a dudas esta clase de razonamiento ha dado como resultado que se juzgue ciegamente todo aquello que haya sido empañado o iluminado por cualquiera de los polos del espectro, sin que pase por la cabeza que existen más grados en esta platónica escala. No faltará el vivo que quiera limpiarse las culpas y las pulgas y diga que si no hay capacidad para ver todo el abanico de matices, es claro que la culpa la tienen los maestros por enseñarnos a obedecer y no a pensar, o sencillamente por achacarles faltas en su quehacer político –el mismo inclusive– y en el académico. Y entonces no queda sino cuestionarse: ¿la labor del docente es enseñar a pensar? No nos vayamos a los ideales inalcanzables que sirven para solapar conciencias vandálicas como las de los chairos, que a la grandilocuencia de las narrativas vindicadoras unen los actos más nefandos que pudieran concebirse. Eso dejémoslo para otro día. Hoy urge ir a los hechos: la labor docente como se desarrolla ante el hecho innegable de que la realidad es; no pretende, no intenta ser, no busca llegar a ser, sino que es.
     Ante esta súplica de aterrizar los ánimos y dejarse de los mamarrachos fanáticos que solamente ayudan a nutrir a los troles que emplean hashtags como el que corona nuestra entrada, quiero iterar mi cuestionamiento: ¿la labor del docente es enseñar a pensar? Más de un pedante o pedagogo nos dirá que sí, que en efecto, indubitablemente, en definitiva, por supuesto, está más claro que el agua. ¡Pero hasta etimológicamente la palabra nos remite a la transmisión de una doctrina! ¿Es que acaso vivimos en una sociedad que se base en el pensamiento y no en otra cosa? ¿Desde cuándo hemos valorado tanto el criterio que se lo inculcamos a nuestros miembros más pequeños y vulnerables para que empiecen a ejercitarlo lo más pronto posible? No nos andemos con pendejadas y démonos cuenta que en un país como el nuestro la educación está centrada en el dominio técnico-científico. La función del maestro es instruir en estas áreas. Luego ya vienen los romanticismos como la edificación espiritual, filosófica, moral, etcétera. Por bellos y pseudo necesarios que sean esos factores no dejan de ser ridículas fantasmagorías que, de nuevo, intentan solapar conciencias fastidiadas de remorderse a sabiendas de que harto más debieran hacerlo, casi que obligadamente.
     Por una parte nos han configurado a un personaje que tiene que ser ideal e impecable en todo sentido, un mesiánico Heracles del saber que con sus súperpoderes quasi divinos resolverá al mundo y que, con un mero soplo de su atenea inspiración, sin que la gente mueva un dedo porque es bien sabido que para realizar esfuerzos desmedidos están los demás, habrá de transportarnos a un paraíso de abundancia y riqueza inagotable, placeres y alegrías y toda suerte de beneficio imaginado o por imaginar. Por otra parte, nos dan a un ser humano que tiene que lidiar con las mismas necesidades, los mismos problemas, las mismas carencias que cualquiera otro individuo promedio, y le obligan a que luche contra la ignorancia, la desidia, el interés, la apatía y el odio de no uno ni dos sino de miles de individuos más, muchos de los cuales terminarán por tener mala opinión de este desgarbado y ni por asomo divino Heracles, precisamente porque a la postre es un ser humano.
     Al docente se le encomiendan miles de rigurosas faenas, apenas se le paga por cumplirlas y encima se le condecora con el desprecio de viles y malagradecidos ciudadanos que no son nada, no pretenden nada, nunca serán nada pero aún fueran menos que nada de no haberse entrometido al menos un docente en sus hediondas vidas.
     Cuando leo críticas tan ignorantes como esa que dice que los maestros son el cáncer de México, detrás me encuentro a personas perezosas, frívolas, ególatras, corruptas, pésimos profesionistas (si llegaron a serlo) o de plano malos seres humanos. Hagan la prueba y dense cuenta quiénes hablan solamente pestes de los maestros; miren que estas personas nunca en sus vidas han tenido que pararse frente a un grupo de humanos (de la edad que sea) maleducados y desinteresados, que solamente aspiran a andar a la flor del berro o volverse criminales para sobrevivir. Es muy fácil criticar y decir que los maestros no se preparan, que son flojos, que no hacen nada, que no cumplen con su función, cuando nadie sabe cuál es ésta. ¿Enseñar a pensar? ¡Bah! Eso es nuestro deber como seres humanos dignos (si nos queremos apegar a tantas y tantas garantías como las declaraciones internacionales en pro de la humanidad quieren, al menos en papel, legarnos); pero la instrucción seria, el conocimiento puro, desde la episteme, eso es lo que atañe al maestro. No cuidar niños y adolescentes. No fungir como psicólogo cada vez que un pobre desgraciado aparece con problemas personales. No como blanco para que se le embarren todas las inconformidades sociales.
     ¿Y entonces no existen malos maestros? Sí, los hay, a montones. Igual que los buenos, los regulares y los que nada más son, sin categoría. Los hay como hay seres humanos en el globo porque, itero, son tan personas como el que opina que son el cáncer de un país plagado de muchas aberrantes células cancerígenas.
     Hay que comprender que los maestros son la parte operaria de una estructura organizacional que no da un centavo por la gente: la Secretaría de Educación Pública. Lo vituperable en materia de educación, por ejemplo, la pésima versión de la Historia que se cuenta año tras año sobre la colonización o sobre otros episodios donde México no quiere quedar mal parado, no es culpa de los docentes que, para vivir, tienen que transmitir lo que las coordinaciones y los gobiernos federal y estatales encomiendan a la dichosa secretaría que transmitan. Si un maestro no nos habla mierda negativa y media (porque hay mierdas positivas) de los españoles, de la Inquisición o de Porfirio Díaz, no solamente es un subversivo, sino que además le imputan que no está cumpliendo con su labor. Volvamos al tema de lo que tienen que hacer: en primera instancia, es transmitir o inculcar lo que al gobierno en turno le importa más. Por esto es que es tan importante involucrarse en la educación de cada uno de los miembros familiares que la están recibiendo, porque independientemente de la calidad del maestro, a pensar solamente enseñan dos cosas: la experiencia propia y la puesta en común de las experiencias colectivas.
     Cuando uno lee las nuevas reformas educativas, están a toda madre. Son súper incluyentes, cien por cien científicas, son la hostia, tío. Pero se les olvida que nuestras infraestructuras y nuestra capacidad de alcanzar a las comunidades más necesitadas de una instrucción científica o integral (no son lo mismo), todavía están en un nivel precario. Expliquemos gráficamente lo que digo: no es culpa del maestro que la puta escuela no tenga presupuesto para proyectores o para una biblioteca decente. Decir que el maestro es un cáncer para el país porque la chingada escuela rural está jodida solamente demuestra una cosa: el verdadero cáncer del país son esos ciudadanos que no mueven un dedo para su propio beneficio. Beneficiar a las escuelas, bibliotecas y espacios culturales no significa comprarle un coche nuevo a un maestro (para eso ya los pobres hacen otras cosas que, como ciudadanos, tienen que hacer), sino preparar desde el plano estructural los elementos necesarios para que un buen maestro pueda desarrollar óptimamente su labor. El mal maestro seguirá existiendo, es verdad, igual que el mal ciudadano. A ésos hay que concientizarlos, incluirlos en un proyecto común que llamamos «México» o, si no estás en ese jodido agujero del infierno, llámale como te venga en gana.
     Por esto es que es tan difícil salir de la mierda, porque el cáncer de México son todos esos mexicanos, maestros o no, que ni desarrollan bien su labor profesional ni permiten que otros las desarrollen (y aquí meto a los usuarios de este jodido hashtag, a los simpatizantes del PRI y el PRD, a los animalistas y otra suerte de execrables despojos urbanos que no viene al caso mentar).
     Ahora bien, hace poco hablaba sobre el asunto de la política y los maestros. ¿Qué tiene que hacer un docente en el ámbito político? La respuesta corta es: demasiadas cosas, cosas que ni se imaginan. La más o menos larga es la siguiente: como todo ciudadano, el docente no solamente tienen el derecho sino la obligación de involucrarse activamente en el desarrollo de la vida política de su comunidad, estado y, finalmente, de la nación. Que los maestros anden en la grilla es esencial para el crecimiento de este remedo de federación en el que vivimos. ¿Qué pasa? ¿Dónde está el fallo? Hay que reconocer que muchos se dejan corromper y que, afrontémoslo, encuentran más sabroso andar metidos en las trifulcas por el poder que ante un grupo de cuarenta o cincuenta futuros delincuentes, a los que dicho sea de paso ya no pueden reprobar por ley.
     Como muchas otras cosas, aquí el pedo no se resuelve apuntando un dedo acusador hacia los que no son nosotros mismos. Se resuelve actuando en conjunto, interesándose por el otro, yendo más allá del mero cumplir con la parte propia. Si nuestro contexto fuera, por ejemplo, el de los países nórdicos o germanos, donde impera un pesado pero importantísimo sentido del deber, estaría bien con solamente cumplir con la parte propia, porque tendríamos la certeza a priori de que los otros harán lo mismo. Pero estamos en México, este país es un desmadre, aquí nos enorgullecemos porque le vemos la cara a medio mundo, porque nos saltamos las normas, porque nos hemos auto comprado la noción de que somos chingones por no jugar reglas. La factura ya desde hace mucho que se nos ha vencido, pero nos empeñamos en creer que no la tenemos que pagar con intereses. Aquí urge que recuperemos la noción de comunidad, de integración. No se trata de volcarse al socialismo ni de votar por el puñetas de izquierda en las próximas elecciones, se trata de involucrarnos más con los vecinos, con los compañeros de clase o de trabajo, con la raza que está al otro lado de nuestra pared o acera. Estimular la convivencia y fomentar el diálogo. Que la gente es pendeja, pues sí, es verdad, pero esas taras se arreglan, cuando no se curan.
     Los maestros no son el cáncer de México, pero si nos empeñamos en creer que lo son, este país se merece un cáncer en sus aulas, en sus instituciones y hasta en lo más profundo de sus células constitutivas. De por sí México está de la verga, pero sin maestros, estaría en la ruina completa.
     Despierta, vulgo procaz e inculto, y reconoce que tus maestros te salvan. Puede que no sean perfectos, pero son harto mejores que tú y que todavía tengan el decoro de instruirte es algo que ni todo el oro de Midas puede siquiera pagar.
¡Feliz día del maestro!

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