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Cuitas de Cocina Económina, No. 1

Escrito de E.J. Valdés publicado el jueves, 28 de mayo de 2015 | 13:40

"Éstas son las aventuras de E.J. Valdés en la cocina económica..."

Casi todos los días como en una cocina económica situada muy cerca de donde trabajo. Y si me siguen en redes sociales estarán enterados que lo hago más por obligación que por gusto, pues me encuentro en una zona que ofrece muy pocas opciones de alimentación y es escaso el tiempo del que dispongo para comer; "con gran poder viene gran responsabilidad", decía el tío Ben, y también es cierto que "con gran responsabilidad viene menos tiempo para comer". Para mi mala fortuna, esta cocina es un lugar triste y harto miserable para con el comensal; la comida no alberga ni el recuerdo del sabor que caracteriza a las fondas pueblerinas y casi siempre salgo aún hambriento (la señora sirve con lástima, diría mi madre). En este espacio habré de verter, cual Werther región 4, las penas que acompañan mis incursiones a este inhóspito lugar, del cual pido a los dioses los libren a ustedes, buenos lectores... Y al cual también les pido condenen a todos aquellos que me desagradan.


Hoy me senté junto a la ventana. Apenas alcancé mesa, pues el lugar estaba lleno. Puede que se pregunten: ¿cómo es que se llena un lugar que de antemano nos describen tan deplorable? Esto se debe a que quienes trabajamos por estos rumbos no tenemos muchos lugares a dónde ir como no sean otras cocinas incluso peores que ésta. Tomé asiento viendo hacia la televisión, como suelo hacer. En ocasiones ponen películas, pero las más ocasiones nos vemos obligados a ver el noticiero de Lolita Ayala; en esta ocasión exhibían una cinta donde Nicolas Cage escapaba de una prisión futurista. Pronto se acercó la señora que toma los pedidos, esa mujer medio sorda y para colmo olvidadiza. Me recitó el menú del día: "sopa de pasta y arroz", al igual que todos los días; "de guisado tenemos carne de cerdo en entomatado y pollo a la naranja", explicó. La cocina también ofrece pechugas de pollo al gusto con ensalada para quienes no apetezcan los guisados del día, pero éstas no representan consuelo alguno al ser igual de insípidas que todo lo demás.

Opté por el arroz y la carne de cerdo. No hace falta ser experto para saber que el primero era el recalentado de lo que sobró el día anterior, preparado con demasiada agua, muy poco jitomate y nada de verduras. A continuación vino el guisado, servido en un plato muy grande para dar la ilusión de abundancia; al centro, un buen trozo de carne bañado en salsa de tomate verde. Me dejó el cesto de las tortillas y, aunque no las acostumbro, en esta ocasión hube de comerme una para no irme con el estómago tan vacío, pues aquel pedazo de cerdo de tan buen aspecto y tamaño era en realidad un enorme hueso al cual apenas le pude arrancar unos pellizcos de carne valiéndome del cuchillo, el tenedor y mis dientes. "Señora, me tocó puro hueso", le dije al verla pasar. "Uy, joven, todos vienen así, ¿quiere que le sirva otra orden?". Resignado, dije que no; la ración sería insuficiente de todas maneras y, por si fuera poco, me cobraría de nuevo el importe de la comida entera, incluso si no quería la sopa o el arroz. Rellené mi hambre con el agua de limón; de ésa puedo tomar cinco jarras si quiero. El postre fue pan de elote; una rebanada más delgada que el pan blanco Bimbo. Camino al trabajo, suspiré: mi suerte no hubiese sido mejor con el pollo a la naranja.
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