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A vuelta con el cansancio de los mexicanos. Puntos I a IV que desvelan la falacia

Escrito de Tuzo Pillo publicado el sábado, 30 de mayo de 2015 | 14:58

Originalmente era nuestra más sincera y augusta intención dar a la luz esta entrada mucho antes, para ser un poquitín exactos el día 18 de mayo, no obstante diversos percances impidieron que se cumpliera nuestra bienaventurada pretensión y, por consiguiente, el día de hoy es que venimos finalmente a presentarla al público escrutinio, con la mayor antelación posible para acatarse a las restricciones que imperan durante la veda electoral.

Dicho lo anterior, entremos en materia: el sonado hartazgo o «cansancio» de los mexicanos ante su insostenible situación sociopolítica.

Pues nada, el lector asiduo sabrá que ya se habían dado algunas impresiones y notas en una entrada anterior, sin embargo lejos de un galimatías de proporciones electorales, la esencia original que se buscaba plasmar era la de una crítica fundamentada en diez puntos más o menos coherentes por los que es notoria la falsedad de tanta protesta vacía de fondo y de genuino interés de mejoría. Los primeros cuatro puntos se exponen a continuación.

1. Si los mexicanos estuvieran tan cansados de su situación no serían chairos

No es una broma ni se trata de una feliz campaña en pro de los poderosos, es una postura ciudadana genuina: el chairismo y los chairos matan a la democracia. ¿Cómo esto posible? Esencialmente porque los chairos no defienden ninguna suerte de proyecto factible, sino que reproducen el modelo que ha llevado a México, en primer lugar, a estrellarse contra la pared con que se lleva estrellando desde hace buen rato. Los chairos no buscan fomentar una participación ciudadana responsable e informada que incida directamente en el rumbo que sigue la nación, muy por el contrario aspiran a la instauración incuestionable y definitiva de la ideología que sustenta sus desmadres, su holgazanería y sus explícitas acciones en contra del bien común. Sin ir más lejos, no buscan representantes que conozcan la situación de los más desfavorecidos, sino personajes carismáticos y hasta cierto punto elocuentes que sean capaces de repetir, eso sí, muy vivaces y entusiasmados, la retahíla de tonterías demagógicas que a todo el mundo suenan de perlas pero que son irrealizables y carentes de toda lógica en los planos social, político, económico, etcétera.

2. Madurarían política y socialmente

México es uno de esos países que han soportado desgracias con un estoicismo envidiable porque las mismas no han tenido las proporciones catastróficas que las de otros países, cuyo estoicismo sí es comprobable y cuya existencia en la actualidad no puede sino atribuirse a un malhadado milagro (y digo «malhadado» porque más les habría valido haberse extinto con lo que les pasa en la actualidad); sin embargo, si algo hay que reconocerle al perrito faldero de EEUU es que supo generar un régimen de continuidad fundamentado en la longevidad unipartitaria y en la ingenuidad e ignorancia de sus habitantes. Por drástica que suene la receta, la verdad es que fue por mucho tiempo la clave para la felicidad en este territorio que todavía hoy no quiere ser ni latinoamericano ni norteamericano. Durante los años de dictadura priísta buen número de gente fue feliz, aunque por supuesto, como en toda civilización bien cimentada, el costo se tradujo en aberrantes situaciones infrahumanas para campesinos e indígenas, muertes de opositores y de sectores de la población que no querían ser los únicos beneficiados, un pesado aparato de corrupción sistematizada que todavía hoy impera y que parece imposible que esté tan bien afianzado, entre otras cosas que no pienso mentar. No obstante, por ahí del año del fin del mundo (el clásico, no el maya), es decir, el 2000 se dio finalmente esa anhelada alternancia que el pueblo supuestamente tanto deseaba, pero que se tardó casi un siglo en procurar. Doce añitos duró este paraíso democrático en el que, de súbito, todo lo que tuviera que ver con política estaba mal, todo aquel que se afiliase a un partido era necesariamente un corrupto, un traidor a la patria, un hideputa, y el pueblo al fin reclamaba su papel de eterna víctima que se encontraba perdida y a la deriva, siempre buscando a ese pastorcito amable de la iconografía medieval que lo condujese a la tierra de la leche y la miel. ¡Pues leches es lo que se ha ganado este pueblo protervo y güevonazo! Los mexicanos han confundido la madurez política con la necesaria degeneración de las estructuras de poder que, por diversidad de razones, están claramente desgastadas y buscan la manera de renovarse. También han confundido la capacidad de participar en la actividad más elemental de la democracia, los comicios, con la única forma que tienen para protegerse de esos demoníacos políticos que sabe Dios de dónde salieron, porque nadie los quiere ni les vota… y sin embargo siempre ganan. ¡Qué situación! ¡Qué desdicha!

Pero el caso es todavía más complejo de lo que aquí se pinta. No solamente hay un lastre histórico que es necesario remediar (¿y cómo se remedia? Lo veremos en puntos posteriores, nadie coma ansias a menos que tenga mucha hambre), también hay que enfrentarse a dos grandes problemas que se han ocupado de engendrar más a lo largo de los años: la profunda ignorancia del gran vulgo sobre el funcionamiento teórico y práctico del mecanismo político de su país y, por otro lado, la profunda y frívola polarización que las nuevas generaciones ilustradas han adoptado como única guía para encaminar sus actividades cívicas. Son las dos grandes cabezas de una hidra de videojuego que se mantienen escupiendo enemigos castrosos, mismos que uno puede erradicar sin haber tocado un pelo a los problemas de fondo. Vayamos paso a paso.

La ignorancia del pueblo que se encuentra, además, sumido en condiciones de pobreza, sea extrema o llevadera, propicia que no pueda existir una participación real en la vida democrática del país por parte de sus miembros porque ni tienen el interés ni las fuerzas para hacerlo ni saben qué van a lograr si acaso lo hacen. La gran mayoría de estas personas tienen que vivir enfrentándose a una realidad del todo ajena a la que nos ha tocado vivir a nosotros, por eso venden su voto, por eso siguen apoyando al partido más odiado, por eso se dedican a hacer tranzas en los mercados, los taxis, el autobús, etcétera, por eso miran a los narcotraficantes como a héroes salidos de la más pura de las épicas, porque representan esa inversión del orden que los mantiene así, sumidos en la podre, no conocen nada mejor salvo aquello que la sociedad en su conjunto idealiza, y esto, por supuesto, no es un conocimiento puro sino una elucubración casi onírica. Viven a la caza de un sueño que nunca se concreta ni se concretará, porque toda la ciudadanía está en su contra. Me permito hacer un paréntesis breve para un ejemplo práctico: el mentado caso de Uber. Muchos fanáticos de la tecnología alaban, también fanáticamente, la aplicación pero no ven lo que hay detrás: el servicio se salta pagos de impuestos valiéndose de vacíos legales y promoviendo una falsa idea de «economía colaborativa» (por este tipo de términos vacíos es que me he peleado con una poblanita pendejona que casi siempre se adscribe al lado frívolo de las cosas en vez de ver un poquito más allá de su nariz), de momento sin afectar genuinamente a la clientela de los taxis regulares, que tienen que pagar una serie de impuestos y cuotas para poder trabajar y ganarse la vida. Los comentario alrededor rara vez analizan el fenómeno, se van por la vía fácil y miope de decir que la culpa, si pierden clientes, es de los taxistas por rateros, groseros y casi que por ser pobres y dedicarse a eso en vez de ser gerentes de empresas multinacionales. Se universaliza una visión de prestadores de servicios que son malos de raíz y no se mira que si no quieren la mentada aplicación ésa es porque pone en riesgo sus empleos. Muchos quieren comparar estúpidamente esta situación con el correo electrónico, aduciendo que cuando salió entonces puso en jaque al correo postal… el caso es que el servicio postal es subsidiado y la teta inagotable de la nación lo sostiene, haya o no quienes utilicen sus servicios. Por otra parte, el correo electrónico no sirve para enviar objetos, al menos no todavía, por lo que los servicios de paquetería siguen siendo necesarios y aquellos que son privados pagan las cuotas e impuestos de ley para operar. Nos encontramos ante un caso de mexicanos contra mexicanos: a los defensores a capa y espada de Uber no les interesa si la cosa afecta o no a los taxistas, ellos sencillamente mientan madres, se las dan de postmodernos y se deslindan, como de otras cosas que afectan a la ciudadanía, de cualquier responsabilidad. Así pasa con los votantes a quienes van a comprarles el voto los esbirros del pri y del verde o del partido que sea: nadie se preocupa por ver si son personas que tienen la posibilidad de desarrollarse como tales, sencillamente se les imputa que son vendepatrias y traidores y por eso son pobres y qué bueno que lo son.

Cuando los chairos armaron su revuelta contra la campaña de Peña Nieto porque lo aborrecían, en lugar de ponerse a mover los cimientos de la nación, fueron a hacer el mismo desmadre que ahora le critican a los taxistas, y que seguramente le criticarían a los maestros si estallara una nueva huelga por las condiciones exacerbadamente abusivas que ahora se les quieren imponer. Ninguna élite ilustrada he visto que vaya y, sin que sea un requisito para graduarse, se apersone con otros en una colonia humilde y les sensibilice sobre temas que importan y que urge promover: equidad genérica y sexual, responsabilidad sexual y anticoncepción, voto razonado, instrucción formal para que puedan presentar exámenes y acreditar algún grado escolar que les permita mejorar su calidad de vida. Claro está que no todo es miel sobre hojuelas, esta situación ha generado pobres baquetones, contentos con su papel de víctimas, cómodos en la miseria porque así nada les cuesta esfuerzo. Y la hidra vuelve a escupir chingaderillas: se convierte en un ciclo vicioso donde unos no quieren abandonar la ignorancia y otros no quieren reconocer que su participación podría ser más valiosa, aunque menos efectista, si se encaminara con dos dedos de frente, morros pendejones como la poblanita, sin el mínimo de preocupación en sus vidas, dichosos ellos. También, pobres ignorantes y perezosos, sin el mínimo de ansiedad en su vida llena de problemas, porque a la postre nada tienen que perder, salvo la vida, dichosos ellos…

Estos paradigmas ya se habrían comenzado a cambiar si los mexicanos de verdad estuvieran hasta el copete…

3. Votarían

Según cifras del recientemente transformado IFE, que ahora dejó atrás el federalismo (lo que coños signifique eso), en los cuatro procesos electorales llevados a cabo antes del año 2009, el abstencionismo creció de manera, por decirlo efectistamente, alarmante. En 1997 fue del 41.31%; en 2000, 36.03%; en 2003, 58.32% y en 2005, nuevamente 41%, estos cómputos, sin embargo, no reflejan los votos nulos, que se cuecen aparte. No obstante, las cifras por sí solas demuestran que un gran porcentaje de la población no se presenta a participar en una de las más emblemáticas actividades de la democracia, ¿qué nos dice esto? Es obvio que nos habla de una ciudadanía apática, pero también nos cuenta la historia de un pueblo ignorante, como se ha mencionado con profusión en el punto anterior, y sumergido en una realidad que dista quilómetros (¿siglos luz estaría bien aplicado?) del ideal de madurez política que se requiere para que el sistema funcione según la teoría.

En 2012 la cosa cambió, de la nada se abstuvo solamente el 37% del total de empadronados. ¡Qué jolgorio! ¡Qué participativos!

Sigue siendo drástico, empero, que cerca de un tercio del país no se interese o no pueda interesarse por la elección de sus representantes. Por estas faltas es que estamos como estamos.

Ahora también se ha puesto de moda el asunto del voto nulo, que no es lo mismo que la abstención, sin embargo para fines prácticos no cuenta como voto efectivo, es una cifra estadística pero no una forma real de incidir en el rumbo de la localidad y, a gran escala, de la federación (¿o también la dejaremos de a poco y ya siempre tendremos que decir nación?). La libertad de cada ciudadano es inalienable y, en un modelo ideal, tanto los mexicanos que deciden por propia voluntad (y sin factores que radicalicen dicha decisión) no votar, como los que prefieren anular su voto el mero día tienen todo el derecho de hacerlo, pero si queremos creer que no existen situaciones concomitantes que mueven principalmente a la abstención, entonces estamos ante un caso de llano desinterés que nada tiene que ver con el hartazgo o fastidio que tanto se cacarea por ahí como si fuera cierto.

Hacer efectivo el voto implica que hay un auténtico compromiso con el desarrollo del país, desde sus unidades más pequeñas, nuestras comunidades inmediatas. Votar realmente no significa optar por uno de los tres grandes partidos que han dominado la escena política desde lo que podríamos denominar, por ser exagerados, «tiempo inmemoriales», sino aplicarlo para apoyar al candidato cuyos proyectos resulten más beneficiosos para nosotros. Al respecto se elaborará más adelante. Aquí lo esencial es que las tendencias a omitir la participación como ciudadanos delata que, por dura que pueda concebirse la situación, nadie está haciendo ni siquiera el mínimo esfuerzo por mejorarla, que es presentarse y votar, lo que nos lleva a concluir que muy cansados muy cansados no están estos compadres.

4. Conocerían la Constitución

Resulta frustrante saber cuántos mexicanos, la clase política inclusive, no conocen ni por asomo su Constitución. Si la situación se ha vuelto insostenible, en buena medida se debe a que casi nadie se ha metido a ver aunque sea por encimita las leyes vigentes y los pocos que sí lo han hecho prefieren darles la vuelta y aprovecharse de los vacíos…

Un rumor que escuché en la prepa decía que México tiene una de las mejores constituciones políticas del mundo. Esta suerte de premios globales no reconocidos para el país abundan y no son exclusivos, también cosas maravillosas se llegan a rumorar de España o de Rumanía pero nadie se lo cree. En la realidad yo no puedo decirlo porque no conozco las constituciones extranjeras y esas notas sensacionalistas que nos cuentan que en Canadá es ilegal ver un alce parir desde un vuelo doméstico los miércoles antes de las tres de la tarde sinceramente me parecen comentos para retrasados (con todo y que pueda ser legítimo eso de que estén proscritas estas cosas en lugares donde no queda ya nada por legislar); pero sí puedo decir que la Constitución mexicana está muy bien armada, las garantías y los derechos ciudadanos son hasta creo que excesivos, y nuestras obligaciones no son tan imposibles que no podamos llevarlas a cabo. Lo tenemos todo para que México sea un paraíso ciudadano… el caso es que nadie quiere hacer las cosas bien. En vez de dirigirnos a las instancias correspondientes y competentes para que se promuevan aquellos cambios que nos beneficiarían más, nos quedamos contentos con mentarle la madre al presidente en cualquier red social o en la sobremesa… así no se pinches puede.

¡Urge leer la Constitución! ¡Urgen comprenderla! ¡Urge ponerla en práctica! No solamente los políticos tienen esa obligación; es nuestro deber cívico como ciudadanos de este país que, itero, lo tiene todo para ser esa gran nación que Vasconcelos soñaba (bendito fascista ilustrado). El hecho de que buen número de activistas lo que prefieren es hacer desmadre antes que conocer las leyes (incluso me viene a la mente un venezolano anarquista radicado en México que debería estar pudriéndose en la prisión en lugar de andar suelto promoviendo sus doctrinas destructivas), nos vuelve a restregar en la cara que somos tremendamente inmaduros, social y cívicamente irresponsables, desobligados para con nosotros mismos y nuestros conciudadanos y, por si fuera poco, tenemos el descaro de victimizarnos a cada segundo, siempre a la espera de algún mesías laico que con dos chasquidos de sus cratológicos dedos resuelva el mundo. Queremos que nos llegue un Obama que no haga las mismas pendejadas que el mulato, queremos un Hugo Chávez pero que no nos racione hasta el papel higiénico, queremos todo excepto hacer algo nosotros. ¿De qué coño se trata la democracia entonces? ¿De qué va esto de que estamos cansados y fastidiados?

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