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Los chingados chamacos y la invención del día del niño

Escrito de Tuzo Pillo publicado el jueves, 30 de abril de 2015 | 02:48

Antes de componer la presente entrada, reflexionaba sobre las nociones que se tienen de la niñez y lo jodidas que pueden llegar a ser. Pareciera que, no sé si por efecto del azar o del tiempo, muchos de los que alguna vez fueron niños ya no recuerdan lo que implicaba encontrarse en esa etapa de la vida. Por doquier, pues es proverbial este encomio extraño de lo joven sobre lo viejo, se escuchan las lamentaciones de quienes echan de menos sus años mozos, como si nada hubiese de bueno en haber crecido. No faltan los que dicen que crecer solamente acarrea problemas, ni los que argumentan que nada puede compararse a la alegría de ser niño. Están los que, haciendo gala de una inefable magnanimidad ilustrada, teorizan sin cesar, promulgando que el niño es niño no solamente por edad sino por su capacidad de asombro, que la imaginación y la creatividad son dones propios de los niños y que la inocencia del niño no encuentra parangón en ninguna parte de la tierra. En suma, se escuchan sandeces a diestra y siniestra sin que alguno atine a poner en orden los farfullos que, en pro de la niñez, pueblan los aires de entornos ociosos y faltos ya de todo anhelo de vida.
     La niñez, sin meter cientificidades que sobren, es ante todo un fenómeno natural. Todo ser viviente, si recordamos esas clases de conocimiento del medio que recibíamos de niños, nace, crece, se reproduce (o lo intenta) y muere. Ser niños es, pues, una realidad biológica y física que no se puede eludir. Si seguimos por esta vía, veremos que es en esta etapa de la vida donde se gestan y comienzan su desarrollo una serie de habilidades y capacidades que, al menos en teoría, servirán al individuo más adelante. Esto en papel y desde la biología suena muy bonito, pero de ordinario es sabido que no son las cosas tan perfectas como el ámbito teórico se esmera en pintarnos. En este período también aparecen muchos traumas y comportamientos que, lejos de ser útiles, pueden ser asaz perniciosos para el individuo y su comunidad, si no se modifican a tiempo (o así va la cantaleta que todavía se repite a todas horas en los programas que te enseñan nada menos que a criar a tus hijos). ¿De dónde vienen estas situaciones que atormentan la delicada alma infantil al grado de transformar a ese pedacito de cielo, querubín o principado, que da la alegría a toda casa, aula o recinto do pisa su tímida y frágil planta en un indómito espíritu engendrado en las profundidades mismas del infierno? Hasta la pregunta es necia. ¡Pues de la experiencia del mundo! ¡De la jodida y execrable aberración que es estar vivo!
Niña cargando energía para liberar un rayo de hectoplasma capaz de desintegrar un macizo rocoso de 40 toneladas.

     Los niños no nacen buenos e inocentes, nacen bestias irracionales, en poco o nada diferentes al cachorro de cualquier bruto carnicero. Sus impulsos primeros son los que la biología les dicta, después es cuando desarrollan una suerte de inteligencia más bien reptiliana que se basa en solamente atender a su bienestar y placer, y únicamente cuando abandonan la niñez es que tienen las características de un ser humano según lo concebimos y lo construimos quienes ya somos adultos. Piénsese, para explicar lo anterior, en la pregunta que sigue. ¿Cuándo los niños comienzan a sentir empatía por otros de su especie? Hasta que se les inculca. Si no se les educa según un ideal normativo social, crecen andando a la flor del berro con la misma animalidad que les acompañaba desde que fueron expelidos de las entrañas de su madre. No son estos pequeños individuos rebosantes de ternura y bondad ilimitadas. La bondad es un constructo de la razón y es ajeno a la naturaleza, de suyo salvaje y primitiva; Kant se los puede explicar mejor que yo aquí. Tampoco, entiéndase bien, polarizo el comentario y digo que dado que no son buenos, son consecuente y necesariamente malos. Podrán actuar mal, mas no con maldad. Son como las fieras, amorales y carentes del sentido ético que pudiera pulimentar o empañar sus acciones y caracteres por igual.
     Por lo anterior es que me sorprende tanta añoranza por ser niño. Entiendo, por ejemplo, echar de menos las capacidades físicas o mentales que se tenían durante la juventud. ¿Quién no lamenta haber perdido la vista con el paso de los años y sueña con volver a ver como cuando era muchacho? ¿Quién no se duele de que su órgano viril ya no perciba los estímulos y, aunque la voluntad lo llame a entregarse al deleite de la carne, se vea imposibilitado en diametral oposición a cuando en su juventud podía ejecutar el coito no una ni dos sino hasta tres veces en el lapso de una noche o tarde? ¿A quién no le atormenta que la memoria se le escape, que la lucidez se le obnubile, que el discurso se le acabe cuando otrora era un grave recitador, memorioso y suspicaz? A esto yo mismo me pregunto, ¿quién puede extrañar ser un mozalbete temerario, impaciente y vulnerable? ¿Quién ha de querer de nuevo ser soso, flaco de carácter y propenso a las más estúpidas acciones? ¿Quién osará sacrificar su experiencia y los placeres de la vida por una eterna noche de simplezas, follonerías e impotencias? Porque si los niños, por un lado, es verdad que encuentran en lo más simple un motivo para admirarse y quedar suspensos, también son el deleznable material por el cual sus padres y otros adultos desquitan cuantos pesares y desgracias la vida misma les ha llevado a padecer. Los niños, por su cuenta, lo saben quizá merced del instinto que aún prima en ellos, no tienen oportunidad en el mundo; no obstante, el adulto ya no está para codificar su bien ganada experiencia en la más básica de las traducciones para que un ser harto menos capaz que él pueda comprenderlo. El trauma resultante todos lo conocemos.
     La idealización del niño como criatura que alberga dentro de sí alguna suerte de naturaleza especial no es sino la interpretación mágica que se pretende dar a la existencia humana. Un niño en sí mismo no es un ser que no pueda, una vez adoctrinado, reconocer el mal ni sus extremos, muy por el contrario, es temerario y prefiere extralimitarse, a ver hasta donde aguantan las barreras que se le han impuesto. Querer protegerles de la realidad es querer proteger nuestros ideales alrededor de ellos, pero en ningún caso es buscar una garantía para ellos. Quien se queja porque los video-juegos, las películas u otra suerte de entretenimiento pone en riesgo la inocencia innata del niño, en realidad se queja de su impotencia al serle imposible encapsular al niño-ser dentro del niño-ideal que ha forjado para el primero. Los niños no son conceptos, sino fenómenos en sí mismos y como tales es necesario dejar de idealizarlos como si nunca hubiéramos estado en su lugar. En lo personal, a mí no me gustan. No me interesa maltratarlos, sencillamente no quiero desarrollar convivencias con ellos; mi capacidad de asombro, mi creatividad e imaginación están lo suficientemente activas y vigentes como para caer en la simpleza de necesitar niños cerca. Son necesarios, pero no dentro de mi vida. Por otro lado, como comentario al margen, pienso que los chingados chamacos tienen que ser tratados con menos deferencia y más rigor adulto, puesto que la meliflua idiocia con la que se les pretende inculcar algo no ha dejado sino los estragos de una naturaleza bestial y fiera, como hemos presenciado en los casos en que, por ejemplo, muchachos estudiantes dan muerte a uno de sus compañeros sencillamente porque les resultó ameno, como si fuera un juego. ¿Nadie ha leído El señor de las moscas? ¿Nadie se ha preocupado por ver a qué edad empiezan ciertos radicales mahometanos a matar…?
Imagen con motivo del 30 de abril, día del niño en México. Nótese que se representa a los negros, los pelirrojos y los rubios, así como a los castaños, pero no hay imaginería que retrate con fidelidad la diversidad indígena del país en cuestión; muchas son las leyes que proclaman la igualdad de todos los mexicanos y la importancia de salvaguardar las tradiciones y costumbres indígenas, así como la de garantizarles a estos grupos las posibilidades de crecimiento y reconocimiento que merecen como cualquier otro ciudadano, no obstante, en frivolidades como la imagen presentada se demuestra que el interés por hacer efectivas estas disposiciones es nulo. Los niños indígenas sufren de más carestías que el resto de los niños del país.

     Dicho lo anterior y en vista de la fecha en que esto se compone, quiero dedicar la última parte de la entrada a reflexionar alrededor del 30 de abril, “Día del Niño” en México. Según esos sabios pero poco fiables cronistas de las calles históricas del país, los que por unos centavos te guían y te explican los acontecimientos que quedaron grabados en la memoria detrás de los monumentos y vías, el 30 de abril se instituyó como día del niño porque Narciso Mendoza, el famoso “Niño artillero”, el 30 de abril de 1811 ó 1812, según sea de efectista o instruido el relator, disparó los cañones que le hicieron célebre y dieron una victoria al bando insurgente que estaba a punto de sucumbir ante las tropas de los realistas en la ciudad de Cuautla. Según esta fábula, el Generalísimo Morelos promulgó que el 30 de abril sería recordado como el “Día del Niño”, no porque se quisiera festejar a la juventud de la asimismo joven y convulsa nación, sino que en efecto buscaba ser una conmemoración del heroico acto de un chaval que, sabe Dios Todopoderoso cómo, descubrió la manera de accionar la artillería y además la de atinarle, sin ninguna suerte de preparación, a las tropas enemigas. El General Felipe Ángeles se debe retorcer en su tumba cada aniversario, puesto que a él le costó sus buenos años en las academias militares el llegar a ser el genio artillero que después fue. ¡Que un mozalbete pordiosero supiera sin escuelas hacer lo que el más aplaudido militar revolucionario es una patada bien fundada en los cojones!
Estatua de Narciso Mendoza, “El Niño Artillero”, en Cuernavaca, Morelos, México.

     Sin duda el cuento es encantador, pero como muchas cosas que se dicen alrededor de la accidentada historia de este accidental país, es un mero comento para impresionar turistas que después vuelven a sus casas creyendo que ya saben algo. Pero vamos a desmembrarlo paso a paso. Primero que todo, Narciso Mendoza no era un niño que a la buena de Dios aprendió a accionar los cañones, sino un artillero instruido en tal arte que, durante el asedio de Cuautla en 1812, abrió fuego a discreción desde su pieza de artillería favorita, un cañón llamado “El Niño”. La edad del soldado, según las fuentes, sí era corta, tendría 12 años, pero el dato es poco fiable; de los historiadores serios que recopilaron los sucesos independentistas, solamente dos, Bustamante y Montero, mencionan a Narciso Mendoza, el primero solo por su nombre de pila y el segundo, declarando que se apellidaba García Mendoza. Los demás historiadores no lo mientan, ni recuerdan el episodio en Cuautla y, peor todavía, entre los edictos y documentos de Morelos no aparece tampoco mención de este joven soldado1. No obstante, sabemos que sí existió y sí disparó una pieza de artillería durante el sitio de Cuautla porque él mismo lo declararía muchos años después, cuando ya era coronel y militaba en el bando conservador a favor del Emperador Maximiliano (a quien Dios tenga en su Gloria), en una carta dirigida al General Juan Almonte:
Recordará vuestra excelencia que cuando fuimos atacados en Cuau[t]la de Amilpas, hoy Ciudad de Morelos, por el señor general Callejas, yo fui quien disparó el cañonazo que valió en gran parte para salir del apuro en que nos encontrábamos, habiendo yo sido herido en este mismo lugar por un dragón enemigo en el brazo izquierdo; y de allí resultó que por tan gloriosa herida se colocara una inscripción que decía “Calle de San Diego y valor de Narciso Mendoza”, por cuya acción fui hecho comandante del cañoncito llamado “El Niño”, con la dotación de los Costeñitos que también estaba bajo las inmediatas órdenes de vuestra excelencia.2
     Queda claro que el día del niño no fue inspirado ni remotamente por el artillero Mendoza, pero entonces, ¿de dónde vino la idea de este festejo de gratuidad incomparable? García Murillo y Soto Páez escriben que se debe a la Declaración de Ginebra y a la incansable defensa de la niñez que hizo Eglantine Jeff. Según los autores, por causa de esta campeona de los niños se acordó en la mencionada declaración que se dedicara, en cada país, un día del año para festejar a los pequeños. En México, se designó esta fecha a partir de 19103. Semejante es la versión de Andrés Medina Hernández, sin embargo propone una fecha posterior, 1924, y atribuye la popularidad del festejo a los medios de comunicación:
Un ciclo de origen reciente, y en estrecha vinculación con el calendario escolar, es el desarrollado a partir de celebraciones escolares y de actos sociales promovidos por las autoridades delegacionales, y reproducidos por las autoridades comunitarias, particularmente por los coordinadores territoriales. Dos de estas fiestas tienen un referente específicamente escolar, la del día del niño y la del día de la madre. Ambas surgen de propuestas promovidas por los medios de comunicación masiva, en particular por diarios de la Ciudad de México, interesados en propiciar el consumo de productos comerciales, con el auspicio de las grandes compañías y las tiendas más populares […] el día del niño, 30 de abril, es celebrada desde 1924, en respuesta a una resolución tomada en Ginebra.4
     Al final, ni gesta ni héroes, los niños son los aciagos depositarios de las esperanzas de los adultos que, fiados en que siempre existirá alguien que cargue con nuestras faltas, preferimos encomendarles a ellos los destinos que a nosotros nos convendría asegurar, y por esto se les ha dedicado un día diferente en cada nación que se traga las convenciones como atoles dados con los dedos. Por eso, haciendo como Fernández de Lizardi al adoctrinar a sus lectores, yo te digo lector amigo que festejes a los niños formándolos para adultos de bien y no para vandálicos rapaces que admiran el narcotráfico y la delincuencia, ¡advierte que se avecina del Universo la fatal ruina! No temas aplicar los rigores al infante, que más rigurosa es después la consecuencia. Los niños no son humanos, es nuestro deber y responsabilidad darles una humanidad.

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