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El mundo con aroma a caldo de barbacoa o desarrollo sobre la necesidad del pillaje

Escrito de Víctor Miguel publicado el lunes, 12 de enero de 2015 | 11:05

No es un secreto, amo la barbacoa y sus productos accesorios. Se trata de un gusto adquirido, como muchas otras cosas en la vida —puede contarse, por ejemplo, el placer por La regenta, la música culta, la historia de España o la cultura étnica (si puede decirse en singular) de México—, pero a la postre termina por ser un gusto, una complacencia, algo que alivia la inexorable realidad sufriente de la condición humana. ¿Por qué hablar de barbacoa y, sobre todo, de consomé de barbacoa? Piénsese que el pillaje y la barbacoa son muy afines, ambos son elementos diseñados para mejorar la vida, para sublimar la existencia, para entrar en contacto con lo más etéreo de la naturaleza humana. También son propiciadores de sentido, resignificadores del mundo, por lo que queda muy en orden delimitar las características intrínsecas —finas y benéficas— de estos portentos.

Consomé de barbacoa, esencia del pillaje. Imagen tomada de Dallas Food, aquí.

     Hace falta, hoy por hoy, volver la mirada a esos momentos solazados en que no importa sino el suculento aroma de un consomé humeante de barbacoa, en cuya vaporosa exhalación reposan todos los bienes del mundo. ¿No ha sido ya suficiente autodestrucción el negarse tan grande y placentero bienestar? ¿No ha bastado para apaciguar las iras divinas tanto sacrificio como es no nutrirse diariamente de la más fina ambrosía que conocen los intelectos del universo? Luego, ¿por qué seguir el derrotero aciago cuando se puede seguir el dichoso? Visto desde el pillaje, no hay motivo para lacerarse así.
     Ante todo, la asociación esencial es la del placer. Pillaje equivale a placer, placer equivale a consomé o caldo de barbacoa. Como si de una fineza extraordinaria se tratara, pillaje y caldo de barbacoa son una misma realidad desde dos planos existenciales igualmente traslapados. La búsqueda de uno conlleva al otro y la búsqueda del otro al uno, una sencilla reduplicación de términos sin más orden que su propia organicidad inherente. Ilústrase la relación mediante la propia fruición del flujo de palabras, cada palabra hace un caldo en sí mismo, y cada caldo es en sí misma una partícula completa e indivisible de pillaje, que al unirse con otras de su misma especie y condición da como resultado exponencialmente una misma partícula indivisible de pillaje. La búsqueda es, entonces, la esencia misma de la realidad contenida en pequeñas cédulas de una realidad superior, un tejido compuesto por caracteres de mayor elevación que terminan por confrontar la materialidad del ser en una cuántica resolución innumerada de positivas reacciones existenciales. Dicho de manera sencilla, el ser en sí mismo de suyo está vacío hasta que encuentra el pillaje en su vida a través de la palabra, ésta se transforma en puro consomé de barbacoa que dota al ser de esa esencia natural que lo convierte en ser; si el filósofo se pregunta por la definición de ser, el pillaje responde consigo mismo. El ser pillaje, como definición, es la solución única de la problemática filosófica-ontológica largamente planteada por la contemplación vacía y sin consomé de barbacoa.
     Cuéntase que antes, cuando nacía un nuevo miembro del órgano social, los sabios del lugar se reunían en torno una gran caldera de consomé de barbacoa, tras aspirar su vaporosa naturaleza, entraban en contacto con el pillaje y entonces decidían el nombre del recién llegado. La época contemporánea con su neoliberalismo y comunismo carentes de sentido ha perdido la sana costumbre del pillaje, la misión humana se traduce entonces en voltear hacia esta única realidad trascendental. Derrida, por ejemplo, yerra al proponer que las relaciones unívocas en la semántica saussuriana están determinadas por una visión falocéntrica y profundamente franca; las relaciones son universales en sí mismas, como la esencia del pillaje es en sí misma universal. La gramatología estaría completa si se desnudara de la pretensiosa fórmula de tergiversación general que Derrida aplica para encubrir su propia deshonra: haber renunciado al pillaje, así de monda y desnuda es la realidad que le aqueja. En su lugar, se ha encerrado en el ciclo vicioso de la palabrería sin sentido, ha criticado el pilar que lo convierte en sí, ya que ha perdido la identidad al perder el pillaje, y ha negado la ecuménica necesidad del caldo de barbacoa.
     Falta, entonces formular la conclusión definitiva: el pillaje es lo único que prevalece, en manifestación y en esencia, y por ende es la única posibilidad de trascendencia del humano. Derrida, que se ha separado de esta realidad, únicamente puede aspirar a la platónica sombra del conocimiento real del ser, y por ende no puede gozar del caldo de barbacoa.
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