Día de la ira


El día de hoy, queridos lectores y amigos, vengo emputadísimo a escribir una iracunda invectiva contra las llamadas de empresas que intentan vendernos o de alguna forma obligarnos a pagar por un servicio que poco o nada nos importa adquirir, y que la mayoría hace agosto al incendiar la ambición desmedida con prometedoras sumas de dinero a cambio de la desgracia ajena. En efecto, escribo en contra de las ventas de seguros por teléfono. Con las nuevas tecnologías, el trato humano se ha vuelto cada vez más escaso, ahora todo lo podemos hacer a distancia —o casi todo— y, para qué quejarse o satanizarlo, en honor a la verdad es mucho más cómodo y efectivo que moverse de un lugar a otro, lidiar con las largas filas de espera y con trabajadores que odian su vida. El 90% del tiempo, estas cosas salen mejor por lo virtual. No obstante, algo que hemos olvidado es la importancia de tener una firma, una presencia real y un detenido conocimiento de lo que contratamos. Hoy día cualquier empresa se comunica con nosotros, corrobora unos cuantos datos y nos empala con un costo que no sabemos en qué momento endemoniando es que accedimos a pagar. Ahora bien, cuando queda claro que queremos el servicio, ni manera de quejarse, pero cuando no lo queremos ni nos interesa dar razones por las cuales no lo queremos es el momento idóneo para despotricar, mentar madres y promover el odio contra el vecino.
      Hace unos minutos, justamente mientras pensaba qué compartir en este espacio que no he querido abandonar dada la gran actividad que ha tenido durante el último año, recibí una llamada telefónica en casa de mi tía. Como durante la mañana el auto de mi madre dio algunos problemas, contesté pensando que quizá fuera ella que necesitaba algo —uno no sabe nunca y cuando se trata de la familia yo soy bastante protector—, a más de uno le parecerá ridículo entonces que me enconara tanto contra una venta de seguros de vida… En fin, a lo que iba: a Dios gracias la llamada no era de mi madre sino que provenía de Inbursa, una psuedo sociedad bancaria que subsiste, entre otras cosas, gracias a sus seguros de todo tipo (a veces son útiles, hay que reconocerlo, ellos me han asegurado todos los iPhones que he tenido). El encono me vino cuando me pidieron datos y luego, en automático, me estaban diciendo que ya había activado un servicio. Grité como suelo hacer para amedrentar a la gente que se lo gana y explícitamente declaré mi rechazo por el servicio, por sus costes y por cualquier suerte de contratación, aduciendo que ya había dejado en claro que solamente estaba recibiendo información. El ejecutivo de ventas, un puñetas con voz de pito, se indignó (fue notorio en su vocecilla de eunuco) y me dijo: «Está bien, no va a pagar nada, ni va a quedar asegurado».
     Cualquier mortal ramplón, podría pensar «pues ganaste, ¿de qué te quejas?». Ahí está el error de muchos, lo que diferencia al hombre de la bestia: para el lerdo y poco informado, esta declaración habría bastado para apaciguar cualquier ánimo y creerse vencedor, pero los que tenemos una larga experiencia lidiando con empresas, sabemos que no van a dejar ir un craso ingreso individual así de fácil. Si no fueran unas bestias ávidas de riquezas que no se acaban, no serían empresas (eso me lo enseñó mi alma máter, a la sazón, una fábrica de cerdos ávidos de dinero). Llamé al teléfono que me proporcionaron, donde exigí que se me diera de baja del servicio, aduciendo que rechacé explícitamente cualquier contratación. De nuevo, a escuchar los múltiples beneficios que el gasto mensual va a traerme cuando mis parientes mueran víctimas de los designios caprichosos de Marte o de cualquiera otro de los olímpicos. ¡En qué asqueroso mundo vivimos! Puede ser que me encuentre enfrentando una difícil situación económica; puede ser que tenga mil deseos que una gran cantidad de dinero puede granjearme sin problema, puede ser incluso que todos lo que he querido en la vida me llegue con el cobro del seguro, pero si para todas esas frivolidades le tiene que pasar algo a mis familiares, prefiero que agarren todos mis deseos y se los metan por el culo al marrano de Slim hasta que le salgan por su cancerosa próstata. ¡No me interesan más seguros! Y me interesan aún menos cuando me pintan cuán rico y opulento viviré no bien le pase algo a los míos. Para mí no hay mayor riqueza que el bienestar familiar. Ya tenemos un buen seguro que nos ampara, no necesitamos más mercadeo diabólico auspiciado por Mammón. Y aquí vuelvo a lo que decía de lo presencial, antes tenías que firmar de puño y letra para adquirir esta madre, ahora con sólo responder el teléfono te dicen que ya aceptaste a que te cobren, sin declarar beneficiarios ni explicar cómo es que, si algo te pasa, los tuyos no van a necesitar de absolutamente nada. Todo es truco enfermo para incendiar los ánimos de poseer. Es una invitación al crimen de Caín, disfrazada de una inofensiva campaña telefónica. ¡Me das asco, Inbursa!
     En fin, el caso es que para ganar verdaderamente tuve que repetir una y otra vez que no quería nada, hasta que mi terquedad fue mayor que la de la pobre ejecutiva que se vio obligada a atenderme. Me pesa mucho que estas personas, haciendo su trabajo, tengan que incurrir en formas tan sucias de lograr una venta. Están trabajando, eso lo entiendo y lo alabo, lo que no alabo es esa intentona de engañar a los potenciales clientes. Yo de ordinario soy un sujeto muy pacífico, pero estos días ando de un bélico infinito, y les tocó la mala suerte de toparse con este período mío. Ahora sí he ganado: tengo un folio de baja preventiva y varios nombres contra los cuales despotricar y exigir punición. No pienso hacer esto último, sencillamente llamaré loco de ira si veo el cobro de esta chorrada en estados de cuenta futuros (ya hay un folio, el folio todo lo puede). Si alguno se pregunta por qué no buscarle pleito a los responsables de este coraje, mi respuesta es sencilla: no me interesa causarles broncas sino restablecer el orden universal roto por su llamada pitera; soy la encarnación de la justicia divina, la tragedia en su más prístina y exquisita forma (me gusta hacerle a la mamada, también). Por último, amiguitos, dejo un consejo para quien le interese: en cuanto escuchen que les llaman para informarles de un nuevo servicio, cuelguen.
Vale.

2 comentarios :

  1. Compartiendo a mil, en cuanto pueda tener facebook de nuevo me pondré a bombardear a la raza. ¡No sabrán ni qué les pegó! Ja ja ja ja ja

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