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Casos tormentosos y horrendos. Una aproximación apenas sensible a dos mujeres

Escrito de Víctor Miguel publicado el jueves, 22 de enero de 2015 | 10:04

El título de este pequeño artículo o, por mejor decir, de esta opinión es poco menos que mentiroso. No puedo, aunque lo quisiera, realizar aproximaciones a dos personas que, si conozco es apenas por los artículos periodísticos, muchos de ellos pensados para nutrir el morbo popular, y con quienes ni siquiera he cruzado palabra —cabría destacar que mis intenciones de hacerlo son, asimismo, nulas—, pero no he querido caer en el tópico de llamarles «víctimas» por motivos bien personales y es que la palabra me causa una sensación muy incómoda cuando se aplica a quienes han padecido alguna clase de abuso (palabras tremendamente suaves para lo que pretenden designar). Convencido en verdad de que la voz ha perdido su carácter neologista por el exceso de empleos carentes de acierto, he preferido en mi uso personal —por ende, en el que se observa en este espacio virtual— reservar para referentes específicos y harto más asociados con la intención primigenia de la palabra esa denominación, «víctima». Sin embargo, es verdad que mi conocimiento de la lengua española, como todo conocimiento en realidad, llega a verse limitado por impedimentos tales como no haberme dedicado, hasta el momento, al estudio cabal de la etimología, de la morfología o de la filología de aquellas lenguas que, andando el tiempo, nutrieron la nuestra y la configuraron del modo que hoy la vemos. Soy grande entusiasta del latín, es verdad, y sin embargo serlo y saber dos o tres tonterías en nada ayuda a confeccionar una palabra «nueva» para aludir a eso que hoy damos el nombre de víctima pero que, si nos remitimos a su sentido inicial, nada tiene que ver con lo que hoy le asociamos o la manera en que le definimos. Explicadas las razones por las que me he decidido a mentir en el título de estos comentarios, creo acertado entrar en la materia.
     Sepa quien lee que las dos mujeres son Natascha Kampusch y Christy Mack. Sobre la primera se ha escrito y dicho mucho, aunque sobre todo en el universo anglosajón y germano; a nosotros los hispanos, aunque me sospecho que a los latinos en general, poco o nada nos ha tocado conocer sobre el caso, a pesar de que la autobiografía sí que ha sido traducida a nuestra lengua y, como de ordinario acontece, goza de excelente acogida entre los lectores que gustan de las historias crudas pero se saben refinados en demasía como para acudir a las alarmas u otras publicaciones de menor categoría. En fin, como breve esbozo de las cosas, que mi intención no es aquí decir lo que ya tantas veces se ha cacareado por la red y en un libro nada despreciable, que esta mujer Natascha fue secuestrada a eso de los diez años y antes de cumplir los veinte se escapó del cautiverio. Situación terrible y dolorosa, sin duda, la suya; lo formidable y horrendo, sin embargo, no se acaba con su libertad y la muerte del secuestrador, un perturbado técnico de apellido Priklopil, no, las pesadillas del mundo cotidiano, no menos real que el extraordinario, apenas comenzaron para ella entonces, cuando la gente la esperaba débil y sumisa y, en lugar de esto, la encontraron fuerte, hambrienta eso sí, pero de vida, de superación y, habría que señalarlo, también de fama. Su fortaleza no inspiró a muchos, como ella misma ha compartido ante diferentes medios, muy por el contrario le ha granjeado el desprecio de muchos, incluidos los leguleyos de su natal Austria. ¿Por qué pasarán estas cosas? ¿Por qué será que necesitamos que el desposeído, el abusado, el paciente en toda su etimológica extensión, se mantenga eternamente inmerso en la desgracia para que le profesemos algún dejo de buena voluntad y una gran cantidad de lástima enlatada y lista para hacer las veces de presuntuosa piedad y filantropía? ¿Qué hay de malo en quien supera, en quien ante la más terrible de las adversidades de las tripas hizo coraje y del coraje corazón y alma para soportar lo que nosotros desde nuestra comodidad no alcanzamos siquiera a imaginar en su extensión plena de infernal punición inmerecida? La verdad es que no lo sé decir, no sabré yo en todo lo que saber digo formular una respuesta satisfactoria como no sea volver a invocar la protervia humana, tan solícita a vapulear la opinión sobre quien, si fuéramos proclives a la justicia, dejaríamos vivir en el rincón de su hogar con los suyos y sin más intromisión nuestra que un saludo bienintencionado y cortés, más urbano que obligado y harto más obligado que pensado para necesariamente hurgar en la desdicha ajena. Más concisa y, con ese laconismo determinado que parece haber esculpido su carácter durante el infame cautiverio, ha dicho Natascha:
La gente solo ama a las víctimas cuando se puede sentir superior a ellas

     ¡Quién se atreverá a cuestionar que ansí sea en verdad, oh Dios, que nuestra condición humana apenas nos ayuda a dejar un paso atrás la miseria cuando nuestros mismos congéneres y no otros se apresuran a amenazar nuestro avance con todo género de iras y peligros! Si algún pecado puede imputársele, y mucho mal hago haciendo señalamiento semejante, a Natascha es haber complacido a la masa que anhelaba saber, el morbo carcomiendo sus entrañas, cómo habrían sido esos años de prisión forzada, de violencia corporal y espiritual, de oscuridad y hambre, de resiliencia y estoicismo y muchas lágrimas ansiosas de la muerte. No acuso, ni quiero, el provecho económico que ha sacado de su propio dolor, que mal estuviera que otros lucraran, como sí han hecho, con ello; ya sufrió ella el látigo, justo es que se quede el oro. No obstante, pareciera que quienes han seguido el caso desde que se volvió sonado también a más recientes fechas han querido que se acaben las palabras al respecto. En el año presente mucho más ya no se dirá, si no son reflexiones tardías como las que aquí vas leyendo. Si por una parte Natascha es ejemplo vivo de los giros que da la vida, de los caprichos de Fortuna y de cuán vano es llorar por el cautiverio pasado cuando la libertad presente regala nuevas y diversas formas de contento, por otra también es objeto de duda, de encono, de desprecio y de imputaciones que —¡claro! Ya es una adulta— la podrían conducir a purgar nuevo encierro en las cárceles austriacas, y es en llegando a esto cuando cabría pensar ¿y si se le deja en paz? ¿Qué pasaría si quienes tanto exigen que se calle, que desaparezca de la escena pública y se resguarde en la casa que le fue prisión para no salir, nueva reclusa por propria voluntad, a la luz pública de nuevo dejasen de atenderla, de escucharla, de leerla, de buscarla y de mirarla como a monstruo de la naturaleza? ¿No guardaría, entonces, silencio si todo es motivo del hambre de fama? ¿No seguiría ella hablando si todo es necesidad de la traumática experiencia? Padece Natascha trabajos más horripilantes lidiando con la gente que siempre ha sido libre; mal empleado tenemos entonces el no hallarnos en la trampa de un sótano semejante al que fue suyo.
     El otro caso, el de Christy Mack, por no apasionarme tanto como el de Natascha, apenas lo esbozaré y plantearé lo que me parece está en orden. Ocurre que esta mujer, actriz del mundo sicalíptico, había entablado una relación supuestamente amorosa con un luchador de artes marciales mixtas. Engañole ella a él por motivos que solamente a quien determinó hacerlo le conciernen y él en venganza casi la mata a golpes. Barbarie inhumana la del fuerte que se da el lujo de sentirse afrentado por alguien que defenderse no puede; sin embargo, también en contra de Christy han llovido los desprecios. Verdad es que su infidelidad puede ser reprobable, pero no es justificable el daño que ha recibido por un arranque criminal de ira. No obstante, sobre ella no habla ya nadie, a ella no le hicieron ni le harán película como a Natascha. ¿Cuánto dolor estamos dispuestos a soportar en el prójimo para dolernos nosotros? ¿Cuánto pesar tenemos que cargar en las espaldas ajenas antes de valorar la paz universal? Urge que se nos agote el egoísmo, que se nos acabe la impaciencia y que de nuevo tengamos hambre de quedar tranquilos y en paz. No tengo mucho más para decir sobre este segundo caso, salvo que la hipocresía nuevamente ha reinado y lo que no fue craso alimento para la maledicencia, cayó y calló para no hablar nunca más.


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