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Algunos aspectos alrededor de la noción de la hipercorrección en la lengua hablada

Escrito de Víctor Miguel publicado el miércoles, 21 de enero de 2015 | 01:17

Leía lo que compartió un ávido lector del mundo del blog y pareciome pertinente que debía componer algo al respecto, más por lubricar los engranes de la actividad del sitio que por ofrecer una postura que llevara la contra. Es verdad que no es fácil el asunto de adentrarse en los vericuetos de la lengua, que está siempre en movimiento y cambio, sin embargo vale la pena intentarlo (ya don Amando de Miguel se ha lanzado, con buena ventura, a hacer esto con frecuencia; aquí que de vez en cuando se reflexione de manera semejante puede ser bien). Ante todo, el eterno asunto de referir a otros espacios y momentos, lleva a confesar que lo que leía sobre la hipercorrección apareció en esta parte. Ahora bien, como comentaba con otro de los autores de este espacio, si de algo me precio después de tantos años de estudio ininterrumpidos es de haber desarrollado una suerte de método para tratar, con aura de académico, aquello que me place, y lo primero es la definición, sin ella andamos a ciegas, sordas, mancas y cojas, luego no andamos en realidad. Por ende, conviene ante todo dar respuesta a la interrogante ¿qué es la hipercorrección? Bastará acercarnos a alguna definición bien documentada para salir del embrollo. Victoriano Gaviño Rodríguez la define así: «es un error frecuente del habla coloquial cuando el hablante intenta acercarse a una pronunciación que considera correcta, sin serlo realmente»1. Los ejemplos aducidos para el caso por el autor son de mera epéntesis, aunque la intención, como queda dicho, no es retórica y se deja explícito que se trata de un comportamiento sistemático y orientado a un fin específico. Ahí radica lo esencial de la hipercorrección, y es lo que no he visto en la entrada que he referenciado: la intencionalidad. Es muy difícil, es verdad, determinar qué es lo que se tiene delante, ¿es un mero equívoco que se repite? ¿Es hipercorrección genuina? ¿Es otra cosa? ¿Podríamos, por ejemplo, decir que el uso de probe por pobre es siempre hipercorrección? ¿Influye el contexto del hablante para determinarlo? Responder a estas interrogantes en conjunto parece lo más adecuado. A mí parecer se trata, en efecto, de un fenómeno propio por completo del ámbito pragmático, ¿por qué? Básicamente porque no todo equívoco al hablar se origina en querer hacerlo bien. Como bien apunta Gaviño Rodríguez, bacalado por bacalao es un ejemplo ilustrativo; yo añadiría que además influye quién lo enuncia. Ciertamente el vasco de montaña que rara vez emplea el castellano dirá bacalado no como forma de corregir lo que asimila un error, sino como el único vocablo que conoce en dicha lengua para referirse a ese objeto específico si todos los demás hablantes de su pueblo hacen lo mismo; no ocurre esto con el hispanohablante que aprende en su niñez a decir murlo y se enfrenta a hablantes que dicen muslo, en cuyo caso hay una experiencia plena de la lengua y una confusión por la forma correcta. Es hipercorrección, por ejemplo, el empleo confuso de los verbos ser y estar por parte de extranjeros que no dominan bien el español; personalmente he escuchado el caso de rumanos decir estoy rumano y soy en México, y persistir en este empleo aunque escuchan a los hablantes nativos de español decir soy uruguayo o estoy en Italia, algo parecido comenta Dante Liano2.
     En la entrada de Victoria no hay mayor preocupación por la epéntesis por hipercorrección y yo creo que hace bien, porque el tema es escabroso y muy difícil de zanjar. Comentaba yo en su blog que el paragoge es un arcaísmo, me sostengo en lo dicho: «En la segunda persona del singular del pretérito indefinido alternan las formas con –s y sin –s (analogía/etimología): trocaste, trujiste, tuviste, venciste, viniste, viste/cantastes, distes, etc.»3, aunque he de reconocer que tiene razón cuando menciona que se trata de un «contagio» entre segundas personas, no obstante dicho contagio era aceptado y hasta promovido por la norma culta del XVII (revísense los textos de Quevedo, Góngora, Cervantes, Lope o Calderón para encontrar ejemplos) y solamente hasta el XVIII se consideró vulgar, en favor de la conservación etimológica que por entonces regía las prescripciones académicas. Sigue, no obstante, sin aparecer esto como evidencia de una intencionalidad culta excesiva, para que sea tal es necesario «un acto de reflexión, de la búsqueda consciente de una forma X de la variedad estándar de la lengua meta»4. En este sentido, como bien apunta Zimmer, hay también una clara noción de prestigio, de autoridad y de superioridad en el empleo de formas correctas y cultas, lo que denota que también hay una necesidad de trascendencia en el plano social.
     A manera de conclusión resta solamente insistir en que la hipercorrección es un equívoco nacido de la necesidad de no equivocarse, una chusca ironía que vale la pena analizar con tiento cuando se presenta, ya que es la intención y no la forma equívoca la que nos permitirán reconocerla. En este sentido, no estamos exentos de cometerla los hablantes nativos de un idioma, incluso me atrevo a aseverar que es un error propio de los hablantes cultos, que al extremar precauciones pueden llegar a caer donde no querían. No existen los hablantes ni los redactores perfectos, por eso conviene ante la duda revisar el diccionario, la gramática o consultar algún libro, aunque también estas fontecicas de conocimiento pueden llegar a equivocarse. La lectura atenta y constante, como en muchos otros casos, es el mejor remedio para esta problemática; al final también es mejor pecar de exceso que de falta.

Estatua de Alfonso X, el Sabio. Fotografía de la A. P. PRO. L. E.


    1Español coloquial. Pragmática de lo cotidiano, 2008, p. 55 en nota.  «
    2Lengua y literatura española e hispanoamericana. Los últimos diez años, 2004, p. 79.  «
    3Juan Gutiérrez Cuadrado, «La lengua del Quijote: rasgos generales», 1998, p. 3.  «
    4Tanja Zimmer, El español hablado por los afrocostarricenses, 2007, p. 258.  «
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