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¿Usted es Wildenberg?

Escrito de Víctor Miguel publicado el viernes, 27 de junio de 2014 | 14:01


No es raro que en los edificios de departamentos los vecinos sepan poco unos de los otros; en realidad, no es raro tampoco el otro extremo: que los vecinos sepan todo los unos de los otros (y los incómodos vacíos de información se llenen con la siempre oportuna intervención de la imaginación, que para tales menesteres fue inventada). Lo que sí es muy raro en estos días es que existan vecinos que se den a la tarea de entablar amistad con los demás, que se preocupen por saber quién es o quiénes son esas personas que cohabitan en la misma estructura pero en zonas separadas. Y aunque parece una sana manera de desarrollar una vida común pacífica y segura, la verdad es que las más veces es lo más pinche enfadoso y molesto del mundo. ¡Me caga saludar a la gente! ¡Me recontracaga socializar! ¡Me archirrequeterrecontracaga verme comprometido, por la mera casualidad de ser vecinos, con gente que no me cae bien, no me importa y con la que espero no tratar más que lo mínimo indispensable por el resto de mi vida!
      Uno pensaría que un saludo es algo buenamente diseñado para evitar estas reacciones y, de hecho, hasta para suavizar lo «verdaderamente» incómodo. El típico caso del vecino que va a pedir azúcar al departamento de al lado es un ejemplo; con una relación cordial de por medio, la petición de un poco de azúcar (o cualquiera otro consumible doméstico que, podríamos decir, por una situación de emergencia no está disponible en algún hogar) parece menos interesada y utilitaria, no obstante a mí me ultramegapatea las bolas tener que tratar bien a la gente por lo que se me pueda ofrecer en el futuro. No me gusta la gente y prefiero no ligarme a ella si no es absolutamente necesario, más todavía, no me gusta ligarme a ella a la espera de algún beneficio a largo plazo. ¡Las personas no son fondos de inversión bancaria! Si quisiera beneficios a largo plazo (y lo he hecho ya en el pasado), iría a mi institución financiera y solicitaría un plan de rendimientos altos a bajo riesgo y tantán. Sobre esta misma línea, lo ojete del asunto es que entonces yo me convierto en la posible inversión para el vecino, ya que éste se piensa que puede venir a incordiarme buscando azúcar cada vez que se le dé la rechingada gana. Dichoso es mi caso porque cocino poco o cada ciertos meses, por lo que a veces tengo de todo en mi despensa y a veces sólo tengo un garrafón de agua y mucho alcohol. Esto me lleva a la segunda gran molestia que supone relacionarse con la gente: la información. Cuando un vecino viene a pedir azúcar, asume que la persona que recibe su petición cuenta, entre las curiosidades de su haber, con dicho producto; sin embargo, cabe la posibilidad, por infinitesimalmente mínima que sea, de que esa persona no consuma azúcar y, por ende, no tenga (los motivos son muchísimos: desde la temida y horrenda diabetes hasta la parquedad de una vida sin edulcorantes porque así es más fácil aborrecer todo y a todos). Entre vecinos que apenas se conocen, se trata de una empresa azarosa, ¿quién no tiene azúcar? Bueno, yo gracias a Dios, me cuento entre los bienaventurados que no la consumen consuetudinariamente sin estar enfermo. Si llega un vecino, con la pena le diré que no tengo azúcar, pasaré por tacaño y se irá, con una alta probabilidad de que nunca regrese a incordiarme, ¡un triunfo! Pero si se trata de una estratagema fraternal, pensará que se trata de una artimaña para guardar secretos (que a la postre a todo el mundo le debieran valer madre) y luego intentará conversar en el pasillo, inquirirá por qué no tenía azúcar y aún querrá compartir el motivo por el cual me la pidió (cosa que no me importa; por mí la puede usar para untársela en la panocha a sus hijas o para hacerle un amarre de amor lésbico-gay a su abuela moribunda, ¡me vale verga!) y entonces querría obligarme a compartir mis intimidades, mi modus vivendi y otros datos que guardo celosamente para mí porque aborrezco a la gente. Por último, lo más cagante de todo, es que la gente quiera hacer las veces de perro guardián y solamente se fije en lo que uno hace de la puerta para afuera. Como un respetado y veterano putañero, esto me causa dolor de páncreas; no es asunto de la gente qué mujeres ni cuántas entran a mi casa para marcharse al día siguiente, en algunos casos, o unas cuantas horas después en otros; no es problema de mis vecinos cuántas personas caben en mi sala, máxime si ellos no están pagando por participar en las orgías de fin de semana que me ayudan a poner comida en la mesa de mis tres esposas y mis cuatro hijos (soy un individuo responsable); no es problema de mis vecinos la hora que me levanto después de una bacanal en Villa de Santiago y no tienen por qué chingados tocar mi timbre si no están pidiendo azúcar, porque sus saludos sólo me harán más huraño después.
     ¿Es que la urbanidad tiene que ser hipócrita? Pues yo opino que no. Podemos tener conciencia plena de la existencia del otro sin incordiarlo. ¿Qué tal si, agobiado por el vacío de mi existencia libertina y carente de sentido, un día decido suicidarme y estos cabrones azucareros lo evitan, preocupados por mí? ¿Qué tal si decido volverme terrorista y estos pendejos dan con las bombas nucleares que guardo bajo la cama? ¿Qué tal que sencillamente soy un arisco y solitario lector que no quiere contacto con nadie porque está más feliz cagándose sobre todo lo que es y no es en un blog sin más utilidad que la de, precisamente, limpiarse el culo? Entonces, ¿por qué chingados me vienen a jeringar cuando estoy desollando la zorra? Joder con la puta conciencia social de la pendeja gente…
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+ comentarios + 3 comentarios

22 de abril de 2015, 23:27

¿Tres esposas y cuatro hijos? No me extraña que no quieras saber nada del mundo, amigo. Te entiendo, pero no iré a pedirte azúcar. Te dejo un abrazo en el pasillo.

22 de abril de 2015, 23:27

¿Tres esposas y cuatro hijos? No me extraña que no quieras saber nada del mundo, amigo. Te entiendo, pero no iré a pedirte azúcar. Te dejo un abrazo en el pasillo.

23 de abril de 2015, 22:04

@José Juan Picos FreireJo jo jo. A que es un caso escalofriante. Es muy curioso cómo nació esta entrada; ese día, en efecto, habían ido a llamar al departamento muy temprano por la mañana, con la buena y santa intención de presentarse los nuevos vecinos. Es un detalle que no se suele ver estos días, sin embargo, siempre le queda a uno el escozor de preguntarse ¿por qué tan de mañana? Por aquel entonces el blog no había tomado tanta forma, era un proyecto bastante abandonado… En fin, desvarío. ¡Gracias por pasarte y leerlo, estimadísimo José Juan! Tus comentarios siempre me dejan una sonrisa. ¡Un abrazo de vuelta!

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