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Las trampas de la infé

Escrito de Víctor Miguel publicado el lunes, 23 de junio de 2014 | 16:30

Últimamente la reproducción parece una epidemia. Parece que el ser humano tiene más genes de roedor o lagomorfo que de homínido, porque no le da tregua a la procreación. Este asunto es terriblemente escabroso, porque por una parte el instinto y la razón no se pelean, en ambos casos se quiere sexo sin moderación y, a ser posible, diariamente; pero, ¿es siempre el objetivo el placer? ¿Es siempre el objetivo la perpetuación de la especie? Muchas personas en la actualidad parecen desear hijos; el motivo o el conjunto de motivos escapa a mis capacidades. Tener hijos es una responsabilidad demasiado grande como para cargar con ella, rara vez existe la soledad en este asunto (la crianza no es cosa de pareja sino de grupos, razón por la que muchos solteros con descendencia invariablemente recurren a sus parientes para sacarla adelante… existirán sus excepciones, sin duda); no obstante, ¿es la superioridad numérica la que dictamina el éxito de esta empresa? A mi entender, es la madurez para aceptar que reproducirse es un hecho que condena a los progenitores a ocuparse de una criatura que necesita una construcción psicológica al tiempo que un apoyo para el desarrollo fisiológico, en otras palabras, que hay que criar en todos los ámbitos, desde la descuidada moralidad de nuestro tiempo hasta la milenaria necesidad de comer.
     Los motivos para sacrificarse así no me resultan del todo claros; por lo general se invoca el amor, aunque después las acciones en la paternidad desmienten esta invocación, por demás genérica para zafarse de ofrecer cualquier respuesta inteligente que se exija. Algún interés existe en el ser humano para traer al mundo a otros que, sin culpa ni opinión, son arrojados a un mundo que no comprenden, que no les gusta y que no tienen necesidad de tolerar. Los hijos son una responsabilidad que los padres, en la mayoría de los casos, buscan pero después, de nuevo en la mayoría de los casos, demuestran que no estaban preparados para ello. Nunca piensan en los problemas económicos, en los problemas psicológicos y en los impedimentos sociales, materiales y espirituales que supone la procreación; se quedan, en cambio, en el panfletito de felicitación que entregan en los hospitales y en la fiestecilla que el mundo les arma para después abandonarlos a su suerte. Los hijos que todo el mundo aplaude son los mismos que después ni los mismos padres quieren.
     Estos hechos y mis cercanas experiencias me han llevado a concluir que tiene hijos sólo quien carece de una vida plena o no ha medido los alcances de semejante acción. Para el caso, es una situación que amerita piedad y aprendizaje. La falta de castidad nos ha llevado a estos dilemas. En general, la conclusión a modo de moraleja que se pretende es la siguiente:
No tengas hijos si no tienes consciencia plena de lo que implica.

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