Reflexiones

Escrito de Víctor Miguel publicado el jueves, 27 de marzo de 2014 | 22:35

Antes de irme a vivir a Monterrey, tuve mucho miedo. No quería irme a esa ignota tierra donde no conocía sino pocas locaciones; era un monstruo de ciudad que me aterraba y, en medio del desierto, helaba mis huesos con un frío espectral. No quería que pasara el tiempo, pero no podía evitarlo. Una estúpida, cuya tinta miserable ha maculado a traición mi nombre, me dijo que fuera partícipe de un insustancial relativismo, quizá creyendo que mi aversión al tiempo era vanidad. Lo cierto es que entonces preguntaba yo menos que ahora. Y me fui y me perdí en las luces nocturnas de Villagrán y Madero y Colón. Luces que llenaron mi corazón con tantos motivos como poemas dediqué, torpe el estilo, a cada rutilante astro que la noche arrojaba a mis brazos para mi deleite. Pero el cielo de esa ciudad —y de mi país— ya no brilla con estrellas ni con luz de día, en su lugar el cielo se ha desplomado sobre nosotros y ha aplastado a los que con más pasión lo contemplaban. México es una tierra sin cielo, muerta desde las entrañas; y ahora tengo miedo de no saber dónde estoy. Me siento extranjero perpetuo, no importa dónde voy, porque mi patria ya no lo es y la que nunca lo ha sido, ¿cómo podría ser?
Me angustia mi nación. Me angustio yo.
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