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De resignatione

Escrito de Víctor Miguel publicado el lunes, 13 de enero de 2014 | 22:52

Cada cierto tiempo, la vida de un hombre se vuelve un pequeño cúmulo de resignaciones que poco a poco se van diluyendo en otras de mayor tamaño. A veces, las resignaciones acumuladas terminan por hacer explotar al sujeto en cuestión, otras simplemente pasan de ser una intolerable agonía a una cansina pero constante retahíla de molestias menores que, a la postre, pierden importancia, como le pasa al resto de las cosas alrededor. Cuando se llega al primer momento, convulso, explosivo, generalmente se es joven; cuando se llega al segundo, exhausto, melancólico, se es viejo y la vida no alberga ya demasiadas sorpresas, antes bien la sorpresa es no lidiar con resignación alguna.
     Los últimos meses, con denodado espíritu burgués, me he dado cuenta de que la vida —mi vida— se ha convertido en una cotidiana carga de resignaciones que poco a poco van robando las ganas de sonreír a mis fuerzas, y en lugar de una esperanzadora carcajada, me arrancan un hastiado suspiro, un deseo de abandonar el agobio de la vigilia y entregarme por completo a la evasión del sueño. La gente que vive deprimida suele dormir más, porque despiertos las insuficiencias químicas les destruyen la vida. Yo ciertamente disto de la depresión, pero la angustia de los últimos años sumada a mi poca tolerancia a la frustración no me ayudan al momento de enfrentarme a nuevos terrenos. Lo nuevo para mí suele ser incómodo y, aunque en el momento la sonrisa se muestra mi aliada, al cabo me abandona y me quiebro dolorosamente. Todavía no entiendo cómo se fluye con la corriente. Tampoco es que todo tenga que hacerse de acuerdo conmigo, pero ciertamente yo prefiero el control y la predicción a la incertidumbre y a la sorpresa. Soy una persona pasmosamente aburrida, pero el aburrimiento para mí es vital, es necesario, me ayuda a compensar los momentos de incertidumbre con los que tengo que lidiar cuando me agobian los episodios de angustia.
     Hoy es uno de esos días que traen angustia tras angustia, del orden más execrable: el que produce resignación. Pareciera que las malas decisiones de hace una semana todavía me persiguen, enmascaradas como demoníacas visiones nuevas y terribles de lo que no se puede hacer. He perdido, es cierto, la voluntad de pelear y buscar el otro camino, si el asunto no sale, prefiero que no salga y cambio de rumbo. Un poquito el problema de la soledad en tierra extraña es la que me mueve a sentirme de esta manera; un poco también es el hecho de que termino por no saber qué estoy haciendo en el mundo, ni si lo que me depara el futuro será algo que me ofrezca algo más que resignación. Yo no estimo tesoros ni riquezas, escribía la monja de Asbaje, sin embargo, ya desde hace tiempo tampoco me causa contento poner riquezas en mi entendimiento. Sencillamente las cosas dejan de tener brillo, el día es igualmente enfadoso con Sol o sin él; las interacciones con personas desconocidas se vuelven un lamento, un gemido, un sentir lástima por el otro porque sé que, en el momento en que me mire a mí mismo, no voy a ser capaz de seguir en pie y me voy a quebrar nuevamente, con el agregado de que me sentiré perdido en ese inmenso vacío del que Pavese escribía en su triste confrontación con la muerte. Me disolveré en el gorgo y eso, aunque me aterra, también me causa una pálida resignación que no tolero. Marcho hacia un precipicio del que hace mucho quise saltar y que, ahora, ante otra óptica, no sé si dejar atrás una vez que me encuentre con su suave toque helado, como beso de fantasma de película jodida.
     Quizá es sólo el efecto psicológico de estar en otro lugar, de no conocer a nadie, de necesitar el abrazo de quienes amo… También es un poco pensar en que no pueden ser posibles muchas cosas, que sencillamente son absurdas y que todo pertenece a un cruel experimento histriónico del que, por alguna razón igualmente cruel y boba, no recuerdo que formo parte medular. Quizá también es que el sueño agónico es lo único que me queda después de tantos desengaños, y un desengaño más sería funesto para mí, para mis deseos de reír, tal vez también para mi ego, pero, ¿qué se hace cuando todo está ahí, plausible y llano? ¿Qué se hace cuando no hay mucho más por hacer? Hay que hacer ruido, que salir a la calle, que emborracharse, que perderse para que la perdición verdadera sea peor… no, yo creo que el asunto no se resuelve así. Hay que andar otra directriz, quizá la libertad se trata de eso, de despertar un día en el sueño de la muerte y no pensar que se trata de una desdicha. Quizá también es algo que hace falta más allá de… ¿de qué?
     Hoy me pidieron un euro porque perdieron sus llaves y aparentemente la cerrajería cobraba euro y pico por abrir la casa. Invité a tomar algo a la desventurada criatura que me pidió la limosna… huelga decir que sólo recibió el dinero y se fue caminando hacia sabe Dios dónde. No sabré si esa cerradura se abrió o si alguna vez existió siquiera. Soy un cúmulo de letras que se resignaron a no aparecer ante los ojos de nadie.
     El día siguiente, siempre es el día siguiente, el llanto ya se cansó de solicitar audiencia y ha salido, a veces subrepticiamente, a veces con feróstica lujuria, pero ha salido. El día siguiente, por tanto, la sonrisa, un poquito más sardónica que hoy y que ayer, un poquito más resignada y menos sincera, aparecerá cuando el reloj marque una hora favorable para llegar a la biblioteca, se emocionará genuinamente con las entreveradas razones de San Ireneo de Lyon y, a lo mejor, pensará que es más deleitoso que nunca recuperar una nota o dos sobre cualquier cosa. Luego a lo mejor venga algo que la borre del todo, una llamada o un mensaje, pidiendo, como siempre, lo que no se tiene y lo que no se da. Entonces habrá un intento por reconocer que todo es lo mismo siempre, que así son los ciclos, que el eterno retorno, que el ser pendejo, que sabe Dios qué más… De nuevo la lista de imposibles y, una vez más, resignación, resignación disfrazada de valentía, de fortaleza, de voluntad de vivir. Luego necesidad de penumbra, de ebriedad, de música, de amigos recién hechos que son la única conexión entre ese mundo onírico que amenaza con despeñarme y esa mala copia que todos vemos dentro de la caverna. Después cansancio, lascivia, torpeza, arrepentimiento, esperanza… Después el sueño y nada más.
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