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Pensamientos sobre cursos intramuros que se vuelven extramuros. Crítica ociosa a la evaluación

Escrito de Víctor Miguel publicado el lunes, 19 de agosto de 2013 | 00:22

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No es la primera de las evaluaciones que veo, sin embargo, sí es la primera que quisiera “criticar”, solamente como ejercicio —ya muy claro queda que ocioso—, un tanto porque ha rato que no comparto nada y también porque no quiero hacer las lecturas que encargaron al grupo de Siglo de Oro de mañana (así es, la voluntad no siempre se inclina a la lectura y, con lo que parece ser una depresión en ciernes, prefiero irme a la cama agotado de vivir que distraer la mente… estoy contento, empero, porque tengo bocinas nuevas y una silla suficientemente amplia para mi humanidad).
     Otra pequeña advertencia que sirva de proemio a mis masturbaciones mentales es que, pese a la paupérrima expresión de las autoras de los vídeos (podría criticar a los morros también, pero me limitaré a las damitas porque padezco esta extraña condición médica, cada vez más rara en nuestros días, por lo menos entre los varones, que me inclina a sentir gusto, simpatía y hasta casi diría que atracción sexual por las mujeres… no he ido a consultar un fisiólogo aún, pero para mí que soy una de esas víctimas de la tan odiada heterosexualidad que tanto quieren esfumar de nuestro mundo contemporáneo, tolerante, homosexual y ateo, que tan efervescentemente persigue a lo que no se le parece o parecérsele no quiere), no me opongo a sus ideas, sencillamente creo que los puntos descuidados son, por decir lo menos, el cáncer que aqueja a nuestros estudiantes y no estudiantes. Tampoco se puede universalizar (yo no sé quién diablos le dijo a los universitarios y a los maltrapillos sin estudios superiores que generalizar equivale a universalizar, cuando está más que claro que éste es hipónimo de aquél y, por ende, generalizar es lo que debiéramos hacer más seguido, en lugar de andar universalizando todo lo que se pone delante. Lo que hay que ver, ¡vive Dios!) de forma tan chabacana; pero tampoco es tan infinitamente imposible advertir que, en los más casos, nuestras élites ilustradas son poco más que vulgo emperifollado y orgiástico (si es que la culpa es de los padres…).
     En fin, vamos al tema:
[0:14] Este curso me gustó bastante… aunque al principio se me hizo medio pesado por… las cuatro lecturas qu’eran.

     Hay que felicitar al Dr. Mercado Reyes por las peregrinas actividades que, ignoro yo con qué fantástica intención pedagógica, vinieron a fastidiar a los alumnos de Política y sociedad. En realidad, yo soy el que está fastidiando. Lo de los vídeos me parece fascinante, una oportunidad para que los alumnos se expresen y, de alguna manera, se sientan más libres y —tal vez— menos intimidados ante la página en blanco que suele constituir el patíbulo más execrado, la antesala al círculo del infierno más temido —toda vez, claro está, que no sea en sí misma el propio círculo infernal, en el paradójico perímetro de un rectángulo—, la pena que helaría la sangre a Fálaris y a Decio a un mismo tiempo: la redacción de un ensayo para evaluar el parcial (aquí debía sonar un tremendo «chanchanchán», pero ando algo corto de presupuesto onomatopéyico, ustedes tengan la bondad de perdonar). Lo que me escandaliza es la declaración del número de lecturas, y su consecuente efecto en esta dulce cría de cernícalo: eran cuatro lecturas (sin ser blasfemo, considérese que es como haber recetado todos los Evangelios), por eso se le hizo pesado. Después ya dice que las copias, los correos, los vídeos (eso sí es una lata, ahí estoy de acuerdo); pero, ¿las lecturas? ¿En verdad soy el único que tiene ganas de negarle su título o certificado a esta muchacha? La lectura es fundamental para la educación (ojo, que lo dice el doctor que no quiere leer para la clase del día siguiente, así que tomar nota), es el centro de la cultura y, por si fuera poco, es lo único medianamente reconocible como un centro generador de pensamientos, porque hasta el más idiota, si lee, echa a andar al ratoncillo (está el ejemplo del venezolano ése que después de leer se creyó poeta). La verdad es que desvarío con argumentos febles alrededor de la lectura, porque nuestra realidad cotidiana nos permitiría vivir sin una sola expresión escrita; pero no estamos hablando de la cotidianidad de la gente que sobrevive de milagro sin labor intelectual, sino de una persona que se prepara para convertirse en profesionista, es decir, en un individuo socioeconómicamente capacitado para garantizar riqueza, estabilidad, cohesión, legalidad, dignidad, respeto y unión a los miembros de su sociedad que, menos afortunados, no cuentan con el trasfondo científico-humanístico para garantizarlo ellos. Estamos hablando de la gente que va a terminar en un estrato superior de la pirámide social, y la clase se le hizo pesada por la cuatro lecturas qu’eran. No es sólo ella, sino muchos otros jóvenes que cursan bachillerato y universidad, quienes esperan que su educación no se vicie con la lectura de tantas y tantas cosas. La pereza mental está casada con la necesidad de simplificar al máximo el esfuerzo que no da placer. En este punto, favor de reservarse gilipolleces del tipo la lectura es un placer, porque queda asentado que los goces del espíritu no están al alcance de estas jóvenes mentes (lo que resulta deprimente como para suicidarse ya mismo… lo bueno es que tengo bocinas nuevas).
     La educación tiene como pilar el entendimiento, un órgano de difícil cultivo, porque requiere atención, dirección, comprensión, exploración, gratificación y todo ello con la más entusiasta diligencia. La lectura ha probado ser, a lo largo de los siglos, el abono (así es, estoy comparando lo más sagrado de la erudición con un montón de mierda, hagan el favor de reírse y dejarme continuar) más nutritivo y propicio que el entendimiento necesita para desarrollarse (ya no digamos óptimamente, que para ello necesita el cuidado de un erudito bien edificado, que proporcione los matices necesarios para que el pensamiento no se descarríe). Desgraciadamente, como en el cuidado de cualquier cosa, tener la herramienta óptima sin la capacidad para utilizarla, lleva al desastre, y creo que es eso lo que estamos presenciando en este vídeo: una debacle de proporciones ditirámbicas. Leer a lo tonto, leer sin leer (me gusta cómo suena ¿y?), no puede sino servir para aprobar un curso, graduarse, recibirse y mandar al país, en particular, y al mundo, en general, a la mierda.
[0:56] El curso me gustó bastante, ya que antes no tenía una… una… no podía entablar una conversación sobre… mucho sobre política, no tenía ciertas… ciertas ideologías sobre los sistemas.

     Seré breve: si vas a filmar algo que vas a entregar al público (en realidad, el destinatario es tu maestro, pero por alguna razón todo el mundo tiene ocasión de verlo), no te cuesta nada ensayarlo una o dos veces para que salga bien.
     Aquí el problema es el desinterés. Me parece que es notorio que la asignación se está cumpliendo porque se tiene que cumplir, no hay una verdadera intención de retroalimentar al titular del curso. Muchas veces, los jóvenes piensan que la retroalimentación es un teatro que el maestro arma para ver a quién cargarse a última hora, que es una oportunidad para ganar puntos alabando las pocas o inexistentes virtudes del catedrático o, sencillamente, una chorrada más que no tiene repercusión real en su vida, como todo el resto del curso y, más ampliamente, de cualquier actividad relacionada con su formación básica, media y superior.
     En el caso específico del desinterés por generar una retroalimentación, no todo puede caer sobre el alumnado; en gran parte, es falta de docentes descuidados y poco comprometidos, quienes con su inmadurez al momento de ejercer como profesores, o con su pésimo sistema de evaluación, desaniman al alumnado a formular críticas constructivas, pensadas y que realmente ayuden a la generación de clases más atractivas y enriquecedoras. Por otra parte, es notorio que los alumnos (estoy generalizando, si no les gusta… a tocar cojones a otro lado) viven su preparación sumidos en la mediocridad. La preocupación por la calidad de los resultados del trabajo (se trate de una buena lectura, un vídeo bien hecho o una reflexioncilla al pie de página) no parece imperar, ni siquiera figurar en el proceso de elaboración del mismo. No se trata de hacer una película para el festival de Cannes, sino de demostrar que se es capaz de realizar algo bien hecho. Me pregunto, ¿le costaba mucho pensar unos minutos antes lo que diría? ¿Era imposible escribirlo y leerlo delante de la cámara? ¿Le quitaba mucho tiempo ensayar lo que diría en los tres minutos que dura la grabación? No son cosas que un genio haría, porque se trata de precauciones que toma cualquier persona consciente (y responsable) de lo que va a hacer; nadie saca un pastel del horno sin guantes, a menos que sea insensible al dolor o no tenga puta idea (sí, he dicho puta idea, vivan con ello) de lo que hace. Nuestros jóvenes, en su mayoría, están aprendiendo que hornear es una actividad azarosa, en la que puede que se quemen o no, dependiendo de factores ajenos y no de sus propias acciones.
     Voy a evitar lo de las ideas de mercado, aunque hay jugo ahí, ¡vive Dios si hay jugo ahí! El final del vídeo me parece tierno; uno encuentra el buen corazón de la alumna, es bonito descubrir que las reflexiones siempre pueden terminar bien si uno le mete efectos chingones como sí aprendí algo y esa suerte de pendejadas que a los maestros nos encanta escuchar. Lamento que al colega Mercado Reyes no le haya tocado en suerte una retroalimentación más sincera (pardiez, hay que mirar la cara de la morra, sintiendo que está ya libre de decir sandeces ante la cámara), pero es lo que hay. Nuestro México se cae a pedazos y nuestra juventud se esmera en que se derrumbe.
     Ah… y la chava está linda. Un buen polvo y conmigo pasaba con cien, así soy de buen maestro.
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