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Fragmento de antinovela

Escrito de Víctor Miguel publicado el domingo, 26 de agosto de 2012 | 00:46

Cuando la tristeza es demasiado grande, puede convertirse en una enfermedad que se asocia a la frecuente ingesta mental de telenovelas, canciones de desamor —ignoro por qué de desamor y no de otra índole, pero estoy muy seguro y sé de fuentes confiabilísimas que nada tiene que ver la mercadotecnia, la moda instaurada por las casas disqueras o la reputación amorosa que carga consigo cualquier suerte de melancolía en particular, y abatimiento del ánimo en general. Se cree, no obstante, que está más relacionada con una aberrante memoria genética que asocia al desamor con un canto tétrico, que presumiblemente se volvió costumbre entonar a finales de la era cavernaria, cuando el Homo sapiens ya había desplazado y, en realidad, extinto al Homo neanderthalensis, y consistía en modular la voz por obra de tres o cuatro horas hasta que semejaba el bramido de una hembra de elasmoterio en celo, con lo que, luego de cantar por días enteros, se atraía a uno o varios machos que, como cabría esperar, tras liberar su siempre dispuesto instinto fálico en el desafortunado amante, le daba muerte con su monstruoso cuerno; aunque se ignora si esta práctica fuese exclusiva del humano de sexo masculino, es bien sabido que se originó por la falta de prácticas reproductivas y, posiblemente, la esterilidad, únicas nociones primitivas o prehistóricas del desamor. Lo cierto es que dicho canto se desarrolló junto con la concepción estética y la civilización, al punto de reproducirse en las canciones de desamor modernas que tanto agradan cuando se está triste, y que merecerían una digresión propia si no fuese porque de mi parte no merecen demasiado estudio ni recibir mucha importancia—, poemas en prosa, lecturas filosófico-esotéricas y películas, muchas películas de tema burdo y vacío dialógico, argumento poco predecible, personajes inverosímiles —preferiblemente interpretados por Nicholas Cage, Cameron Díaz, Selma Blair, George Clooney, Tom Hanks, Tom Cruise, Penélope Cruz, Simone de Beauvoir, Alizeé, Sophie Monk, Julia Roberts, Katy Perry, Kim Kardashian, Steve Jobs, Felipe Montes, Mario Moreno «Cantinflas», Consuelo Duval, Gerald Ford, Peter Griffin, John Salchichón, Tony Blair, padre de Selma, y sólo de vez en cuando Dan Castellaneta, Germán Valdez «Tintán», Iacopo Rusticucci, Peter Sloterdijk, Marcelo Tinelli, Ana de la Reguera, Holy Marie Combs o Juan José Bigas Luna, y nunca, o casi nunca, por Vince Vaugh, Angélica María, Laura Pausini, Yoko Ono, Daniel Sada, Haruki Murakami, Turanga Leela, Ben Stiller, Seth McFarlane, Pol Popović, Ludovico Ariosto, Hilda Cárdenas, Joan Manuel Serrat ni Eddie Murphy—, banda sonora preferiblemente nula y manejo de cámara indistinto. La tristeza es, por ende, un estado de gula mental que exige golosinas varias y en cantidades vulgarmente denominadas «industriales». Cuando se asocia con la vergüenza, la tristeza produce pederastia, accesos excesivos de llanto y un desierto espiritual asociado al constante pleito de las fuerzas en tensión del bien y del mal, lo uno y lo múltiple, lo apolíneo y lo dionisíaco, lo húmedo y lo seco, lo alto y lo bajo, lo masculino y lo femenino, lo cóncavo y lo convexo, lo nuevo y lo viejo, lo recientemente editado y lo condenado a pasar largas y penosas noches sobre la mesa de trabajo —no escritorio— de algún carcelario compenetrador de maravillas que damos por nombre «publisher», por su trabajo en inglés y que en español resulta demasiado ramplón siquiera mencionar.

Fragmento de mi antinovela
ⓒ Víctor Miguel Gutiérrez Pérez
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