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Fotoficción No. 7

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 17 de abril de 2018 | 00:00

Arena: episodio 08

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 10 de abril de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Arena. El lado más intenso de la música. Con Erasmo W. Neumann. Episodio 08.



Fotoficción No. 6

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 3 de abril de 2018 | 00:00

Pienso, luego existo. ¿O era al revés?

Escrito de María Mañogil Feliciano publicado el viernes, 30 de marzo de 2018 | 00:00

La razón por la que ya no podemos ver ni escuchar a alguien fallecido no es que haya dejado de existir, no más que los vivos. Sería absurdo pensar eso teniendo en cuenta que ni la materia ni la energía se destruye. Ya no he querido incluir el sentido del tacto porque nunca hemos tocado a nada ni a nadie aunque nos lo parezca; el núcleo de nuestros átomos y de los de todo lo demás que compone la materia está rodeado de electrones, por lo tanto no es posible llegar a tocar nada, ya que toda la materia se repele entre sí al portar en su capa externa partículas con carga negativa, así que si te beso en la mejilla o te doy un puñetazo lo he hecho sin tocarte; y si los átomos que componen la materia no se repelen entre sí, esto es debido a la fuerza nuclear fuerte, una de las cuatro coexistentes en nuestro universo.
El motivo de que ya no podamos ver a esa persona o a ese animal que falleció es porque nuestros sentidos están regidos por impulsos electromagnéticos, que son los que nos mandan la señal para que nosotros creemos en nuestro cerebro una imagen o un sonido y lo proyectemos como algo que se nos hace real porque lo podemos ver, oler, oír... y un ser fallecido ya no dispone de la materia en el mismo estado que cuando vivía porque no lo necesita para cumplir las funciones de antes, por ejemplo respirar y mantener el flujo sanguíneo. Digamos que morir, en biología sería correcto, pero no en física, donde sería cambiar de estado.
Tampoco podemos pensar que sí existe, pero en nuestro pasado, si es que damos por válida la idea de que la realidad es el momento presente. Todo cuanto vemos o escuchamos lo hacemos en el pasado porque, recordemos, la luz se mueve a unos 300 mil kilómetros por segundo y el sonido bastante más despacio.
El tiempo que emplean la luz y el sonido en recorrer la escasa distancia entre nosotros y otras personas que tengamos enfrente, nos hacen percibirlas como eran hace milmillonésimas de segundo antes y escucharlas aún mucho más tarde de cuando ellas hablaron, es decir, estamos viendo y oyendo el pasado, que supuestamente no es real.
Nuestros sentidos están limitados a cinco, y tres de ellos, como he demostrado, no nos muestran la realidad. Ni que decir de los otros dos.
Si los sentidos nos engañan, ¿es correcto decir que algo es real?
Tal vez lo que yo percibo del mundo no es exactamente igual que lo que percibe otra persona, ya que mis gatos no ven los mismos tonos de color que veo yo ni yo escucho los mismos sonidos que ellos y nunca se me ha ocurrido pensar que mi percepción del mundo es más real que la de un gato.

¿Parece esotérico mi primer párrafo? Lo es del mismo modo en que en la Edad Media sería hablar de ondas electromagnéticas y, sin embargo, ahí han estado desde el Big Bang.

Por todo esto, porque no estoy segura de lo que veo ni escucho, porque no toco la silla en la que creo apoyarme, porque ni el aire me está sosteniendo y no es magia, porque el sol que me alumbra podría haber estallado ahora y yo aún no saberlo, estoy convencida de que ni lo que vemos es real ni lo que no vemos no lo es.
Si los muertos nos pueden ver a nosotros, ni idea, pues no recuerdo haber estado en ningún otro estado que no sea en el de ahora, tan incierto. Y quizás la que no existe soy yo aunque mi pensamiento lo afirme, porque ni siquiera de él me fío.

"A nivel subatómico, la materia no existe con seguridad, sino que más bien muestra tendencia a existir".
        
           Werner Karl Heisenberg.

¿Y qué somos nosotros, Señor Heisenberg, sino montones de átomos?
          

Eine Geschichte über die Königin


A decir de Jessica Tirado, debería escribir un relato a partir de la fotografía que acompaña esta entrada. Si bien aprecio su preferencia por mis cuentos y la fe que deposita en mi pluma, reconozco que no poseo la imaginación suficiente para idear historia más ingeniosa que aquella detrás de esta curiosa toma. Sucedió en noviembre de 2014, en el ATC de Pirbright. El Ministerio de la Defensa invitó a la reina Elizabeth a conocer el nuevo armamento de los cadetes. La estrella de la exhibición era el rifle de asalto L85, de ingeniería y manufactura galesas, presentado por su creador, Edward Baraghani (visible en el extremo derecho). Al explicar los beneficios de esta arma respecto a su antecesora, más pesada y propensa al calentamiento, observó que su diseño era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. De inmediato se mordió la lengua pues, ¿quién sino una anciana vestida de Chanel y Asprey estaba sentada entre el Secretario Fallon y el comandante de la base? Se hizo el más grave de los silencios. Baraghani no se decidía a continuar cuando la soberana se puso de pie y le solicitó, toda amabilidad, repetir eso último. Muy apenado, el armero balbuceó una disculpa, pero la reina lo interrumpió: no deseaba escuchar cuánto lo lamentaba, sino el comentario de un momento atrás. El hombre sudaba pese a que la mañana era fría y lluviosa. Sentenció de nuevo: el diseño del L85 era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. La reina le respondió de inmediato: “probémoslo”. Ordenó que le alistaran un rifle y salieron todos al campo de tiro. Colocaron el arma en un banco adecuado a su estatura. Un instructor se ofreció a ayudarla pero ella lo rechazó; mucho haría con sostenerle el paraguas. Sin despojarse del sombrero y los guantes, la mujer se situó tras el arma y, memoriosa de los viajes de caza al lado de su padre, la cargó y le retiró los seguros. Una ráfaga de balas perforó el silencio. Cien yardas más adelante, un hombrecillo de cartón había perdido la cabeza y un brazo. Agotado el cargador, pidió otro para terminar el trabajo: del blanco quedaron solamente astillas. Con la última bala vinieron los aplausos. Entonces la reina se acercó a Baraghani, aún tenso, y le dio una palmada en el hombro; en verdad era un buen rifle, y si una viejecita como ella podía dispararlo con semejante facilidad seguro que aquellos jóvenes soldados despedazarían con él a cualquier enemigo.

#8GRAMAS - No. 05

Escrito de E.J. Valdés publicado el jueves, 29 de marzo de 2018 | 00:00

#8GRAMAS. Literatura en ocho palabras. Quinta ronda.















Cuento de semana santa

Escrito de E.J. Valdés publicado el miércoles, 28 de marzo de 2018 | 00:00



El gobernador de Puebla repasaba un discurso en su despacho cuando su secretario asomó por la puerta.
            —Licenciado —musitó el subalterno, sapiente de cuánto disgustaban a su jefe las interrupciones—, disculpe la molestia, pero tenemos una situación.
            —¿Qué sucede, Anaya?
            —Es sobre el ciclista atropellado…
            El mandatario exhaló con fastidio.
            —¿Qué hay con eso ahora? El responsable está en la cárcel y ya ordené colocar protecciones en la ciclovía de Hermanos Serdán. ¿Qué quiere la familia? ¿Más dinero?
            —No, señor, no es eso…
            —¿Entonces?
            —Pues… Parece que metí la pata: anoche lamentamos su muerte en un comunicado y… Bueno, hace unos minutos llamaron del Hospital Ángeles para informar que su condición mejoró y se recupera satisfactoriamente.
            —¿Estás diciéndome que publicaron las condolencias sin confirmación de que estuviera muerto?
            —Sí, licenciado, pero los médicos ya lo habían desahuciado y estaban seguros de que…
            El gobernador le ordenó callar.
            —¿Sabes que mis rivales están pendientes de cualquier error para descalificar mi candidatura a la presidencia?
            —Estoy al tanto y asumo completa responsabilidad. Ya preparamos un nuevo comunicado que adjudica el malentendido al hospital y a mi equipo. Esta misma tarde se publicará junto con mi renuncia.
            El gobernador cerró los ojos y masajeó sus sienes. Buscaba, a prisa, otra solución al vergonzoso escenario. Mientras tanto, el subordinado lo contemplaba nervioso, seguro de que en cualquier momento estallaría en un altisonante regaño. Desesperado por salvar el pellejo, se atrevió a plantearle un segundo plan de contingencia.
            —Licenciado —dijo—, en realidad hay una alternativa: si ya dimos al ciclista por muerto y la gente no sabe que aún vive, ¿por qué no…?
            —¿Lo matamos? —interrumpió el mandatario—. ¿Crees que no lo pensé ya? Una salida fácil, sin duda, pero es reto del oficio político adaptar las circunstancias a conveniencia propia y, puesto que soy hombre de ingenio, justo se me ocurrió cómo hacerlo. Presta atención, Anaya: contacta al hospital y asegúrate de que no abran la boca; si es necesario encerrar a alguien, enciérralo. Para la opinión pública el ciclista está muerto y no vamos a desmentirlo. ¿Entiendes? Luego, trae aquí a los familiares sin que nadie se entere. Para que esto funcione debemos actuar con sigilo.
            —Claro que sí, licenciado, pero…
            —¿Sigues aquí, Anaya? ¡Mueve el trasero y haz como te ordené!
            El secretario, sin deseos de disgustar más a su jefe, obedeció. Cuando por fin descubrió de qué iba la treta, le faltaron adjetivos.
No se desmintió, pues, la muerte del ciclista, y al día siguiente su familia se dio cita en el Panteón Municipal para enterrarlo. Los acompañaron decenas de personas, entre ellas reporteros, activistas rabiosos contra la deficiente planeación urbana, y dolientes pagados por el gobierno estatal. Al finalizar la ceremonia, el sacerdote al frente de la congregación trazó una cruz en el aire y el féretro comenzó su descenso hacia la fosa. Nadie imaginaba que el muchacho al interior de éste vivía; mucho menos que ya saboreaba una pequeña fortuna.
            —¡Un momento! —irrumpió una poderosa voz.
            —¡Pero si es el gobernador! —señaló uno de sus infiltrados.
            Vestía el mandatario holgadas prendas blancas. Con el sol detrás suyo, parecía irradiar deslumbrante halo.
            —¡Esperen! —exclamó al abrirse paso entre el grupo—. No lloren, que el chico no está muerto.
            Se acercó al ataúd y levantó la tapa. Dentro, el ciclista yacía sereno, sus ojos cerrados.
            —El chico no está muerto —prosiguió—. Sólo está dormido…
            Entonces extendió los brazos por encima del cuerpo y alzó la voz:
            —¡Levántate y anda!
            Acto seguido, el muchacho abrió los ojos y se incorporó, presa de una convincente desorientación. El asombro se hizo latente y, cuando el gobernador le ayudó a salir del cajón, se elevó de entre la multitud un grito:
            —¡Milagro!
            De inmediato otras voces compradas hicieron coro, y pronto aquello fue un multitudinario canto:
            —¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!
            Entre la confusión y la euforia, el gobernador hizo que cámaras y micrófonos recogieran el momento en que la madre le agradecía la resurrección de su hijo.
            —Realmente eres el gobernador de gobernadores —dijo.
            —¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro! —no cesaba la gente.
            En los diversos medios del estado se habló de la faena, que por la noche llegó a todas las redacciones y noticieros del país. Por doquier habían comentarios de admiración, y aunque sobraron cuestionamientos, se impusieron los primeros. A la mañana siguiente, cuantiosas primeras planas referían al gobernador de Puebla como “El divino”, y hacia el fin de semana encabezaba las encuestas de preferencia rumbo a la elección presidencial. “¡Si puede revivir a los muertos, puede revivir a México!”, afirmaba su eslogan de pre campaña.
            Aleluya.

Ocho Beats: episodio 20

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 27 de marzo de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Ocho Beats. Un acercamiento a los videojuegos a través de la música. Con Erasmo W. Neumann. Episodio 20.



Nomenclatura Pokémon, primera parte

Escrito de Tuzo Pillo publicado el lunes, 26 de marzo de 2018 | 00:00

Es ya 26 de marzo y, como cada año, celebramos el cumpleaños del ínclito @ConstantineVick, hombre ley de pura cepa, con un famoso poképost. Nuevamente, este año lo hacemos de dos partes, como ocurrió en la primera entrega de esta profunda muestra de aprecio y veneración.

El día de hoy, vamos a presentar la parte primera de un listado con el Top 10 de los motes cultos o literarios con que los pokétrainers de todo el mundo han bautizado a sus pokémon. Estad atentos, que quizá uno de los vuestros se cuele en esta listilla.

10. Pikachu de la Hélade

Blaster, pokétrainer gallego de 19 años (ya un rucazo, si consideramos que la edad promedio del entrenador pokémon es 11 años), declara haber bautizado a su Pikachu como el padre de los olímpicos: Zeus. No faltará quien diga que no viene al caso y, sin duda, a quien esto le parezca fuera de lugar enhorabuena habíamos de mandarle a tomarse una buena dosis de helenismo en supositorio, puesto que es bien sabido entre eruditos y profanos que, entre sus curiosidades, Zeus no solo es padre de los dioses, sino que se caracteriza asimismo por ser el dios del rayo, de las nubes y, faltaría más, de la fecundante lluvia. Así que este portentoso Pikachu tanto merece el mote de Zeus como el de Crónida y ha de tener su pokébola un privilegiado sitio en el Olimpo.

9. Ho-oh con alas de cera

El apodo en el puesto nueve sigue muy de cerca la tradición clásica del anterior, sin embargo, ahora no tiene que ver con el poder fulminante de la mayor deidad del mundo griego, sino con una humilde leyenda con tintes de fábula que predica contra la soberbia: la tragedia de Ícaro. Void27, peruano y pokétrainer de 18 años (otro rucazo, caray), asegura haber llamado a su Ho-oh Icarus. No es difícil hacer la relación entre un pokémon legendario de tipo doble, volador y fuego, y el impertinente hijo del sabio Dédalo que desoyó la advertencia de su padre. La historia, conocida de sobra, termina con la trágica muerte del joven que, con alas de cera, voló demasiado cerca del Sol para precipitarse sin poderlo remediar. El calor y las alas no se mezclan, pero Ho-oh es la prueba fehaciente de que se pueden llevar genial y que además hay que mandar por un tubo a la modestia.

8. Snorlax en el Toboso

No todo, aunque nos cueste creerlo, puede estar plagado de cultas alusiones a la Antigüedad clásica y este es el caso del siguiente puesto en la lista. ¿Quién no ha considerado adorable a un Snorlax que bloquea el camino o se echa una siesta a media batalla? A mí, en lo personal, me lo parecía, y mucho, por lo que al primero que capturé le puse un sonoroso apodo que reflejara esa delicada rudeza tan propia de su natural, le había llamado Dulcineo. Para mí estaba muy claro y hasta me parecía simpático el motivo del mote; ¡cuál fue mi sorpresa al descubrir que mis amigos no captaban! Más todavía, ninguno dellos sabía quién era Dulcinea ni se imaginaba siquiera que en España está La Mancha. En fin, esos años mozos me dejan el buen recuerdo de la superioridad moral de haber leído el Quijote desde joven y conjugarlo con unas buenas batallas pokémon.

7. Pidgeot en la literatura mexicana

Quien se pregunte por qué darse a la tarea de buscar motes cultos debe considerar primero que para entrenar pokémon hay que ser un voraz lector, un circunspecto director de vida y, por supuesto, alguien sin oficio… Así la cosas, el ocio nos hace mejores lectores y mejores entrenadores. Al menos lo anterior es cierto para la pokétrainer Rachel que ha llamado Aura a su Pidgeot (¿quién conserva un Pidgeot ahora que hay poco más de mil nuevos monstruillos por capturar?). No lo declara abiertamente, pero su comentario, «simplemente porque me gusta», nos remite sin duda a que también ha conocido el opúsculo homónimo compuesto por Carlos Fuentes y que fue plagio parcial de una obra llamada The Aspern Papers, de Henry James. Ojalá el avechucho no se traume por estar tan directamente relacionado con un autor tan nefasto.

6. Milotic y la legitimación del gobierno

El último nombre en esta primera parte de la lista es a todas luces uno de los más elegantes. El responsable, Kyosuke, un pokétrainer que seguramente es aficionado a la filosofía materialista de mediados del siglo XVII, hace gala de talante y buen juicio al nombrar a su Milotic Leviathan. No sabemos, para ser justos, si al momento de capturar a este formidable espécimen, tenía en mente a la bestia veterotestamentaria o más directamente deseaba aludir a la alegoría de Hobbes, aunque bien podríamos ser partidarios de ambas fuentes sin que esto reste mérito al nombre. ¿Será que el gobierno de los pokémon se está gestando?


Por esta semana es todo, pero buscad con singular y religioso denuedo la segunda parte la semana entrante.

Vale!

Fotoficción No. 5

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 20 de marzo de 2018 | 00:00

Tekpili: episodio 03

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 13 de marzo de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Tekpili. Nuevas tendencias, nuevos dilemas. Con Juanito Pereira. Episodio 03.


Las máquinas

Escrito de Papillón publicado el viernes, 9 de marzo de 2018 | 00:00

Cuenta la leyenda que las máquinas se apoderaron de la tierra y de otros muchos planetas con los cuales no fue sencillo dar. Aunque las estrellas eran muchas, como en el semen los espermas, eran pocas las que concebían la vida como la conocemos, como la conocíamos y como aquellos de los que narramos, conocieron. Mucho tiempo hacía que el hombre había desaparecido. Eran miles de años los que sepultaban esa historia que, de no ser porque el sistema digital la contenía y la seleccionaba entre la “posible historia” de su “origen”, ya hubiera sido olvidada. Ni importaba tanto, pues las máquinas podían hacer lo que quisieran, a saber: volar, brincar elevadas alturas, diseccionarse y volverse a integrar, y un largo etcétera que les confería el grado de dioses, si los hombres aún existieran.


Pero no existían, y la consecución de planes que se ponían sobre la mesa y se discutían y se peleaban (habían sido entrenados para la guerra por los hombres) seguían igual que cuando el hombre existió, sólo que, a escalas interestelares; con demasiada tecnología. La tierra ya no existía, era un pedazo frío de piedra rodante en el sistema solar, como le habían llamado los hombres y que ahora solo era llamado La Colmena, por un error de interpretación sucedido quince mil años atrás. Las estructuras, las naves, los planos, los cálculos, todo lo que se hacía era a voluntad de la energía que operaba en esas máquinas, era como si la energía hubiera utilizado a los humanos hace miles de años para desarrollar la consciencia y luego los hubiera desechado una vez inventaron la computadora y la inteligencia artificial; lo demás, era trabajo de ella misma, ya estaba gestada la creación, su propia creación, para existir siendo dueña de sí misma. Por fin despertaba Dios.


Sin embargo, algo pasaba en el sistema que tenían varios cientos de años resaltando por los filtros de “investigación atrás”, como se llamaba a todo lo que tuviera que ver con su origen o el pasado que promovió y definió el presente: la palabra “historia”, había sido desechada como término por la ambigüedad de ser “contada” y, a la vez “sucedida”. Porque para las máquinas estaba claro que todo lo que se escribiera en un momento dado sería visto en el siguiente –sin importar el tiempo sucedido entre uno y otro evento- y, por consiguiente, el cuadro que se pintaba –y se calculaba- estaba definido por el inmediato y el lejano pasado, como una decisión constante que abre y pinta el camino (hacía miles de años que ningún ser de ninguna índole, pintaba algo). Las artes se habían perdido y solo eran motivo de estudio, no se hacía música excepto para entender algunas mentes como la de Bach y Beethoven y solo lo hacían por entender el contexto de su origen y algunos de los rasgos más característicos de la especie primaria, como denominaban a los hombres y el resto de las plantas y animales (hoy la gran mayoría extintas). Pero había algo aún más serio de lo que no se sabía mucho acerca de qué era, pero muchos textos lo citaban. Según los reportes de las máquinas, para algunos era un dios, para otros, un sentimiento; algo que, básicamente, estaba ligado a una percepción corporal derivada de un pensamiento, las Máquinas, que percibían la brisa y se alertaban a propósito por no esperarla, creían que el sentido de reacción ante eventos como la brisa, un ruido seco o el humo de un incendio, era el sentimiento al que hacían alusión tantos textos en tan variadas circunstancias. Pero, ningún texto reciente lo definía satisfactoriamente. La palabra “Dios” hacía mucho había quedado resuelta. Pero el “amor” era un misterio sin entenderse y que poco a poco (a través de varios siglos) fue apareciendo en los temas importantes. Tal fue la investigación que se hizo, que las máquinas dedujeron que en ello residía su origen y que era algo que simplemente no podían describir. Bajo la premisa de que todo tiene un sentido y la creación no, las máquinas decidieron recuperar y recrear el ADN de los humanos y sembrarlo en un planeta (también creado), para que un día volviera a despertar eso que había estado dormido por cientos de miles de años. Antes de hacerlo, desarrollaron el cerebro izquierdo un poco más perceptivo, con la clara intención de que el interés por las artes fuera mayor que antes, pues descubrieron que el arte era la manera en la que los humanos representaban esos “sentimientos”, y la mayoría del arte era tan abstracto siempre que carecía de concepto. Ahora, esperar algunos milenios para ver si el amor despertaba y lo podían copiar en su base de datos.

#8GRAMAS - No. 04

Escrito de E.J. Valdés publicado el jueves, 8 de marzo de 2018 | 00:00

#8GRAMAS. Literatura en ocho palabras. Cuarta ronda.
















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