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La princesa en jefe.

Escrito de Papillón publicado el lunes, 21 de mayo de 2018 | 00:00

Les voy a contar un cuento.

Esta era una niña que hubiera sido princesa de no ser porque sus ojos y su cabello eran tan oscuros como noche sin luna y sin estrellas y no como los de todos sus hermanos y familia: iluminados como día caluroso. 

Su padre, aunque decía quererla, en el fondo la detestaba; le recordaba a su cruel madre fallecida de cirrosis hacía muchos años. La madre de la niña princesa, apenas era un cuerpo sin alma.

Al cabo de los años, la princesa de ojos oscuros se refugió en el bosque cerca de la mansión donde vivía, pues en su casa nadie notaba su presencia. 


Pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, convirtiéndose en una ferviente cazadora de aves y reptiles que devoraba sin cocinar; viviendo entre el río y los árboles. 

Un día, no volvió más a su casa; se fue y su familia nunca volvió a saber de ella. Sus padres murieron vaya usted a saber si con remordimientos. Sobre sus hermanos apenas se sabe nada. 

Y un buen día, que no era tan bueno pues llovía y los caminos estaban en pleno lodazal, la princesa volvió. Caminaba con la pesadez de lo años y la ligereza de la libertad, con los pies llenos de lodo.

Habían pasado 80 años desde que se había ido. Volvía a vivir su muerte al lugar que la arrojó al mundo, porque no conocía otro bosque donde quisiera depositar sus sueños. El bosque, aunque mucho más pequeño, aún existía. 

Su historia, vaya usted a saber si es cierta, la contó una sola persona, un viajero que dio cuenta de su existencia justo el día en que la Princesa moría.

Se decía que había luchado como capitana de un ejército inmenso que bajo su mando nunca perdió una batalla y que, al enfrentarse con el enemigo en una de las guerras más sangrientas de los últimos tiempos, dijo: 

"No somos asesinos, sino valientes defensores del derecho a la vida, como todos ustedes..."  Y ese fue el inicio del discurso que habría de acabar con esa guerra.  El mismo discurso que se lee sobre la placa de la puerta que otrora fuera su casa y que ahora es el único museo de un pueblo que apenas figura en el mapa. 

¡Lotería! - primera parte

Escrito de Tuzo Pillo publicado el viernes, 18 de mayo de 2018 | 00:00

El hijo

Pípeson, hijo de Felipe Gómez, nacido en el Laredo anglosajón, tenía muy claro que la mejor comida del mundo era la mexicana y de esta, por supuesto, nada igualaba a la de su madre; nadie sabía meter las enchiladas Kirkland al microondas como ella.



El gobierno

Después de trabajar en el servicio público, tuvo muy claro que, de llegar a la presidencia en las próximas elecciones, su primer edicto sería proscribir a los pobres, únicos culpables de la ruina del país, entre otros males que ya había experimentado de primera mano.



La comida

Ahora que lo consideraba ante la mesa iluminada por las titilantes flamillas de la cera, el viaje familiar nunca había emocionado tanto a PL…. Sin duda toda la vida le había gustado ir a comer a casa de los tíos, pero después del accidente volver cada noviembre era una experiencia ultraterrena.



#8GRAMAS - No. 06

Escrito de E.J. Valdés publicado el jueves, 17 de mayo de 2018 | 00:00

#8GRAMAS. Literatura en ocho palabras. Sexta ronda.











A un pesado que insiste en recibir asesoría de un profesor que no le imparte ninguna materia y no tiene obligación, por tanto, de satisfacer su petición

Escrito de Tuzo Pillo publicado el miércoles, 16 de mayo de 2018 | 00:00

Soneto

Si a la duda que, Juan, tienes, añades
lo imposible de hacer que en la cabeza
te quepa algún conceto, la proeza
es poca de salir y entrar en Hades.
Deja tú que los yerros obviedades
cometes que al estulto, en su simpleza,
son, sino incluso alcanza tu bajeza
para que te corrijan y te enfades.
¿Cuánta ignorancia cabe en tu persona
que solo es imposible que remontes
cuando escribir es cosa tan amena?
Es tiempo de que la verdad afrontes,
lamento la respuesta tan mamona,
yo no quiero atenderte, con la pena.

Rotterdam Sessions: Los tropiezos de Marvel

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 15 de mayo de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Rotterdam Sessions. Los tropiezos de Marvel. Con Juanito Pereira, el Padrino Larios y Erasmo W. Neumann.



Die Ziegenkantate

Escrito de E.J. Valdés publicado el lunes, 14 de mayo de 2018 | 00:00




Era temprano cuando Johann Sebastian Bach, adusto por la falta de sueño, entró al Café Zimmermann.

            —¡Servidme cuanto antes un café o me convertiré en cabra!

            Con peor nueva no pudieron recibirlo: ¡el café aún no estaba listo! Aguardó, irascible, a que el agua caliente se impregnara de exquisita amargura, mas para cuando le llenaron la taza era tarde: sobre la mesa, un macho cabrío balaba tan enfadado como armonioso.

Fotoficción No. 8

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 8 de mayo de 2018 | 00:00

Los días del trabajo ético

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 1 de mayo de 2018 | 00:00

Durante mi infancia, en los años 90, conocí uno de los programas televisivos más peculiares que pueda uno imaginarse: Hey, Arnold!. Una caricatura de poco atractivo visual, aunque bien producida. A diferencia de otras creaciones de Nickelodeon, no tenía por protagonistas a seres supercalifragilisticoespialidosos, sino a niños comunes y corrientes, con problemas más o menos por el estilo. En fin, traigo a colación este asunto porque en un episodio el abuelo de Arnold se queja de que no existe ya trabajo ético. Aún hoy no entiendo a qué se refería el anciano personaje, pero me queda claro que su intención era hacer que el nieto dejase la vagancia juvenil y se esmerase en apoyar con las labores domésticas, algo que, para los de mi generación, es propósito harto laudable.

Pues resulta que por el trabajo ético, sea lo que sea, hemos andado poco activos en el mes de abril y muy probablemente no retomemos el ritmo hasta después de mediados de mayo. Gracias por seguirnos sintonizando, ahí vamos dejando pedacitos de creaciones.

Vale.

Siete palabras

Escrito de E.J. Valdés publicado el viernes, 27 de abril de 2018 | 00:00

Colaboración especial de María Luisa Deles



ME LLEVO LA PLANCHA Y EL BURRO
Siete palabras le bastaron a Melquíades para dar por terminada una relación que duró igual número de años. Escribió el categórico mensaje por guats, con puras mayúsculas y sin emoticones ni signos de puntuación. De corridito, para que Eugenia notara que esta vez no iba de broma. Así cerraba el último capítulo con la última mujer que habría de rascarle la espalda y parte de las corvas en el 2017. De paso, al actuar con tal premeditación, se ahorraba el uso del corrector en línea que tanto le hacía rabiar cuando se texteaba con su impolutamente ortográfica vieja.
––Qué hueva —pensó Melquiades—,  ¿aquí se pone punto o se manda como si fuera título? ¡A la chingada! Así que se vaya.
Y así se fue.
No estimó necesario agregar que había echado también al auto el taladro con las brocas sin estrenar, la chamarra nueva que ella le regaló por su reciente aniversario, el libro de cuentos que nunca leyó y la botella de Courvoisier que se llevaron como recuerdo de los XV años de la desgracia. A modo de despedida, le había corrido la cortesía de quitar las sábanas en que durmió, solo y meditabundo, durante aquella semana postrera, para depositarlas cuidadosamente en el bote de la ropa sucia.
—Que se joda lavando —susurró para sus adentros.
También por guats le notificó que le dejaría las llaves de la casa en el buzón y que ya luego le mandaba a avisar en caso de que se le hubiera olvidado alguna cosa, allí sí con punto y aparte.
Eugenia escribió un aliviado “gracias” y abandonó la aplicación. El último zafarrancho estuvo a dos de terminar con sangre y lo menos que deseaba era abrir la puerta a un intento de reconciliación. Pero a Melquíades se le había inflamado el apellido y quería batalla, de modo que se arrancó con los mensajes de voz para no fallarle a las haches ni a los acentos.
—No, si ya la veía venir. Tú ya no eras la misma desde hace tiempo. Habrás conocido a alguien o no sé, pero esto ya me lo olía. Y yo tengo la culpa. Después de que acepté que cometí un error “provocado por ti”, tú no fuiste capaz de reconocer que en la fiesta me trataste muy mal frente a tus amigos. Si hasta me manoteaste cuando te quise sacar a bailar, aunque ya ni te acuerdas. Tenías que haber entendido que eso me hizo enfurecer y, ya con alcohol encima, pues no supe controlar mi enojo. Pero en fin, esa humillación que dices haber sentido yo la viví muchas veces y, sin embargo, aquí estoy. Un ejemplo palpable fue la última que me hiciste… ¡Y en tus cinco sentidos! Pero ahí te la dejo. Lo que te dije ese día no fue verdad. Nada. Estaba muy alcoholizado. Ahí quedará, y ni modo. Para que me sirva de experiencia y no ande haciendo tonterías… Pero si no sé cómo fui a caer… Deja que me organice y el sábado saco mis cosas y ya te aviso, ¿sale?
Ella escuchó dos veces el audio. En efecto, no recordaba el momento en que Melquíades la había sacado a bailar y mucho menos lo del manoteo, pero dudó… Sí se acordaba, en cambio, de que, aprovechando una ida del hombre al baño, se puso a bailar con los papás de la quinceañera en el templete que levantaron en el jardín, pues la banda de treinta y cinco integrantes tocaba a todo meter al amparo de los fuegos artificiales. “Es música de nacos”, decía Melquíades, intolerante del sonsonete de la tambora. Se hacía el occiso mientras Eugenia le enviaba señales meneando los pies bajo la mesa. Pídeme perdón, cantaban los del contrato, porque no imagino cómo luces de rodillas…
—Tan fácil hubiera sido que me lo dijeras desde hace tiempo —continuaba Melquíades en un segundo mensaje de voz––. Nada más te estabas haciendo medio güey, porque no es de ahorita. Has de haber visto a alguien… Tu forma de actuar y todo eso ya estaba muy raro, pero, bueno... Eso le pasa a uno por pendejo… A mí más que a nadie. Me regreso a mi casa y ni modo. Me regreso a mi casa, de donde nunca debí salirme, y pues hablo con mis hijos y ya. Hablo con ellos y con Elena, claro, y pues ni modo: si tengo que volver con ella para que mis hijos estén bien, pues regreso, que te quede claro.
“Ya te dejé las llaves en el buzón. Ahora sí: conseguiste lo que tanto querías. Hasta el final demuestras tu soberbia y tu incapacidad para aceptar culpas, Eugenia. Te lo digo en serio. Las puertas que rompí, el piso que estrellé, los gritos y las palabras fuertes, fueron tu obra. No lo voy a aceptar nunca y, si te hace sentir bien, di que terminamos por mi “violencia”, pero será una mentira más en tu historial. Esto terminó por tu forma de ser, siempre viéndome para abajo. Y sí que tienes memoria corta, porque todo lo que se rompió tú lo provocaste. Piensa y recapacita: por eso estás sola; por eso nadie se queda contigo; ¡eres insufrible!
Antes de cumplir la novena, y de que Eugenia le parara la cruz al amor difunto, Melquiades cambió su foto del guats. Una sonrisa casi perfecta lo mostraba sentado en la banca de un parque muy verde, con las manos cruzadas sobre el pantalón caqui, la camisa azul cielo y el bonito reloj Armani, regalos todos de ella. Qué feliz puede ser un hombre que se conforma con una plancha y un burro.

Rotterdam Chips: Spleen

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 24 de abril de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Rotterdam Chips. Pedacitos de nuestra biblioteca que compartimos contigo. "Spleen", de Charles Baudelaire. Publicado originalmente en Les fleurs du mal. En la voz de Erasmo W. Neumann.



Fotoficción No. 7

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 17 de abril de 2018 | 00:00

Arena: episodio 08

Escrito de E.J. Valdés publicado el martes, 10 de abril de 2018 | 00:00

Del podcast de Rotterdam Press:

Arena. El lado más intenso de la música. Con Erasmo W. Neumann. Episodio 08.



Fotoficción No. 6

Escrito de Tuzo Pillo publicado el martes, 3 de abril de 2018 | 00:00

Pienso, luego existo. ¿O era al revés?

Escrito de María Mañogil Feliciano publicado el viernes, 30 de marzo de 2018 | 00:00

La razón por la que ya no podemos ver ni escuchar a alguien fallecido no es que haya dejado de existir, no más que los vivos. Sería absurdo pensar eso teniendo en cuenta que ni la materia ni la energía se destruye. Ya no he querido incluir el sentido del tacto porque nunca hemos tocado a nada ni a nadie aunque nos lo parezca; el núcleo de nuestros átomos y de los de todo lo demás que compone la materia está rodeado de electrones, por lo tanto no es posible llegar a tocar nada, ya que toda la materia se repele entre sí al portar en su capa externa partículas con carga negativa, así que si te beso en la mejilla o te doy un puñetazo lo he hecho sin tocarte; y si los átomos que componen la materia no se repelen entre sí, esto es debido a la fuerza nuclear fuerte, una de las cuatro coexistentes en nuestro universo.
El motivo de que ya no podamos ver a esa persona o a ese animal que falleció es porque nuestros sentidos están regidos por impulsos electromagnéticos, que son los que nos mandan la señal para que nosotros creemos en nuestro cerebro una imagen o un sonido y lo proyectemos como algo que se nos hace real porque lo podemos ver, oler, oír... y un ser fallecido ya no dispone de la materia en el mismo estado que cuando vivía porque no lo necesita para cumplir las funciones de antes, por ejemplo respirar y mantener el flujo sanguíneo. Digamos que morir, en biología sería correcto, pero no en física, donde sería cambiar de estado.
Tampoco podemos pensar que sí existe, pero en nuestro pasado, si es que damos por válida la idea de que la realidad es el momento presente. Todo cuanto vemos o escuchamos lo hacemos en el pasado porque, recordemos, la luz se mueve a unos 300 mil kilómetros por segundo y el sonido bastante más despacio.
El tiempo que emplean la luz y el sonido en recorrer la escasa distancia entre nosotros y otras personas que tengamos enfrente, nos hacen percibirlas como eran hace milmillonésimas de segundo antes y escucharlas aún mucho más tarde de cuando ellas hablaron, es decir, estamos viendo y oyendo el pasado, que supuestamente no es real.
Nuestros sentidos están limitados a cinco, y tres de ellos, como he demostrado, no nos muestran la realidad. Ni que decir de los otros dos.
Si los sentidos nos engañan, ¿es correcto decir que algo es real?
Tal vez lo que yo percibo del mundo no es exactamente igual que lo que percibe otra persona, ya que mis gatos no ven los mismos tonos de color que veo yo ni yo escucho los mismos sonidos que ellos y nunca se me ha ocurrido pensar que mi percepción del mundo es más real que la de un gato.

¿Parece esotérico mi primer párrafo? Lo es del mismo modo en que en la Edad Media sería hablar de ondas electromagnéticas y, sin embargo, ahí han estado desde el Big Bang.

Por todo esto, porque no estoy segura de lo que veo ni escucho, porque no toco la silla en la que creo apoyarme, porque ni el aire me está sosteniendo y no es magia, porque el sol que me alumbra podría haber estallado ahora y yo aún no saberlo, estoy convencida de que ni lo que vemos es real ni lo que no vemos no lo es.
Si los muertos nos pueden ver a nosotros, ni idea, pues no recuerdo haber estado en ningún otro estado que no sea en el de ahora, tan incierto. Y quizás la que no existe soy yo aunque mi pensamiento lo afirme, porque ni siquiera de él me fío.

"A nivel subatómico, la materia no existe con seguridad, sino que más bien muestra tendencia a existir".
        
           Werner Karl Heisenberg.

¿Y qué somos nosotros, Señor Heisenberg, sino montones de átomos?
          

Eine Geschichte über die Königin


A decir de Jessica Tirado, debería escribir un relato a partir de la fotografía que acompaña esta entrada. Si bien aprecio su preferencia por mis cuentos y la fe que deposita en mi pluma, reconozco que no poseo la imaginación suficiente para idear historia más ingeniosa que aquella detrás de esta curiosa toma. Sucedió en noviembre de 2014, en el ATC de Pirbright. El Ministerio de la Defensa invitó a la reina Elizabeth a conocer el nuevo armamento de los cadetes. La estrella de la exhibición era el rifle de asalto L85, de ingeniería y manufactura galesas, presentado por su creador, Edward Baraghani (visible en el extremo derecho). Al explicar los beneficios de esta arma respecto a su antecesora, más pesada y propensa al calentamiento, observó que su diseño era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. De inmediato se mordió la lengua pues, ¿quién sino una anciana vestida de Chanel y Asprey estaba sentada entre el Secretario Fallon y el comandante de la base? Se hizo el más grave de los silencios. Baraghani no se decidía a continuar cuando la soberana se puso de pie y le solicitó, toda amabilidad, repetir eso último. Muy apenado, el armero balbuceó una disculpa, pero la reina lo interrumpió: no deseaba escuchar cuánto lo lamentaba, sino el comentario de un momento atrás. El hombre sudaba pese a que la mañana era fría y lluviosa. Sentenció de nuevo: el diseño del L85 era tan amigable que incluso una viejecita podría dispararlo. La reina le respondió de inmediato: “probémoslo”. Ordenó que le alistaran un rifle y salieron todos al campo de tiro. Colocaron el arma en un banco adecuado a su estatura. Un instructor se ofreció a ayudarla pero ella lo rechazó; mucho haría con sostenerle el paraguas. Sin despojarse del sombrero y los guantes, la mujer se situó tras el arma y, memoriosa de los viajes de caza al lado de su padre, la cargó y le retiró los seguros. Una ráfaga de balas perforó el silencio. Cien yardas más adelante, un hombrecillo de cartón había perdido la cabeza y un brazo. Agotado el cargador, pidió otro para terminar el trabajo: del blanco quedaron solamente astillas. Con la última bala vinieron los aplausos. Entonces la reina se acercó a Baraghani, aún tenso, y le dio una palmada en el hombro; en verdad era un buen rifle, y si una viejecita como ella podía dispararlo con semejante facilidad seguro que aquellos jóvenes soldados despedazarían con él a cualquier enemigo.

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